Bandadas de estorninos. Por Santiago Trancón

Bandadas de estorninos

bandadas de estorninos

 

 Desde hace unos días, al atardecer, veo pasar por delante de mi balcón cientos de estorninos que van a posarse sobre unos árboles frondosos que se levantan a los lados de la calle. Son castaños de indias de casi 30 metros de altura. Pasan en oleadas y se camuflan entre las hojas y las ramas, como notas de un pentagrama. Forman una gran algarabía, mezclando gritos y gorjeos en un intrincado torbellino acústico.

 No todos farfullan o parlotean lo mismo. Distingo entrelazados cantos de gorriones, mirlos y urracas. Son pájaros políglotas, con un gran oído, capaces de imitar sonidos muy variados, algo que ya sorprendió a Mozart. El alboroto dura casi una hora, y cesa repentinamente al oscurecer. No sé cómo se ponen de acuerdo para hacerlo tan al “unísono”. Sin duda, son aves muy disciplinadas, porque durante toda la noche no se oye ni pío. Ni un “piullido” se escapa de sus picos. (He recuperado esta entrañable palabra onomatopéyica de mi infancia, releyendo “Los sueños” de Quevedo).

 Son los estorninos aves gregarias, se juntan para protegerse del ataque de halcones y gavilanes y dibujan con su vuelo hermosas nubes de formas sorprendentes, tan sincronizadas que parecen transformarse en un ser fantasmagórico. El secreto está, al parecer, en que cada pájaro sigue el aleteo de los siete compañeros de viaje que vuelan su lado. El conjunto es el resultado de la agregación de esas sincronías individuales, así que no hace falta una mente global que dirija el espectáculo. Nunca chocan entre sí, y no necesitan a ningún líder que dirija la bandada y organice el vuelo.

 Estos estorninos (también conocidos como tordos o zorzales) cuando caen sobre viñedos y frutales causan enormes estragos, por lo que muchos agricultores tienen que acudir a ahuyentadores sónicos para evitar la plaga. Sus excrementos son muy corrosivos y contienen bacterias y hongos que pueden causarnos muchas enfermedades, incluida la meningitis y la encefalitis.

 No todos los estorninos son iguales, los hay negros y los hay pintos. Los pintos son migrantes y sus plumas están moteadas de hermosos colores verdes, azules, marrones y blancos. Confieso que pájaros y árboles son los seres que desde niño han atraído más mi atención. Tengo mucha más afinidad con ellos que con muchos de mis semejantes.

 Son éstas, divagaciones de finales de verano, en el que las oleadas de noticias no han pasado delante de mi balcón, alejado como he estado del alboroto político-mediático diario, leyendo a Pío Baroja, a Quevedo y a Baltasar Gracián mientras recopilaba y seleccionaba, entre los cientos de artículos que he ido publicando en el último lustro, un ramillete con el que editar un libro al que daré el título de “La verdad sea dicha”. Hablo de la verdad que no debe callarse y que, además, ha de ser fuente de dicha.

 Y ya, empujado por la metáfora pajarera o pajaril, y puesto a interpretar las señales del cielo, pienso en cómo funciona o se configura una masa, cómo los individuos acaban perdiendo su individualidad en medio de una ola que los arrastra sin posibilidad de escapar a su empuje. No es necesario poner a todos los individuos previamente de acuerdo, dispuestos a obedecer y a seguir a un líder; basta con sentir la necesidad de acomodarse al pequeño grupo con el que uno vive y se mueve cada día, los más cercanos e influyentes, para acabar formando parte de esa bandada de estorninos alborotadores. (Aplíquese la alegoría, por ejemplo, al vuelo del “prusés”).

 Y mientras tanto seguimos a la espera de que ocurra un milagro y las nuevas elecciones nos saquen del atolladero en que cada día nos hundimos un poquito más. El abyecto espectáculo que nos están ofreciendo Iglesias y Sánchez está degradando tanto la política que es sorprendente que la mayoría siga yendo a votar. Pero nos esperan días gloriosos, un otoño lleno de sorpresas. La política basura ya está alcanzado el nivel sublime de la televisión basura, la de los programas y las tertulias, no del corazón, sino de la entrepierna.

 Así que sigamos observando el vuelo de los estorninos y oyendo sus trinos vocingleros. Mientras los árboles ofrezcan sus ramas y hojas para dormitorio de los pájaros, elevando sus copas al cielo del atardecer, nada estará del todo perdido.

 

 Santiago Trancón

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