casimiro

Se llama Casimiro y ya era viejo, muy, muy viejo, cuando, al abrir un libro, aparecía de la nada. Yo me acomodaba en su costado acogedor —aunque era enjuto como un huso—, bajo sus brillantes ojos negros, y seguía el camino que trazaba con el índice. Si me atascaba en una palabra, la descifrábamos entre los dos. En poco tiempo desaparecieron el índice y los atascos, pero Casimiro no se fue. Era de gran ayuda con las palabras nuevas y las frases difíciles. Empecé a estudiar, y fue mi memoria: sin él no habría recitado jamás la lista de los reyes godos.

Casimiro estuvo también junto a mí en la adolescencia. Su larga barba blanca, suave y cálida como un abrigo, me confortaba en aquel autobús madrugador, camino de la ciudad inhóspita, cuando empecé el instituto. Comentábamos la lectura que nos ocupaba y me enseñó a fijarme en los detalles, la estructura, el ritmo y la música de cada libro. Me adentré también, de su mano, en el bosque de la poesía.

Llegó la Universidad, mi primer novio, un trabajo de media jornada, un piso compartido… Casimiro aparecía poco, casi siempre cuando empezaba a coger ya el sueño. «Lucía —susurraba—, no me olvides. La magia nos necesita a ambos». Pero me dormía y no era capaz de leer más allá de un par de párrafos.

Hace unos días, mi hijo de ojos negros cumplió un año. Le regalaron muchos libros ilustrados, de cartón duro y colores brillantes. Cada noche, cuando lo acuesto, el índice nudoso de Casimiro señala las figuras que yo recito y mi niño se duerme enredando sus manos en la larga barba blanca del anciano duende de los libros.

fin

 

 Dies Irae

Ganador del concurso de relato «Mi amigo imaginario» organizado por Pippa & Cochomata.

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