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5- Ora et Labora. Por Habitante

La quietud del convento se perturbó hasta los cimientos el día en que la decidida Sor Luz decidió acometer la obra de recaudar fondos para su restauración. Se propuso reformar las vigas de la sala capitular, así como el arreglo y montaje de los tejados a “cuatro aguas”  que amenazaban ruina.

La ingente cantidad de dinero necesario para tan colosal empresa, saldría de las instituciones en forma de subvenciones y de sus representantes en forma de donaciones.

No era un fácil cometido arañar las cuentas públicas y privadas en busca de financiación, pero Sor Luz, que invariablemente apostaba por los más ambiciosos proyectos, siempre triunfaba.

A menudo rememora la tenaz resistencia que opuso al obispado en general, y a su Ilustrísima en particular, al traslado fuera de sus muros, de la más venerada de sus reliquias. Al final, no pudo oponerse el prelado, al juicioso criterio de Sor Luz, que recurrió a una letanía de convincentes argumentos.

Ella arguyó que la posesión del fragmento, sumaba un valor añadido al santuario, con todos las prerrogativas que eso suponía. Se trataba de una falange del dedo meñique incorrupto del mártir Eustanasio, que fue dividido en considerables porciones, a pesar de su menguado volumen,  por desafiar al emperador romano Nerón.

Con tal propósito concibió un plan que, de alcanzar el objetivo marcado, confluirían los más destacados prohombres de la ciudad y fluirían los indispensables caudales a las exhaustas arcas.

Jamás se arredró la incansable mujer de luchar contra la adversidad y las malas tentaciones. Su máxima cristiana,  Ora et labora, era la regla de San Benito. A través de ella y aprovechando el máximo de la luz solar se organizaba el día con oración, estudio y trabajo.

Las faenas que más le agradaban sin duda, aparte de la oración, eran el amoroso cuidado que le dedicaba a su huerto y la confección de exquisitas golosinas y confites. Asimismo, se las arreglaba para mimar una tropa de escandalosas gallinas ponedoras que proporcionaban al convento los huevos suficientes para calmar, en ocasiones especiales,  el ansia de las hermanas por los huevos fritos con “puntilla” y ajos o una sabrosa tortilla de patata con cebolla.

Los excedentes de estas generosas puestas se aprovechaban en la elaboración de las delicias gastronómicas.

Mantecados, flanes, huesillos y almendrados, capuchinas, sultanas, yemas y bizcochos, un acaramelado polvorín que derribaría las más roñosas voluntades.

De esta manera fantaseaba Sor Luz desde Maitines a Completas.

La madre superiora del convento, aleccionada ya de la naturaleza fogosa de Sor Luz, no tardó en endilgarle una regañina entre laudes y prima. En los cantos, había errado el tono del Aleluya con el Jalta Cogitatum.

Disgustada Sor Luz se propuso practicar su particular penitencia. Orar toda la noche de rodillas, en la capilla donde se custodiaba la reliquia del mártir, purificaría su alma de toda culpa. Pero la condición humana es frágil y la noche larga. Regresaron a su mente los seductores aromas y texturas de sus gloriosos pastiches. Finalmente cedió a la universal cabezada que, después de todo, resultó en un ensueño celestial, repleto de enormes fuentes de merengue salpicados con tocinillos de cielo y aderezados con cabello de ángel y huesillos de santo.

La idea de Sor Luz era organizar, con la venia de Su Ilustrísima, un ágape dónde reuniría a la flor y nata de la ciudad. Con sus delicados postres dulcificaría el paladar de los reticentes donantes, para que abrieran gozosamente sus carteras y talonarios, en aras de una gloria mayor.

Jornadas de intenso trabajo orando, batiendo, picando, moliendo, amasando las materias primas más nobles y tradicionales. Reservando docenas de huevos para merengues, natas, flanes y cremas.

El gran día llegó por fin. Se dispuso la sala capitular para el evento. Se abrieron las vitrinas para utilizar las porcelanas, cristalerías, cuberterías de plata y manteles de lino. Las divinas viandas y las serviciales monjitas esperando a sus ilustres personajes.

Lentamente comenzaron a llegar los ilustres invitados. Los primeros en llegar, faltaría más, fueron el vicario episcopal y su secretario personal, les siguieron a continuación dos jueces del tribunal supremo, el delegado del gobierno, varios presidentes y vicepresidentes de los bancos más prominentes de la ciudad, el alcalde, varios concejales, el rector de la universidad, cuatro médicos, tres capitanes generales y cuatro tenientes coroneles de los tres ejércitos, dos cónsules, tres notarios, seis abogados y dos farmacéuticos, la mayoría con sus respectivas esposas, además de la distinguida presencia de la Condesa viuda de Mendoza, ilustre benefactora del convento y gran conocida por su religiosidad. Escoltaba a la Condesa un sobrino recién llegado de los Estados Unidos de América.

Finalmente, alrededor de una cincuentena de ilustres cabezas,  fueron reunidas a manteles para degustar las creaciones culinarias de Sor Luz.

