Caperucita Roja 3.0. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Caperucita Roja 3.0

Cuento adaptado a la gilipollez encorsetada e inclusiva. 

 

   Érase una vez una niña/o que aún no había determinado su sexualidad, y que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse de las fuerzas represoras en las manifestaciones. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita roja o revolucionaria.

   Caperucita vivía en una nave okupa cerca del bosque. Un día, uno de los progenitores de Caperucita le dijo:

   – Hija/jo mío, tu abuelita/ito está con un apechusque por la mala gestión privada de sistema sanitario público. Así que hemos pillado una bolsa de madalenas y una botella de coñac para que si pasas por allí se las dejes ¡Ya verás qué contenta/to se pone!

   – ¡Estupendo/a! Yo también tengo muchas ganas de pegarme un lingotazo con la abuela/lo, y pegarle unas caladas a esa hierba que guarda.

   – dijo Caperucita morada pensando en la farra que se iban a meter la vieja y ella.

   Cuando Caperucita se disponía a salir de la nave abandonada, su mamá/papá, con gesto un poco serio, le hizo una advertencia:

   – Ten mucho cuidado, pava. No te entretengas con los colegas y no hables con los lobos de los picolos. Ya sabes que en el bosque se esconden los perros del sistema y son peligrosos como lobos. Si ves que aparece, sigue tu camino sin detenerte.

   – No te preocupes, mamá/papá

   – dijo la niña/ño, mantenemos el interrogante por si las disforias (Aún no se ha decidido)

   – Tendré en cuenta todo lo que me dices.

   – Está bien

   – contestó la mamá/papá, confiada – Dame una palmada y regresa cuando quieras.

   – Así lo haré, mamá/papá.

   – Afirmó de nuevo Caperucita diciendo salud con su puñito alzado mientras se alejaba.

   Cuando llegó al bosque, comenzó a distraerse contemplando los pájaros en libertad y mirando de no pisar las flores, ni sobre todo la hierba.

   No se dio cuenta de que alguien la observaba detrás de un viejo/a y frondoso árbol. De repente, oyó una voz dulce y zalamera, una voz propia de algún esbirro del sistema capitalista.

   – ¿A dónde vas, Caperucita?Caperucita Roja 3.0. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

   La pava, dando un bote, se giró y vio que quien le hablaba era un enorme lobo/perro vestido de uniforme.

   – Que susto me has dado loco, voy a casa de mi abuelita/ito, al otro lado del bosque. Está enferma/o y le llevo unas cosas que hemos pillado en el super, y también unos papelillos para alegrarnos el día.

   – ¡Oh, eso es estupendo! – dijo el astuto lobo/perro

   – Yo voy por allí ahora. Te echo una carrera a ver quién llega antes por caminos diferentes.

   A Caperucita le pareció que era una idea divertida, y aunque no era una decisión consensuada después de sentarse en el círculo en asamblea, acepto.

   No sabía que el lobo al tener información privilegiada de las cloacas del estado había elegido el camino más corto para llegar primero a su destino. Cuando el lobo/perro llegó a casa de la abuela/lo, llamó a la puerta.

   – ¿Quién es? – gritaron desde el interior.

   – Soy yo, abuelita/ito, tu querida colega Caperucita. Ábreme la puerta – dijo el lobo/perro imitando la de ella.

   – Pasa pava. La puerta está abierta – contestó la abuela/lo.

   El malvado lobo/perro entró en la casa y sin pensárselo dos veces, saltó sobre la cama y se comió a la abuelita/ito (ya nunca lo sabremos). Después, se puso su camiseta de Che y su boina negra con estrella de cinco puntas, como buen reaccionario el lobo/perro tenía unos gustos reprimidos por el transformismo y el poliamor. Se metió entre las sábanas del color del arco iris esperando a que llegara la loca de Caperucita. Al rato, se oyeron unos golpes.

   – ¿Quién llama? – dijo el lobo/perro forzando la voz como si fuera la abuelita/ito.

   – Soy yo, Caperucita. Vengo a hacerte una visita y a traerte unas magdalenas, coñac y papelillos para meternos unos tiros después de merendar.

   – Pasa, querida/o, estoy deseando abrazarte – dijo el lobo/perro malvado relamiéndose.

   La habitación estaba en penumbra desde que las eléctricas habían cortado la luz por impago. Cuando se acercó a la cama, a Caperucita le pareció que la loca de su abuela/lo estaba muy cambiada. Y extrañada, le dijo:

   – Abuelita, abuelito ¡qué ojos tan grandes tienes, que te has metido!

   – Son para verte mejor – contestó el lobo/perro.

   – Abuelita, abuelito ¡qué orejas tan grandes tienes!

   – Son para oírte mejor.

   – Pero… abuelita, abuelito ¡qué boca tan grande y pintada de carmesí llevas!

   – ¡Es para comerte mejor! – gritó el lobo/perro dando un pedazo de salto para intentar comerse a la niña/o de un bocado.

   Pero, caperucita le soltó un patadón en los genitales al lobo/perro, tal y como le habían enseñado en las tácticas y técnicas de guerrilla a la hora de enfrentarse a las fuerzas represoras en las manis.

   Con el lobo/perro doblado por el dolor, con los dientes apretados, y el carmín asomando el hocico. El rímel le corría por las mejillas con cada lagrima en el gimoteo lastimero.

   Un poco apenada caperucita, viéndole sufrir vestido de aquella guisa, le preguntó si le gustaba vestirse así, a lo que él, sonrojado, contesto que sí, pero que no estaba bien. No le dejo ni terminar de hablar. — ¡Tonterías! Le dijo, cada uno es como se siente o quiere ser. ¿Tú quieres ser loba? — si, contesto con un arrastre silencioso de la i.

   Pues adelante querida compañera loba, que suerte tienes, yo aún no sé que quiero ser. Y, así, volviendo a la comuna okupa con la nueva camarada, entre el silencio del bosque le hizo prometer que no volvería a comerse a la abuelita/ito de nadie sin antes discutirlo en el circulo asambleario/ia

Jordi Rosiñol

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