Estoy en uno de esos momentos que se consideran cruciales, supongo. Los cuarenta parece ser una edad llena de recapitulaciones, de balances y valoraciones de lo que hemos hecho y por dónde va nuestra vida. Probablemente ocurre así, porque hasta ese momento, al menos en mi caso, no hemos tenido tiempo más que de correr en pos de nuestros sueños primero, e irnos levantando de los tropiezos y reconduciendo nuestro camino después, según los acontecimientos nos fueron llevando; hasta que llega un instante en el que te sientes perdido, fuera de lugar, pesado, herido y doliente. Lloras sin parar lamiéndote unas llagas que ya no tienen cura, porque pasó el tiempo para curarlas de primera intención. Ahora tienes conciencia de que serán sin duda gruesas cicatrices que como galones jalonaran el alma de renuncias, tristezas y desamores que perduraran mas que nos pese, y no sabes si eso te dejará seguir… o no.

Estos últimos días han sido muy tristes, porque ha sido la primera vez que he sentido la sensación de que nada ha merecido la pena, ni nada ha tenido un verdadero sentido. Ha sido el vacío total de satisfacción, de interés, de ilusión. No puedo decir un vacío completo porque ha habido mucho dolor, mucha pena de mí mismo, una sensación de error de concepto que deja sin sentido toda una parte de mi vida. Por primera vez he me he sentido sin salida, sin esperanza, sin valor,… sin vida.

Lo más fácil es culpar a otros, ya lo sé. Por una vez quizá no sea mala manera de sobrellevar una situación tan angustiosa. Pero como siempre, sé, que no hay culpas determinantes en nadie, más que en uno mismo. Y eso es lo que me tiene totalmente perdido.

Brown

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