Pasados los primeros minutos dedicados a las presentaciones y saludos de rigor, el obispo bendijo los manjares y al numeroso grupo, destacando el valor de la generosidad y el altruismo.

Al comenzar a paladear las primeras yemas y sultanas, se oyeron suspiros de satisfacción. Los invitados, con la boca llena y los ojos húmedos de júbilo,  se deshacían en elogios a la monja, alabando sus manos de santa, mientras seguían devorando con deleite las dulces tentaciones que se ofrecían ante sus ojos.

Sor luz que no quitaba ojo a los convidados, procuró que en todo momento corriera el dulce vino de moscatel, que aligera el alma y calma las penas.

Poco a poco reunió bajo su impoluto mandil una sucesión de billetes y talones bancarios obtenidos con la persuasión del paladar, el calor del moscatel y sus beatíficas palabras. Su provechosa mente no dejaba de anotar cifras y, calculaba que la cifra recaudada, si bien no alcanzaba para la totalidad de la reforma, si que le aportaría un notable empujón.

Los convidados paulatinamente, fueron dando buena cuenta de todas las viandas y despidiéndose de su Ilustrísima y de las sencillas monjas. Fue considerado un definitivo triunfo.

El día siguiente se reunieron para cantar Maitines. En el corazón de las religiosas resplandecía la llama de la esperanza.

El mismo día ingresaron doce de los ilustres asistentes al refrigero. Al día siguiente veinte personas más fueron atendidas médicamente. Presentaban un cuadro de fiebre alta, vómitos y diarrea.

La delegación de salud inició la pertinente investigación y determinó que el origen de la intoxicación podría ser el banquete ofrecido por los expositores de la Feria de Confituras, celebrado dos días antes. Las autoridades no descartaban la aparición de nuevos casos.

De los treinta y dos intoxicados, perecieron veintisiete. Entre ellos se encontraba el sobrino de la Condesa viuda de Mendoza.

Se formó un verdadero escándalo. La prensa jamás averiguó la genuina verdad sobre el caso. Gracias a una secreta llamada del arzobispado a la alcaldía de la ciudad, todo quedó en un lamentable sobresalto.

Se ofrecieron doce misas por cada uno de los fallecidos, que ofició su Ilustrísima. Nuevamente se reunieron los personajes más granados de la ciudad. Y aunque la congregación había sufrido bastantes bajas, ya se barajaban nuevos nombres para los cargos disponibles.

Sor Luz, la impulsora de las reformas, no pudo verlas finalizar. Su Ilustrísima consideró la conveniencia de trasladarla a un convento alejado del mundanal ruido y la civilización. Creía qué en un entorno de calma y serenidad se suavizaría su arrollador temperamento.

No podía estar más equivocado.

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9 Comentarios a “5- Ora et Labora. Por Habitante”

  1. Lovecraft dice:

    Suerte

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  2. Nazareno dice:

    Voy leyendo poco a poco los relatos, al final no sé si Sor Luz es una asesina en serie o una imprudente. Suerte

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  3. Sussan dice:

    Un final demasiado abierto para ta buen relato.
    suerte 🙂

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  4. Lotte Goodwin dice:

    Yo tampoco me esperaba ese final desafortunado.
    Me han gustado mucho las decripciones y enumeraciones de dulces y pasteles. Son muy plásticas. También considero acertada la frase con que acaba, pues deja la historia abierta y confirma el carácter de la protagonista.
    Mucha suerte.

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  5. sacha dice:

    Del hábito al óbito.
    Buen relato.

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  6. Aljibe dice:

    Nunca fue el clero y sus aledaños santo de mi devoción. Desde hoy, aún menos.

    Suerte!

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  7. Lovecraft dice:

    Una encantadora descripción de la vida y usos de un convento, que finaliza de la forma más trágica e inesperada. Vaya con la monjita. Excelentes las descripciones, como he dicho.

    Esta frase me resultó algo cacofónica: “…de las instituciones en forma de subvenciones y de sus representantes en forma de donaciones.”

    En esta frase creo que el verbo adecuado, para respetar la concordancia de formas, sería: “…A menudo rememoraba la tenaz resistencia…”

    Esta otra me ha encantado: “…que fue dividido en considerables porciones, a pesar de su menguado volumen” (ya tiene mérito, ya).

    Y esta otra me parece igualmente genial: “un acaramelado polvorín que derribaría las más roñosas voluntades.”

    Puntuación: un 9 sobre 10, si mi opinión sirve de algo.

    Suertes mil (en este caso no te desearé la bendición de ninguna religiosa, por si las moscas).

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  8. Avril dice:

    ¡Qué ímpetu, que empuje! Vaya con la monjita, y eso que colaboraron los comensales, si no…
    Suerte

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  9. Hoskar-Wild is back dice:

    Espero que no haya una segunda parte en la que descubramos a Sor Luz dirigirse a un hospital infantil para … De buenas intenciones están llenas las salas de los juzgados. Suerte

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