Certificado de últimas voluntades. Por Anita Noire
Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño.
Departamento de especulaciones
Jenny Offill

Fue ayer, al volver a casa, cuando me paró Juan para entregarme los periódicos. Se los pagué y le encargué que esta próxima semana vuelva a guardarlos. El próximo viernes, cuando vuelva a casa, se los recojo de nuevo. Le compro prensa atrasada que sé que no leeré porque cuando me los dé ya lo habré hecho de cualquier otra manera. Pero es la costumbre y, de alguna manera, una especie de pacto conmigo misma para que se mantenga abierto el quiosco de la calle en la que vivo. Cuando ya me iba hacia casa, me llamó de nuevo, le habían dejado nota para que pasara por la farmacia, allí  tienen algo para ti, me dijo. La vida de barrio tiene estas cosas, los vecinos te conocen y puedes encontrarte encomiendas por cualquier sitio. No me molesta, en absoluto. Unos metros más allá, entré en la farmacia. La boticaria, un encanto de mujer, me saludó más amable que otras veces si cabe. Compré un par de cosas y hablamos de la semana y de que en el patio me esperaban tres cajones de plástico con un buen surtido de plantas que eran para mí. Cruzamos la rebotica mientras me cuenta que estos días que he estado fuera a Paquita se la llevaron de urgencias. Duró un par de días. Los estiró como pudo hasta que llegaron sus hijos y sus nietos para despedirse y entonces se fue. Ayer cerraron el piso y sus pocas cosas fueron retiradas sin hacer ruido, algunas repartidas según ella quiso y el resto a saber. Una semana y el telón se baja del todo. El propietario debe andar frotándose las manos, un alquiler de renta antigua menos. Recojo dos de los cajones y le digo que volveré a por el tercero antes de que cierre.

Esta mañana de sábado, antes de que el sol empezara a apretar para continuar con una tremenda tormenta, he replantado la lavanda, la menta, la albahaca, la citronela y el tomillo. Mientras hundo las manos entre la tierra, acomodando las raíces con cuidado, les deseo larga vida; y a Paquita, que vivió como le dio la gana desde que perdió a su marido cincuenta años atrás, que encuentre la paz que siempre quiso y que a veces jugaba al escondite entre los tiestos de su balcón. Algunas herencias no precisan más certificado de últimas voluntades que el deseo de uno y las ganas de otro.

Anita Noire

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