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187- Menarca. Por Nicanor Rizo Villa

El día sábado 12 de noviembre del año 2011 descubrí que Menarca llegó a mi vida. Exactamente seis días después de mi cumpleaños número 11.

La tarde de ese día trágico,  llegué a mi casa igual que todos los sábados desde que hago el curso sabatino de inglés en el instituto Colombo – Americano. En el taxi de mi tío Lucho. A esa hora, el sol siempre está aún muy alto y brillante y,  aunque nunca falta en Barranquilla una brisa furtiva, que vierta generosamente la frescura marina sobre el medio día, para suavizarlo, sentí el abrazo asfixiante del bochorno, cuando abrí la puerta  trasera del taxi para salir. El resplandor del piso de la terraza desplegó sus alas enormes enfrente de mí y se lanzó hacia el interior del automotor, para llenar con las bocanadas hambrientas de la reverberación, el espacio dejado por el aire acondicionado, que se fugó conmigo. Me despedí de mi tío lucho y bajé del automotor cuando se detuvo completamente frente a la entrada. Subí el pretil y  entré a la terraza. Mi madre me dio un besito rápido en la mejilla y cerró de nuevo la reja.  – Como te fue Chepo?- Preguntó mientras extraía del maletín el libro de inglés y la libreta de anotaciones para revisarlas. – Bien mami-  Farfullé caminando de prisa hacia el baño. Como no oriné durante toda la mañana, mi vejiga estaba a punto de reventar. Fui al baño a la hora del recreo  para hacerlo pero no quise sentarme en el asiento del inodoro porque me dieron asco los restos de excremento pegados en las paredes de la taza. – Que Chepo, te vienes orinando­?- preguntó Yalile, mi hermana mayor, cuando pasé por detrás de la silla plástica donde estaba sentada, frente al televisor, y la desacostumbró la perturbación del aire. Su interés y atención se habían despegado momentáneamente de la pantalla, en ese instante. Por eso advirtió mi presencia cuando pasé por su lado. Hillary, mi segunda hermana, ni se inmutó. Continuó absorta, ausente de su mundo exterior. Esparramada en una  silla de plástico, le ofrecía sin resistencias ni condiciones toda su vulnerabilidad a la máquina del diablo. Extraje del ojal el botón de la falda blanca de Jean que llevaba  puesta y liberé su presión sobre mi cintura.  Con un solo movimiento la recogí a la altura de mis rodillas, junto a la lycra blanca y el pantis, también blanco, y me senté sobre el orificio del inodoro. Mientras liberaba la presión de mi vejiga me paralizó un centellazo al verla a ella por primera vez enfrente de  mí. – ¡Dios mío! – Exclamé con un suspiro exasperado. Extendida sobre la superficie de mi ropa interior, indemne, indiferente y con una frialdad de témpano, Menarca parecía como recién llegada a la meta después de recorrer frenéticamente en el tiempo una distancia de 11 años y seis días.  – Con razón, desde un poco antes de salir al recreo, tenía una extraña sensación de humedad  en mi parte íntima. – Recordé. – Creí que era debido a la retención de líquidos en mi vejiga, pero estaba equivocada-. -¡Mami!-, llamé a mi mamá disimuladamente y sin alarmas, en voz baja para no llamar la atención de mis hermanas que estaban en la sala frente al televisor.  – Mira- Le mostré la mancha de sangre, con un mohín de mis labios, cuando entró al baño.  Mi madre inclinó ligeramente su cuerpo, la miró por unos instantes y se incorporó de nuevo. Mientras lo hacía pareció entrar en un trance reflexivo como quien busca las palabras más adecuadas, antes de responder. Después, de salir de allí un aura angelical le iluminó el rostro. Ella parecía asentir con valor, alegría y sabiduría al baño de luz multicolor que la adulaba. -¡Ok que bien Chelsea, este es tu primer episodio de sangrado vaginal o hemorragia de origen menstrual, llamada menarquía. Es tu primera menstruación, te felicito mi amor!-  Con el dibujo de una sonrisa en su rostro y naturalidad, continuó su disertación,  sin pausas ni interrupciones. Mordí mis dientes enérgicamente como si los unos quisiera incrustarse en los otros, después que mi madre desnudó la realidad y la fusiló enfrente de mí, tal y como era,  sin mitos ni tapujos, sin evasivas ni atajos que suavizaran su crudeza tangible. Con la mirada enterrada en la cerámica del piso, yo la escuchaba con mucha atención e interés, mientras hablaba. En ese instante, que todo el gas del globo de mis esperanzas de seguir siendo niña toda la vida, se había escapado, sentí con rabia y una profunda decepción. Como un remanso de paz incrustado en el corazón de la tormenta tempestuosa, en ese momento cruzó por mi mente, lo que significaba la posibilidad de conversar con mi mamá  en un clima de igualdad de condiciones y mutua confianza. Muchas preguntas, dudas, interrogantes e inquietudes que, desde hacía rato daban vueltas en mi cabeza como el carrusel de un parque de diversiones, podrían emerger del oscurantismo de la ignorancia hacia la luz del conocimiento científico profesional y empírico de mi madre. Pero la imposición y posterior dominio de las emociones, pudo más sobre mí, que la conducta adaptativa de la inteligencia emocional. Por eso fue que solté las amarras  de la primera para que, con todo el ímpetu de su irracionalidad, arremetiera a la segunda. Enfrente de mí, los ojos grandes y saltones de Menarca, parecían sondear en los míos, todo el malestar y disgusto que me embargaba por su causa. Ambos sentimientos de aversión estaban creciendo en una progresión  geométrica, dentro de mí. Menarca permanecía allí enfrente de mí, sin aplicar el básico y esencial valor de la solidaridad conmigo. Ella bien pudo negarse a formar parte y participar de esta confabulación en mí