Cabernet Sauvignon. Por Anita Noire
Ese instante de alarma y temor a no entenderlo
cuando anuncian que te van a contar un chiste.
Iñaki Uriarte

No hace demasiados días intenté comprar unas botellas de vino, tinto a mayor gloria de los manteles blancos y de los paladares tibios. Estaba pensando en organizar una cena para deshacerme de un verano medianamente hostil. Unos pocos amigos nada más. La cosa tumultuaria no cabe ni en mi casa ni en mi vida. Entré en la tienda sin una idea de lo que quería llevarme más allá de que fuera tinto. No entender de nada permite descubrir cosas y en este aspecto, no al no tener una elección preconcebida, ni indicaciones que seguir, cualquier recomendación deliciosa que no me estropeara la economía ya me venía bien. Recorrí los estantes arriba y abajo, estudiando las etiquetas de las que apenas soy capaz de entender nada pero que encuentro encantadoras. Caminé entre cajas y pasillos y me encontré calibrando sobre la posibilidad de enfriar un mundano cabernet. Di media vuelta para salir y lo hice, pero con las manos vacías. En algún lugar de mi cabeza se había disparado el pistón de una vaga melancolía y, a partir de ahí, cualquier elección habría sido ruinosa. Volví a casa caminando bien, sin prisa alguna, dándole vueltas al hecho de nuestra común torpeza y de ahí a la cocina sin cambiar el paso. Me abrí una lata de agua con gas y me ahogué entre unas cuantas burbujas.

Anita Noire

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