a vueltas con la felicidad

A vueltas con la felicidad (VI) – Ira y agresividad

 

   Creo que si hay una situación por antonomasia ajena a la felicidad, esa no es otra que aquella en la que perdemos los nervios llevados por la ira. Son esos momentos en los que la violencia fluye a través de nuestras palabras, nuestras acciones, nuestros gestos, hasta acabar haciéndonos perder el control sobre nosotros mismos. Con cuanta facilidad vemos reproducidos estos actos cada día, tanto en nosotros mismos como en los ajenos.
Me pregunto, por qué ¿por qué lo hacemos?; si en semejante estado jamás arreglaremos un problema toda vez que la propia condición de alteración y nerviosismo nos impedirá ser razonables, mesurados y objetivos, anulando con ello toda capacidad de pensar con claridad.

   Es cierto que la mayor parte de las veces, cuando gritamos y gesticulamos intentando humillar o disminuir a alguien, podemos llegar a sentir la momentánea satisfacción de habernos descargado, de haber dejado claras las cosas, de haber cantado las cuarenta. Pero en realidad, lo que habremos conseguido con esa pérdida de control es maltratarnos a nosotros mismos, física y psicológicamente: “la ira excesiva engendra locura” —decía Séneca—. Una persona furiosa, descontrolada, llena de ira: transpira, tiembla, aumenta peligrosamente su presión sanguínea, dispara su ritmo cardíaco, e incluso, después de ese momento, pueden aparecer otras perturbaciones mayores, como trastornos digestivos, infartos, ictus… Así que debería evitarse la ira, sino por causa de la moderación, al menos por causa de la salud.

a vueltas con la felicidad
Entiendo que es difícil evitar la agresividad y violencia externa de los demás, dirigida hacia nosotros mismos. Contra ella poco se puede hacer, salvo intentar evitar el choque y el conflicto, bien no entrando en la provocación, bien evitando contradecir al agresor, incluso controlando nuestro tono de voz. Pero lo que si podemos hacer, en cambio, es actuar sobre nosotros mismos evitando estados de ira: controlándonos constantemente, y tratando de cultivar el valor de la calma en todo momento. Una persona calmada, es una persona feliz. Y una persona que sabe mantener la calma, aún en los momentos más difíciles, es un ser que sabe elevarse por encima de miserias y banalidades, para ofrecer y proyectar esa imagen y sensación de seguridad y afabilidad que todos desearíamos tener.
Cultivemos, pues, la calma como contrapartida a la ira y la agresividad. Sus beneficios, cuando se alcanzan, son tan elevados que se aproximan al mejor concepto de felicidad. Y al final, la felicidad es lo que buscamos y anhelamos… ¡O no es eso así!…

 

Mariano Velasco Lizcano

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