contra, pensé. Con su negativa, pudo detener la etapa del proceso que estaba en curso o desviarlo hacia otra dirección, cuyos resultados obtenidos, resultaran más agradables y aceptables para mí, que estos. Pero no importaba lo que estuviera sintiendo, pensara o dijera porque Menarca no tenía voluntad ni autonomía, ni poder de decisión ni conciencia acerca de lo que yo estaba sintiendo por su culpa. Simplemente estaba allí  obedeciendo  la orden ineludible e imperativa de un poder o mandato supremo que estaba por encima de ella y de mí. La naturaleza. Me aterraba la posibilidad de crecer, de ir ascendiendo en la escala natural del desarrollo humano, mientras mi existencia sucumbía a sus pasos aplastantes. Prefería quedarme detenida y suspendida en el tiempo, sin preocupaciones de periodos menstruales, dedicada completamente a mis estudios, bajo los cuidados, la contemplación, el orgullo,  la admiración, el amparo, la protección y el amor de mis padres y de mis hermanas, en el seno de nuestro hogar.  Pero lamentablemente hay un abismo, que separa de nuestros sueños e ideales, la realidad,  y yo, en estos momentos, estaba a punto de caer al precipicio, porque las bases del piso donde estaban plantados mis pies, se estaba resquebrajando como galleta griega. – ¡No quiero que le digas nada a mi papá, ni a mis tías, ni a mi abuela!-  Enfaticé iracunda con el ceño fruncido pero sin levantar el tono de mi voz para no despertar la atención de mis hermanas. – Tienes que usar toallitas absorbentes-  Dijo mi mamá, -¡Yo no voy a usar nada de eso…. olvídate!-. Le repliqué separando las dos frases con una pausa de ira. – No te preocupes mi cielo, eso es normal. Tú has visto a Yalile, a Hilary y a mí…. – ¡Si claro!- La interrumpí exhalando una tormenta de suspiros.  – ¡También he visto a las tres retorciéndose como serpientes de los  dolores  horribles y feos que produce esa cosa! – Repliqué furiosa, ya con los ojos vidriosos, a punto de liberar el torrente de sus cascadas. – Déjame lavarte con esta ducha para partes íntimas que yo uso – Dijo mi madre acercándome un envase de plástico blanco con tapa rosada. -¡No quiero que me toques, yo me lavo sola!-. Repliqué furiosa, rapándole el envase de las manos.  – Cuando termines de lavarte te colocas esta toallita protectora- Imploró.  – Es muy fácil usarla – replicó sin inmutarse. – Les despliegas las alas laterales, la enfrentas al pantis y la fijas a ella, cerrando las alas. Tragué sus palabras en silencio y pensé en lo difícil e incómodo que iba a ser para mí, caminar con ese objeto entre mis piernas. – ¡Olvídalo, – ¡Yo no voy a usar nada!- Grité ahogando la salida de mis palabras a través de mis dientes apretados para contener la furia de mi enojo. – Si no quieres usar una toalla sanitaria-, insistió ella, -usa entonces este protector que es más suave y cómodo- Concluyó. Mi madre salió del baño y fue a la habitación de al lado. Aproveché este momento para despojarme de toda la ropa que llevaba puesta. Me lavé rápidamente, aun  sentada sobre el oficio del inodoro, y cuando mi madre regresó ya estaba de pié. Me entregó una toalla, el pantis y la lycra que había extraído de mi gaveta del guardarropa, para que me  cambiara.  Salí del baño envuelta en la toalla, giré a la izquierda y entré a la habitación. Mi madre me siguió. Caminé hasta el fondo y me planté sobre mis dos pies, tan derecha como pude, crucé mis brazos sobre el esternón como si montara guardia y extendí mi mirada hacia la calle, que podía ver a través de la cortina que cubría, desde adentro, la ventana de vidrio, con la seguridad y tranquilidad que nadie del otro lado me estaba viendo porque el reflejo del vidrio producía ese efecto especial. No obstante en la sala, cada vez que el programa televisivo recreaba en la pantalla las propagandas publicitarias, una rendija en la concentración de Yalile se abría. Por allí permeaban hasta su estado de conciencia enajenado, los estímulos del entorno que le advertían que algo fuera de lo normal y corriente estaba sucediendo. Por eso se paró de la silla como una tromba marina, como eyectada por la indignación e intolerancia de su cuerpo, sometido a las torturas y flagelaciones que le estaba ocasionando la silla de plástico. Ojeó el interior del baño y nada fuera de lugar satisfizo su curiosidad natural. Luego se dirigió al cuarto contiguo, donde mi madre y yo nos encontrábamos. Se detuvo en el vano de la puerta y  sus ojos grandes color miel auscultaron el interior, como si olfatearan buscando un rastro. – Que pasa­?- Mi mamá giró su cabeza para encontrarse con sus ojos preñados de curiosidad, me señaló con un mohín y le respondió suavemente separando las silabas con una pausa más o menos igual. – ¡Chel…sea… se… de…sa…rro…lló!-.  Volvió a mirarme con sus ojos expectantes, esperando mi reacción pero al verme en la misma posición agregó a su respuesta, ahora normalizando el tono de su voz.  -Le estoy diciendo que eso es natural y que no tiene por qué sentirse mal- En ese momento llegó Hillary y antes de preguntar, Yalile se anticipó sin utilizar la métrica y los cuidados que había utilizado mi madre, momentos antes, para minimizar el impacto de las palabras. Mi madre la increpó exorbitando sus ojos.  Ella tenía mucha fuerza en su voz y en sus gestos. Por eso respondió con mucha energía. En este acto, las tres guardaron silencio al ver el parpadeo de mis ojos como el aleteo de una mariposa. Después de un tiempo en que ninguna de las tres se atrevió a mover ni un músculo esperando mi reacción, interceptaron sus miradas atónitas. Eran las margaritas de mis pestañas, limpiando mis pupilas humedecidas, como si remaran en el lago de mi desdicha.

