Nave de los Locos

Apareció una tarde, las barbas recién recortadas y los quevedos acaballados en su nariz. Pidió un café solo con dos azucarillos, con mirada cascada y vacilante, y se acomodó en un sofá del fondo. A partir de entonces don Rafael Cortés empezó a formar parte de la descuidada tramoya del Café Recuerdos, con su despliegue de lápices y láminas amarillas sobre el mármol del velador y su inamovible boina parda hábilmente inclinada a la derecha.

Una tarde faltó a su cita. «Quizás marchó a su tierra», se dijo el encargado. Pues la peculiar indumentaria de don Rafael y sus exquisitos modales lo situaban en la próxima Donostia.

Y, aunque la mesa permaneció respetuosamente vacía unas semanas, se dio por hecho que don Rafael Cortés no habría de volver, y su lugar fue ocupado por nuevos clientes, que en nada echaban de menos su gesto vacilante y cascado requiriendo el café solo con dos azucarillos y el despliegue de páginas sobre el mármol del velador.

Pero una tarde apareció. Después de la reforma. Se le vio vacilante tras los cristales, inspeccionado los cambios con ojos desaprobadores y buscando con ansia su rincón de antaño. Lo que era un café entibiado por el humo del tabaco y los baños de anisete se había convertido en pulcra casa de comidas donde servían migas de Aragón y huevos republicanos. ¿Cómo es posible, en ese ambiente, escanciar sílabas y acomodar acentos?

Aunque no volvió, tuvo el detalle de enviarles un ejemplar. Recuerdos en el Café Recuerdos. Y lo firmó con disgusto.

 

 

De La nave de los locos. Madrid, Ediciones Irreverentes, 2014.

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"Recuerdos en el café Recuerdos". Por Elena Marqués, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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