¡Cerdos!

Una joven es asaltada por un hombre en pleno centro de Murcia. Es, según los barrenderos que le aconsejan que no grite no vaya a ser que piensen que han sido ellos, una hora poco aconsejable para que una chica vaya sola por la calle. El «cerdo» que la agrede le aprieta el culo y un pecho hasta hacerle daño. Ella se encara, lo graba, le grita ¡Cerdo, cerdo! Otra mujer sufre una agresión sexual en Cartagena cuando sale a tirar la basura a las nueve de la mañana. Me pregunto si las nueve a.m., aunque sea prohibitiva para sacar la basura, es una hora «aconsejable» para que una mujer pueda salir sola al contenedor. Otra chica, en San Javier, tiene una discusión con su novio, se marcha a casa y otro de los muchos cerdos que nos rodean la asalta, la arrastra a un descampado y la viola hasta dejarla es estado de shock. Otro cerdo de veintidós años viola a una niña de trece hasta desgarrarla internamente y precisar una intervención quirúrgica. Otra mujer, otra másssss de las muchas que ya van en lo poco que llevamos de año, es asesinada en Molina de Segura, con premeditación y alevosía por un compañero de trabajo presuntamente despechado… Todo esto en apenas una semana y sólo en Murcia. Si abrimos la visión al resto del mundo faltaría tinta y papel para ir desgranando todas las mujeres que han sido y son violadas cada día sistemáticamente.

¿Qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? Se preguntan muchos. Pues nada que no haya estado pasando y ocurriendo desde que el mundo es mundo. La fuerza bruta fue la primera forma de establecer una primacía entre los individuos en donde la mujer, como sigue ocurriendo en la actualidad, a no ser que domine técnicas de artes marciales, está en evidente desventaja ante un corpulento «cerdo». Por otra parte, el macho siempre ha temido a la poderosa fuerza de la Mujer y, por tanto, ha querido someterla a través de esa otra fuerza tan débil como bruta. Ya lo dice clarito Eduardo Galeano: «El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo». Ya en el canto I de la Iliada podemos leer que Zeus acostumbraba a apalear a su esposa Hera, a  la que ni su hijo Hefesto podía defender puesto que una vez que lo hizo su padre lo agarró por los pies y lo estrelló contra la tierra dejándolo cojo para siempre. Vamos… Casi «na». Y, casi ayer mismo, en nuestro amado suelo patrio se podía matar a la esposa por, ¡agárrense los machos!, «sospecha» de adulterio. Ahí tenemos grandes obras del teatro clásico español: A secreto agravio, secreta venganza, o El castigo sin venganza, denles un repasillo.

La Mujer ha sido utilizada, menospreciada, rechazada, perseguida, omitida e invisibilizada de la historia, privada de educación, de libertad, mutilada sexualmente, esclavizada sexualmente… y violada. Violada como sometimiento a los vencidos en las guerras, violada incluso como arma de guerra por enfermos de sida, violada como negocio, violada como patógeno placer, violada simplemente porque sí, para hacerle «entender» su sometimiento a la supremacía del macho.

El resultado de los derechos logrados por las mujeres en el primer mundo no es más que el esfuerzo continuado y la lucha denodada de muchas mujeres a las que les costó la vida abrir caminos de libertad para otras y, por supuesto, también a la comprensión, el apoyo y la ayuda de hombre justos, compasivos y sabios.

El biológo Rupert Sheldrake, autor del «centésimo mono», desarrolla la hipótesis de que cuando una masa crítica de monos llega a un determinado conocimiento éste se trasmite de forma intuitiva e inmediata a los miembros de su especie. Y me pregunto yo sí ese tipo de teoría funcionaría igual con determinados comportamientos humanos. Lo digo porque una joven india hace unos días le cortó el pene a un líder espiritual que la violaba desde hacía años cada vez que acudía a su casa para dar consejo a sus padres. Y eso… desde que la americana Lorena Bobbitt lo hiciera con su marido después de haberla violado borracho… no se ha escuchado mucho. Bueno, sí, creo que una filipina,  una peruana, una china… Esta última se lo cortó dos veces, una mientras dormía, tras haberla violado, y la otra nada más reimplantárselo en el hospital. Yo me pregunto si ahora que la Mujer está más empoderada que nunca sería capaz de trasmitir de manera inmediata e intuitiva a las mujeres del resto del mundo que el poder de los cerdos violadores termina donde pueda haber una mujer «tablajera». Y, sobre todo, recordarles que a cada cerdo le llega su san Martín.

 

 

 

 

 

Ana M.ª Tomás

Artículo aparecido en La Verdad


 

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