Conversación de chiquillos. Por Catalina Ortega

Conversación de chiquillos

 

El humilde colegio público de integración social al que llaman «la Cuevita» acoge en su aula de preescolar a criaturas pertenecientes a etnias diversas, incluyendo a toda la gama de capacidades intelectuales (medidas por vaya usted a saber quién…) que actúan como espontáneas mentes comunicantes: todos aprenden de todos. La falta de recursos ha unido guardería y preescolar en la misma amplia y mal amueblada sala; motivo por el cual la nueva maestra ha solicitado, de los padres, la aportación de almohadones, cojines y pufs para cada uno de sus hijos. «Así se sentirán como en casa», repite la maestra novata con voz titubeante en cada llamada telefónica a los padres de sus alumnos, «con olor a hogar y todo… mmm», añade para enternecer a los papás y conseguir su propósito: conseguir que los pequeños, entre uno y seis años de edad, más allá de ir al cole para iniciarse en el sistema de enseñanzas o enseñanzas del sistema prediseñado y homogeneizado, aprendan, jugando, a vivir juntos, respetando la originalidad y talento de cada niño –único y diferente–, con iguales derechos, sin que se sientan marionetas manipuladas, borreguitos pastoreados, excluidos por alguna azarosa diferencia: etnia, supuesta capacidad intelectual mayor o menor, color de piel, religión… Resumiendo, la maestra novata cree en la integración: su fe reside en la Constitución Española.

Entre las innovaciones, la maestra novata ha desalojado de pupitres desvencijados y otros muebles con los que los niños pudiesen sufrir algún arañazo o golpe. Se ha deshecho de todos los CD con músicas infantiles de letras absurdas, a su entender. Barro mi casita, tralará larita, cuando friego un plato, tralará larato, y todos los días la misma tarea…; A mi burro, mi burro, le duele la cabeza; Tengo una muñeca vestida de azul… la metí en la cama con mucho dolor; Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena…

Se ha sustituido el chirriante sonido del timbre, que señala el fin de las clases, por bellas canciones sugeridas por los alumnos. Cada día, los pequeños se turnan en elegir su preferida: Adalberto Luis Carlos, de padres argentinos (Berto, para resumir), le gusta salir de clase escuchando La flor azul de Mercedes Sosa y sale del colegio –el día de su turno– bailando una alegre chacarera: sus compañeros jalean el voluntarioso zapateado de Berto, entre palmas y risas. Omar escogió Alquivira –«porque suenan como mi familia», explicó–, reconociendo el ritmo y lenguaje afro-gitano de Lole y Manuel. Tiago, tímido e introvertido, prefiere la voz serena de Leonard Cohen y su Hallelujah. Abel disfruta, el día que suena su canción prefe, Un millón de amigos, de Roberto Carlos; corretea moviendo los bracitos a modo de alas y repite el estribillo con su media lengua. «Yo quiero un nido de parajitos y así juntitos podel cantaaal…». Laura, que asiste a clases de baile regional, en su turno de música que sustituye al chirriante timbre, atraviesa el patio bailando una jota; por el altavoz suena «Como vienes del monte vienes airosa/ vienes coloradita como una rosa-a-a…». Pepín, hermano de Laura, un bebé de once meses, se rinde al sueño si la maestra novata le mece tarareando Love me Tender, de Elvis Presley, mientras vigila las actividades propuestas para la jornada…; propuestas por ellos, los preescolares multiétnicos. La maestra observa la creatividad y cooperación armónica entre tan diferentes criaturas. «La verdadera alumna soy yo», piensa fascinada, sin dejar de mecer a Pepín, al ritmo de la dulce nana de Elvis.

Se acercan las vacaciones de Navidad. El anciano director del colegio (que conoció, de párvulo, las filas de entrar en clase, cantando un himno entre bostezos; las orejas de burro y el rincón de rodillas de los indisciplinados; palmetazos del maestro en las manos del díscolo; piojos; queso y leche en polvo americanos; y miedo, mucho miedo a pecar, venial o mortalmente, de palabra, acción o pensamientos e incluso sueños, bajo el omnipresente fuego del infierno) ha ordenado que la maestra novata organice la tradicional representación del Belén.

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Conversación de Chiquillos

Una caja llena de adornos, propios de las fiestas navideñas, ocupó el centro del aula rodeada de la algarabía de los chiquillos. La maestra se limitó a velar por la seguridad física provocada por la exaltación infantil: brincos, tropiezos… y prestó atención a las conversaciones espontaneas de los niños:

–Mis padres dicen que el niño Jesús no es Dios, porque Dios no existe –comenta Berto, muy disgustado, mientras le adjudican el disfraz de pastorcillo.

–¡Tontooo…! Si no quieres al Niño Dios, los Reyes Magos no te traerán regalos –replica Laura, alarmada, colocándose un velo sobre la melena, como corresponde al disfraz de Virgen María.

–Así vestida, con la cabeza cubierta y la túnica larga, te pareces a mi madre –exclama Omar, el morenazo de acento exótico–. Estás mucho guapa. Mí gustar jugar a este teatrito, pero mis padres no querer. Decir que Niño Jesús no ser verdadero Dios: no ser «el más grande». –Termina la frase alzando los brazos con los ojos en blanco. Muy teatral.

