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222- Cuando ganar es perder. Por Juliki

Fue durante el conflicto de los Balcanes cuando dicen que Smith y Ramírez comenzaron su prometedora carrera. Ignorando ambos las hazañas del otro, fueron acumulando al unísono trabajos de impecable factura que, poco a poco, les llevaron a ocupar lo más alto del escalafón de los asesinos a sueldo.

Sus carreras comenzaron como tantas otras en aquellos tiempos, desde abajo; aunque de sus primeros años poco o nada se sabe. Son muchos los bulos y  leyendas que circulan entre sus admiradores. Algunos rozando el delirio y la irrealidad; como aquel que sitúa a Ramírez al otro lado del revólver que dejó seco a John Lennon o ese otro que atribuye a Smith la detonación que puso alas al coche de Carrero Blanco. La lista de despropósitos continúa. Por edad es improbable que sean obras suyas, aunque la duda persiste y  se alimenta del misterio. Lo cierto es que, hasta la fecha, no se conoce a nadie que pueda presumir de haber visto sus rostros y siga vivo.

Sus estilos eran muy distintos: Ramírez era metódico, conciso, incluso delicado. Ejecutaba sus encargos con la precisión del relojero que ajusta el volante del reloj para que cada segundo dure lo mismo. Todos sus muertos aparecían esbozando una especie de sonrisa, a medio camino entre la sorpresa y la fascinación, que confería a sus cuerpos una sensación de paz. Smith, por el contrario, era despiadado. Se ensañaba con sus victimas a las que no dudaba en golpear, torturar o mutilar,  incluso una vez muertas.

Hace unos años y en plena vorágine de atribución de victimas por parte de sus incondicionales, ambos, como si de un pacto tácito se tratase, decidieron zanjar las dudas y comenzaron a firmar sus actuaciones.

Ramírez colocaba en la mano derecha de sus victimas, sujeta entre los dedos índice y pulgar, una figura de ajedrez; siempre la misma: una reina negra; Smith, por su parte, firmaba sus actos con una carta de la baraja española: el rey de bastos; que unas veces depositaba descuidadamente sobre el cadáver y otras introducía en algún orificio del mismo. Las muertes, ahora con la certeza de la autoría, seguían su curso.

Los problemas surgieron por primera vez en Roma, cuando al ir Ramírez a ejecutar un nuevo encargo, descubrió sobre el cuerpo mutilado y ya sin vida de su supuesta victima, la firma de su rival. La repugnancia y el asco a punto estuvieron, a pesar de su experiencia, de hacerle perder el control y obligarle a vomitar allí mismo. A Smith la frustración le cazó en Praga y casi le cuesta su retiro de la profesión. Enrabietado por la anticipación de su rival se disponía a desahogarse golpeando el cadáver cuando las sirenas policiales le obligaron a huir apresuradamente.

Las piezas de ajedrez y las cartas se sucedían y se alternaban repitiéndose situaciones similares en Londres, Barcelona, Bruselas…. Lo que en un principio fue simple rivalidad por el prestigio, se transformó en una carrera por llegar antes e incluso, quien sabe si en su subconsciente, por llegar a la vez. Las victimas se convirtieron en una mera excusa para seguir los pasos del adversario y en la mente de ambos puede que anidara un objetivo adicional, más allá de cumplir los encargos: la posibilidad de enfrentarse cara a cara.

Cansados de perseguirse por medio mundo y de jugar una partida que se alarga en el tiempo, un nuevo encargo sorprendió a ambos e iba a obligarles a concertar una cita para verse al fin.

Dentro de una nave abandonada, fumando recostada junto a una viga, una mujer despampanante con un traje negro ajustado espera. Su mano diestra descansa dentro de su bolso abierto, que esconde la causa de su permanencia en el lugar. Consumido apenas un tercio del Malboro el chirrido de la puerta anuncia la llegada de un  individuo que, entre molesto y asombrado, pregunta sin sacar las manos de los bolsillos de su bomber.

—¿Tú quién eres y qué leches haces aquí?

—Tengo una cita.

—Ah, ¿sí? Pues tendrás que buscarte otro sitio para tu quedada de putita de lujo.

—Te repito que tengo una cita.

—No sé con quien has quedado, pero si insistes en permanecer aquí puede que no cobres el polvo.

—He quedado contigo, me temo.

—¿Tú? No puede ser… si eres una mujer.

—Susan Ramírez, pero si lo prefieres puedes llamarme Reina negra—dice sacando una automática  del bolso y apuntándole.

