chorros del oro

Como los chorros del oro

como los chorros del oro

Recuerdo mi infancia marcada y delimitada por las sensaciones producidas por el paso de las estaciones: el olor verde de la albahaca en primavera, cáscaras de pipas de girasol en el suelo alrededor de los portales de las casas donde nos sentábamos las niñas del vecindario a soñar con crecer rápido; en verano, el del insecticida para los mosquitos y las moscas, por cierto, tóxico de narices, expelido por unos aparatos en donde se bombeaba manualmente el aire que lo propulsaba, los zapatos llenos de la tierra de la huerta a donde íbamos a robar algún albaricoque como la mayor de las aventuras y delitos; el crujir de las hojas secas, como enormes y amarillos escarabajos, amontonadas a los pies de los árboles en otoño mientras las pisábamos o nos las arrojábamos unas a otras; el chapoteo con las botas de goma en todos los charcos posibles en las calles embarrizadas por las lluvias de invierno. Todo se ensuciaba, se contaminaba… pero todos sabían que había un tiempo para ello y otro para que las madres pasaran la escoba por las puertas y recogieran, en dos mochazos, el poco resto de cáscaras de pipas que no habían fusionado lo suficiente con la tierra; o nos obligaban a limpiarnos los zapatos ayudados de un palito que sacaba la tierra incrustada entre los dibujos de la goma de la suela; o se esperaba el curso de los días en donde el sol se bebía el agua de los charcos y las calles volvían a lucir con sus hoyos secos y terrosos; o se dejaba que la naturaleza hiciera los deberes haciendo desaparecer el montón de hojas secas convertidas, con las lluvias, en abono para la tierra.

La limpieza olía a lejía y a aceite para muebles. Nada más. Pero qué sensación de limpieza. La ropa también tenía sólo un olor: a jabón, habitualmente elaborado por nuestras madres a base de restos de aceite de las comidas y sosa cáustica y que les dejaba, tras un “buen” día de colada, por supuesto a mano, una pátina blanquecina sobre el dorso de sus trabajados dedos. Y la casa y nuestro pelo y las ropas olían a brasero de picón o a leña quemada y, en el peor de los casos, a aquellos puros retorcidos llamados “tagarninos” que algunos padres fumaban tras la dura jornada de trabajo.

Quizá, entonces -hablo de hace apenas unos cuarenta años-, no se tenía tan claro la relación que existe entre limpieza y salud, pero todos los que estamos aquí y que vivimos por aquella época está claro que sobrevivimos a beber agua chupando todos, uno detrás de otro, de los grifos de cobre o de las mangueras de los jardines. En cambio ahora, es todo tan aséptico y a la vez tan enfermo y contaminante… Javier Roca, director técnico del laboratorio del Centro de Medio Ambiente de la Universidad Politécnica de Barcelona, dice que “Las viviendas son una especie de almacén de sustancias contaminantes”. Los actuales productos de limpieza con compuestos de gran toxicidad, los utilizados para desodorizar, para ambientar, para limpiar cristales, abrillantar muebles, limpiar hornos, etc… puede que nos den una idea de limpieza de hogar, pero en realidad lo estamos ensuciando químicamente.

Y como tampoco tenemos mucho tiempo para regar y cuidar plantas, hemos sustituido las alábegas por planticas de plástico de Ikea, que son muy monas y no precisan de nuestra atención. Las pobres niñas de ahora ya no tienen tiempo de soñar, van de actividad extraescolar en actividad y, cuando caen a la cama, lo hacen tan rendidas que sólo pueden dormir. Ya no hay charcos de barro en las calles donde chapotear y ver reflejada la luna enorme de enero. Y los otoños han perdido su encanto porque las hojas ya no caen de los árboles. Parece que desaparecieran por arte de magia. Las esforzadas brigadas de limpieza callejera las hacen desaparecer antes de que la tierra pueda darles su abrazo de acogida.

Ahora todos los días se suceden con poca variedad de sensaciones. Pero eso sí, con mucha limpieza, con muchos productos químicos como el “formaldehido, ftalatos, éteres de glicol, tolueno, estireno, xileno, cloruro de metileno, dietanolamina…” etc. según Carlos de Prada, director de la campaña “Hogar sin tóxicos”. Pero nuestro pelo huele a hierba recién cortada y las ropas a suavizantes florales y las golosinas atiborradas de azúcar han sustituido a los albaricoques verdes y a las pipas de melón o de girasol.

Y aunque Leonardo da Vinci dijera que “Todo nuestro conocimiento nos viene de las sensaciones”, la verdad es que ir por la vida encontrándola como los chorros del oro no deja la cosa para extraer muchas sensaciones.

 

Ana Mª Tomás

Blog de la autora

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