–Yo tampoco asistiré –agrega Tiago–. Pepín no es el mesías de mis papas. –Todos miraron al pequeño «Niño Jesús» metido en un recipiente adornado a modo de cuna, que se divertía jugando con trozos de algodón (copos de nieves) y mordiendo la corona de plástico para aliviar la inminente salida de algún diente.

–¿De qué habláis? –preguntó desorientado Wu, el chino.

–De dioses –contestó coqueta Laura, dando vueltas para lucir su hermoso vestido azul cielo.

–¿De dioses? Yo también quiero jugar. Es un juego muy bonito. En China hay muchos dioses –añadió Wu correteando con espumillones de brillantes colores alrededor de sus compañeros.

–Mi abuela dice que su diosito soy yo –gritó Abel con la sonrisa bonachona que suele adornar las caritas de los niños con síndrome de Down, mientras saltaba, intentando volar con las alas de seda blanca que debían convertirle en el ángel del portal.

La maestra advirtió que los inocentes chiquillos tocaban un tema problemático: religión, palabra que significó en su origen re-ligare. La maestra atenta a las conversaciones de sus variopintos alumnos cesó en los preparativos con la intención de re-ligarlos a su alrededor. No podía imaginar que aquellas criaturas, en pocos años, se volviesen enemigos irreconciliables por adorar a dioses –excluyentes de otros– dependiendo de sus respetables y diferentes etnias.

–Venid aquí, daos las manos.

–¿Vamos a jugar al corro? –preguntó Laura.

–No, quiero que me digáis si sois verdaderos amigos. –Por las caras de desconcierto, a los niños les debió parecer una pregunta muy rara. Todos asintieron al unísono, menos el Niño Jesús-Pepín, que, abandonado el pesebre, gateaba persiguiendo el vuelo de los brillantes espumillones.

–¿Os haríais daño unos a otro?

–¿Mucho daño? ¿Con sangre y todooo? –La maestra asintió circunspecta. Los niños, pasmados, negaron con la cabeza.

–Omar me dio una patada en el recreo, balbuceó Berto.

–Pero fue jugando al futbol, sin querer, fue sin querer… –protestó Omar.

–¿Cuándo seáis mayores seríais capaces de mataros por no creer en ningún dios como Berto o por creer que el suyo es «el más grande» como Omar, y que, si no lo creéis así, deberíais morir por infieles, herejes, ateos? –Omar comenzó a gimotear, haciendo pucheros… La maestra le abrazó para consolarle y, tras secarle lágrimas y mocos, siguió con su discurso de navidad–. ¿Y haríais daño a Tiago porque dice que Pepín no es el Mesías del pueblo de sus papis; o a Wu, al que le divierten los colorines de los muchos dioses del país de sus respetables mayores; o a Abel, que afirma ser el verdadero diosesito de su yaya?

Los niños se miraban estupefactos entre sí, volviendo, atónitos, las caritas de sorpresa a su maestra.

–Con sangreee… –repitió Omar–. La patada fue sin querer. Mí ser bueno niño; yo ser Messi y Berto ser Ronaldo y…

–Me refiero a cuando seáis mayores; con sangre y matados-muertos –afirmó muy seria y apenada la maestra.

El primero en comenzar a llorar fue Wu y, en un segundo, el coro de llanto alcanzó decibelios inimaginables. La maestra abrió los brazos y los re-ligó a todos, mientras ideaba como consolar a los compañeros inconsolables.

–¡Vamos a jugar a otro juego! –gritó, levantando los brazos, intentando imprimir entusiasmo en los alumnos. Suspendió la representación tradicional del último día de clases ante de las vacaciones navideñas. Los padres fueron avisados para que no asistiesen: no habría belén ni pastorcitos ni ángel, ni Niñito Dios.

Wu corría, zigzagueando, con una capa de espumillones volantes, Omar, transformado en Supermán gracias a la capa de papel azul (cielo del belén) y la pechera de cartón con su «S» y todo, saltaba de un lado a otro metido en su rol de superhéroe. Abel jugaba con las alas a ser un pájaro (nada de ángel). Berto prefirió que la seño le pegase un enorme número 7 en la espalda y se dedicó a simular lanzamientos de penaltis usando las bolas multicolores como balones que, Tiago –tan hábil con las manos– se encargaba de recoger, mimetizándose con Ariel Harosh, el portero que sus padres admiraban.

La maestra cambió los reiterativos peces en el río que beben y beben y vuelven a beber… por el repertorio de canciones elegidas por los compañeros, que, tomados de la mano formando un corro, fueron cantando y bailando chacareras, jotas, baladas, tarareando galimatías afro-gitanas…; todo el repertorio excepto Lover Tender ya que Pepín, el Niño Jesús, animado por la algarabía, daba sus primeros pasos asido al guardapolvo de la maestra novata.

El director del colegio acompañado de la presidenta del AMPA interrumpió la función de navidad.

«Ellos son mis dioses» pensó la maestra novata, orgullosa de su única clase magistral global y convergente, mientras abandonaba «La Cuevita» con la carta de despido en la mano.

Ra la abrigó con sus cálidos rayos y engalanó, de radiante luz, la senda que conducía hasta la barraca donde la esperaba Eros con los brazos abiertos.

Catalina Ortega

 

 

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