abrazo inesperado

Abrazo inesperado

Como cada día, cruzó la calle que separaba su trabajo de la cercana cafería en la que servían desayunos rápidos y a buen precio. Como cada día buscó un hueco donde poder sentarse y tomarse su café con leche y una tostada con mantequilla y mermelada, que no fuera de fresa, en el concurrido local. Sus ojos barrieron de izquierda a derecha, como cada día, hasta descubrir, en esta ocasión que, aunque estaba a tope por la hora, había alguien pagando su consumición y dejaría libre un taburete en la barra. Se abrió paso con agilidad y llegó justo cuando un cliente que esperaba en pie se sentó en el lugar que acababa de quedar libre. Respiró con resignación y buscó alrededor, todos iban con prisas y no tardaría en poder encontrar otro hueco.  Justo a su espalda una señora se levantó de una de las mesas y salió arrastrando un carrito de la compra. Pilló con presteza la silla y esperó a que la camarera la mirase para llamar su atención. Descuidadamente ojeó las consumiciones de las mesas adyacentes y al levantar la mirada se encontró con unos ojos vivaces a pesar de pertenecer a un señor mayor que no dejaban de mirarla. Detuvo sus ojos en ellos y le sonrió tímidamente. Observó cómo crecía el torso de aquel hombre, cómo se recolocaba en la silla como si le hubieran insuflado de pronto una vitalidad perdida años atrás. Le calculó la edad, sesenta y cinco… setenta bien conservados. Mientras le servían el desayuno volvió a mirar en repetidas ocasiones, casi no podía apartar los ojos de él. Aquel hombre le  devolvía la sonrisa y ella tuvo que contenerse las ganas de no ir y sentarse en su mesa.

abrazo inesperado

Él no podía apartar sus ojos de aquel pibón de mujer. Y sentir su mirada sobre él le hacía abrigar expectativas que iban de su mente al resto de su cuerpo y regresaban de nuevo anticipándose como vísperas al propio gozo. No era precisamente la idea de ligar lo que se había puesto esa mañana junto con los calcetines y la camisa azul celeste, pero también era cierto que siempre había sido un hombre muy guapo y conservaba, con el paso del tiempo, un atractivo mayor otorgado por la lucidez de los años. Además, una cosa era pretender absurdamente conquistar a una jovenzuela y otra responder a una flagrante llamada de la naturaleza. Él conocía sus posibilidades y no iba a hacer el ridículo que suelen hacer los viejos verdes que no son conscientes de sus limitaciones. Pero estaba claro que no iba a despreciar una oportunidad como aquella.

El juego de miradas y sonrisas duró todo el tiempo que tardó la tostada en desaparecer del plato. Ella era consciente de que demoraba cada bocado, de que le hubiera gustado tener toda la mañana libre para seguir allí mirándolo. Nunca antes lo había visto, ni por la cafetería ni por la calle, con toda seguridad que estaría de paso y probablemente no volvería a verlo más.

Él pensó, animado y sostenido por aquella luz que leía en los ojos de la chica, en levantarse y preguntarle si podía invitarla a lo que estaba tomando.

Ella pensó en levantarse, caminar hasta él y pedirle que no se fuera, que le permitiera abrazarlo.

Así que ambos se levantaron casi impulsados por una desconocida fuerza y vinieron a encontrase en la mitad de la distancia que marcaban las dos mesas. Rieron. Entonces él, cortés y educado, con cierto miedo a que fuese una de esas mujeres a las que les ofende la insinuación de ser invitadas, le preguntó si podía hacerlo.

Y ella, con los ojos empañados en lágrimas y afirmando que sí con la cabeza, le preguntó si le permitía que lo abrazase. Que, extrañamente, era el vivo retrato de su padre fallecido apenas unos meses atrás, que estaba conmocionada desde que había entrado allí y se había encontrado con su tierna sonrisa, tan igual, tan increíblemente, igual a la de su padre. Que había sentido que, en cielo, compadeciéndose de su dolor, le había enviado a un ángel para que pudiera darle, aunque fuera por última vez, un nuevo abrazo.

Y él, intentando recuperar la compostura que el tsunami de las palabras de ella le había provocado en su autoestima, sonrió, entonces sí, entonces lo hizo con ternura. Y le dijo: “Claro que sí, hija”.

Mientras él pedía la cuenta de los dos, ella desaparecía entre la prisa con el alma restañada por un abrazo inesperado.

Ana Mª Tomás

Blog de la autora

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