—Vaya, que sorpresa. Encantado. Yo soy Luis Smith. Te daría la mano pero el Smith & Wesson, que te apunta desde el bolsillo de mi cazadora me lo impide.

—¿Y qué vamos a hacer ahora?

—No sé tú, pero yo tengo que matarte. No es nada personal. Tan solo es que eres mi nuevo encargo. Y ya me jode porque eres un  auténtico pibón.

—Ya, pues tenemos un problema.

—¿Y eso?

—Yo también tengo un encargo.

—Lo imaginaba. ¿Déjame adivinar? Soy el agraciado.

—Sí, es evidente que alguien quiere deshacerse de ambos.

—¿Y que sugieres que hagamos antes de que te mate?

—Juntar fuerzas.

—Lo siento, muñeca. Yo trabajo solo.

—Ya, pero no todo se puede hacer a solas. Además, yo no hablaba solo de trabajar —dice ella  acercándose sensual—. ¿Qué tal una tregua para conocernos mejor, más a fondo?

Camina hacia él bajando la pistola, se detiene a un palmo de su rostro y sus ojos le traspasan ablandando esa rudeza de matón insensible. Sus labios casi se rozan y la promesa calida de un algo más, aumenta la tensión en él. La mano de Smith, incapaz de contenerse, sale del bolsillo y le aprieta las nalgas atrayéndola hacia su cuerpo. Los labios ya unidos degustan el sabor ajeno y parecen fundirse para liberar una pasión contenida. Los dedos se convierten en las únicas armas permitidas en ese cuerpo a cuerpo.

Aún vestidos se vencen hacia el suelo. Allí se retuercen y ruedan acompasados por las oleadas de lujuria. Él le arranca las bragas sin miramientos y ella se deja hacer. Smith, ya dentro de ella, escucha las palabras lascivas que le susurra en la oreja mientras su rostro dibuja una sonrisa de satisfacción, de macho triunfante. Los gemidos retumban en la penumbra de la nave. Ella cabalga sobre él y el tiempo perece transcurrir ya sin prisas, como si los encargos se hubieran desvanecido entre los abrazos.

Es entonces, cuando él está a punto de llegar al orgasmo, cuando ella abraza su cabeza, como si de una caricia casual se tratara, y con un giro preciso le rompe el cuello.

—Lo lamento. Eras guapo, resultón y hasta excitante, pero no hubiera podido compartir nada con un mal bicho machista como tú —comenta en voz alta mientras se incorpora.

Recompone sus ropas, enciende un cigarrillo y admira su último trabajo. Saca la figura de ajedrez  para completar la estampa, pero deja el movimiento congelado y se detiene pensativa. Aprieta la reina en su puño mientras sonríe y con la mano libre registra el cuerpo de Smith. Encuentra lo que anda buscando y lo deposita sobre el pecho de su rival. Entonces, coge el Smith & Wesson de él y dispara; primero, a la entrepierna; después a la cara, borrando esa sonrisa placentera y algo bobalicona.

El rey de bastos, salpicado de sangre, pareciera mirarla incrédulo mientras ella se aleja.

3 Comentarios a “222- Cuando ganar es perder. Por Juliki”

  1. Lovecraft dice:

    He encontrado en el argumento influencias (seguramente inadvertidas) de algunas películas «hollywoodienses», entre ellas «Asesinos» con Antonio Banderas y Stallone, «Mr. & Mrs. Smith» con la pareja Pitt-Jolie y «El Golpe» con la impagable figura de su asesina, Loretta Salino. En cualquier caso, se lee con interés y se pasa un rato entretenido.

    Suerte Juliki

  2. Hóskar-wild is back dice:

    Menudo asesino de tres al cuarto el amigo Smith. Poco profesional es aquél que mezcla placer y trabajo. Como decía ese provebrio chino (¿o castellano’), donde tengas la olla… Buen relato. Bonito final. Suerte.

  3. Dies Irae dice:

    Hola, Juliki.

    Pues está muy bien el trailer de tu thriller. Puedes hacer casi lo que quieras con el relato: novela, guión cinematográfico… Puede que el argumento ya esté escrito en algún otro sitio, más o menos, o que todos los personajes del género se parezcan entre sí, pero eso, a estas alturas de la historia, es lo normal. Y opino que, más que lo que se cuenta, a veces, lo importante es el cómo.

    Suerte y empeño para sacarle todo el jugo posible.

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©Joaquin Zamora. Fotógrafo oficial de Canal Literatura

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