Constance de Salm y Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Por Rubén Castillo

Constance de Salm y Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible

Constance de Salm

Lo dice Constance de Salm en la introducción de la obra (“Quería esbozar un cuadro o, mejor dicho, una especie de estudio sobre el corazón de una mujer”, p.11), y a fe que lo cumple con anonadante precisión, porque las cartas que la protagonista de este libro va dirigiendo a su amado conforman un dibujo tan delicado, tan exhaustivo, tan profundo, que terminas sintiéndote subyugado por él… En síntesis, asistimos al proceso anímico que experimenta una mujer que observa a su amado marchándose de una fiesta junto a otra dama. Al principio, trata de distraerse de esta imagen paseando o pintando, pero su recuerdo llega a torturarla hasta extremos inauditos. ¿Por qué se ha ido con la señora de B.? ¿No se da cuenta del dolor que le están provocando los celos? ¿O es que acaso le da igual causarle esa aflicción? “Creía respirar fuego”, anota con rabia en la página 26.

Durante todo el día, con su noche, la dama escribe y escribe, desgarrada, febril, compulsiva, y va haciendo que su sirviente Charles lleve lo escrito a casa de su ingrato enamorado, quien no puede recibirlas por encontrarse ausente. ¿Tal vez sigue con ella? ¿Son ciertos los rumores que le llegan a la narradora acerca de un matrimonio secreto que está a punto de celebrarse y en el que el nombre de su amado aparece comprometido? Por fin, cuando el vértigo y la decepción alcanzan sus límites máximos, la noble y sensible dama piensa en la posibilidad de poner fin a su vida, que considera vacía sin la presencia del inesperado traidor; pero una noticia sorprendente vendrá a rematar la obra con un tirabuzón narrativo, que la autora gradúa y expone maravillosamente.

El único inconveniente que le veo a la obra pertenece, me temo, más a la labor de la traductora que a la pluma de Constance de Salm: la impericia a la hora de mantener los tratamientos de “tú” y de “vos” de forma coherente y homogénea. Así, no es raro encontrarse con galimatías lamentables como éste: “Os lo he dicho cientos de veces: Amor mío, ándate con cuidado; tu infidelidad me mataría; y me matará, os lo repito” (p.66). Si tal desliz se cometiese una vez, ni lo mencionaría; pero su proliferación, más que notoria, aconseja a la editorial Funambulista que revise el texto para una posible y merecidísima nueva edición.

Rubén Castillo

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