Carlos de Miguel Aguado

Carlos de Miguel Aguado

Carlos de Miguel Aguado

 

   A ver, como explicaros que yo estoy aquí de rebote. Y cuando digo aquí, es un aquí con diferentes matices.  Aquí escribiendo en este instante,  aquí apareciendo en este blog y aquí, en este mundillo literario. Pues eso, de rebote. Rebote no en el sentido de que esté de casualidad. Son cosas muy distintas. Si es necesario, lo aclaro. La casualidad es algo que te encuentras sin pretenderlo, una coincidencia fortuita o un parecido razonable. Y no es eso, para nada. Yo estoy de rebote porque reboto, porque soy como una pelota. Y las pelotas rebotan. Así de sencillo.

 

   A mí me gustaba pintar, escuchar a los Eagles y jugar al fútbol. A partes iguales. Lo de leer, como que no. No recuerdo la edad a la que aprendí a leer porque aún no he aprendido. Pero sí recuerdo que me temblaba la voz cuando leíamos en alto en clase y que me trababa cada dos por tres. Tenía miedo a equivocarme y me equivocaba constantemente. Y lo de escribir, como que tampoco. La dislexia y yo, también mantuvimos un cálido romance. La cosa mala es que, entre lo uno, lo otro y lo de más allá, algunas piezas no terminaban de encajar en mi cabeza.

   Los primeros libros que recuerdo nos hicieron leer en el colegio fueron: El Lazarillo de Tormes y Fuente Ovejuna. Logré desarrollar una mirada desafiante frente a la lectura. Más tarde llegaron La Regenta, Fortunata y Jacinta El Quijote. El divorcio era total. Mientras tanto seguía pintando, ahora ya escuchaba algo de jazz, y mucho fútbol. Esos eran mis auténticos amigos.

   Pero en el invierno de 1993, mi madrina me regaló un enemigo por mí cumpleaños. Yo tenía catorce años ya. Se llamaba El guardián entre el centeno. Un magnífico nombre para mi némesis. Y lo peor es que yo sabía que mi madrina me quería mucho. Cogí ese libro con sólo dos dedos de cada mano. Ya había oído hablar de las famosas enfermedades venéreas. Vete tú a saber si… En fin, lo abrí y leí la dedicatoria:

   “Bueno Carlos, no sé si eres aficionado a la lectura, aunque estoy segura de que, si no es así, algún día lo serás (espero…). De todas formas, te regalo este libro ahora; es un libro que hay que leerlo casi obligatoriamente, por lo menos antes de los 18 o 20 años, así que tienes tiempo, ¿no? Para mí fue muy especial. Ya me contarás. Feliz cumpleaños. Pat-1993”

   Según lo leía, iba contestándome a mí mismo. ¿Aficionado a la lectura? Más bien, no ¿Algún día lo seré? Déjame que piense… ¿Leer obligatoriamente? He oído esa frase antes. ¿Tiempo, yo? Mucho, sí, pero no para esto.

   La cuestión es que, ya os he contado, que soy una pelota y que vivo de un charco a otro brincando. Así que agarré ese librito y salté sobre él. Y cuál fue mi sorpresa cuando, poco después, lo cerré y me había cautivado. Me metí en el mundo de ese muchacho y me encontré muy a gusto a su lado.

   Guardé esa mirada desafiante en un armario y la reemplacé por otra, digamos, cautelosa. En absoluto había amor, pero había sospechas. El tiempo pasó y las fricciones continuaron hasta que fui consciente de que mientras leía, podía, además, perder el tiempo aprendiendo. Para mí, un verdadero descubrimiento. Así que comencé a saltar de nuevo, de la física a la etología, de la antropología a la psiquiatría, de la cosmología a la ciencia-ficción. Salpicándolo todo.

   Y así, seguí rebotando durante largos años hasta que decidí, ya ves tú, que yo también escribiría. Así que, aquí estoy, hundido en un charco que más bien parece un océano del que no puedo salir y me llega el agua hasta el cuello.

 

Carlos de Miguel Aguado

Astrofísico frustrado.
Hago casas, cuadros y libros.

Del blog Yo aprendí a leer, de Mayti Zea

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