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187- Menarca. Por Nicanor Rizo Villa, 6.7 out of 10 based on 3 ratings

5 Comentarios a “187- Menarca. Por Nicanor Rizo Villa”

  1. leforeverdelamari dice:

    Y ahora, lo otro…

    Acerque el oído Nicanor…Hágale caso a esos plumillas.Cuando abres el relato da imagen de farragoso( un poco caótico) y cuando estás leyendo parece que vas en un tren y ves pasar las estaciones y el tren no se para y sigue y sigue.Sin embargo es cierto que ganaría mucho tu relato haciendo esos ramilletes y poniéndolos en floreros aparte.Mire qué ejemplo le pongo…pero es que yo no soy plumilla.

    Vaya temita…jejeje yo creía que me moría y lloré mi muerte.jajajaj

    Saludos y suerte

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  2. leforeverdelamari dice:

    Sólo yo puedo entender este tipo de lectura, así que no se desanime por lo que le han dejado esos plumillas.Yo soy abogado de las causas perdidas…San Pancracio no,el otro, San Expedito, eso es!.Yo escribo de la misma forma, sin un punto y aparte, pongo las comas a mi libre albedrío y los acentos sólo los que me sé de memoria.Escribo a toda velocidad, como si me hubieran puesto un cohete en mi trasero, en este caso, en mis dos índices que es con lo que suelo escribir en el teclado.No escribo, yo golpeo las teclas sin mirar el monitor hasta que no le he dado a » enviado» y cuando está enviado me acuerdo que hay un » corrector que usan más de uno, pero ya es tarde, así que me perdone Dios porque esta gente no me va a perdonar nunca.

    Y dicho esto, voy a decirle lo otro

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  3. Hóskar-wild is back dice:

    Para estar a la altura de relato habría que hacer un comentario extenso y, por encima de todo, seguido, sin la necesidad de tener que utilizar puntos para separar las frases o los párrafos y mucho me temo que no podré hacerlo porque yo no sé escribir así, por lo que casi será mejor que deje el teclado y me dedique a otra cosa porque de lo contrario podría parecer que estoy forzando la situación y puede que alguno me critique por … Mucha suerte.

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  4. Lovecraft dice:

    Dos mil palabras no: exactamente 1924, y de un tirón, sin dar un respiro a este pobre vagabundo de las letras. Se trata de una conjura por mis impertinentes comentarios sobre la forma y el estilo de los relatos de otros compañeros, ¿verdad? Hacerme morir falto de resuello al tragarme de una tacada un mamotreto como éste. El crimen perfecto. Y es una pena, porque el relato tiene condiciones para ser un muy buen relato. Me fastidia que detalles como este puedan desanimar a otros lectores a terminar la lectura de un cuento por otro lado muy interesante.

    De niña a mujer. Ya lo cantó hace algún tiempo Julio Iglesias, aunque reconozco que con menos mérito que Nicanor. Hay que tener mucho talento para escribir sobre la menstruación como si ésta fuese otro personaje más de la historia. Curiosa prosopopeya.

    Suerte

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  5. Dies Irae dice:

    0_o Ojiplática me dejas, Nicanor Rizo Villa.

    ¿Quién ha dicho que no hay argumentos nuevos y que todo estaba ya escrito? Toma, toma y toma, por lista.

    Aquí tienen, supongo que dosmil palabras contantes y sonantes hablando de la primera regla. ¡Y sin un punto y aparte! Rizando el rizo, sí señor.

    Hala, que tengas suertecica.

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