Cuando el fanatismo atenta contra la cultura. Por Luis Javier Fernández

Cuando el fanatismo atenta contra la cultura.

Uno de los principales problemas que atañen al género humano es, indudablmente, el fanatismo, sobre todo la imposición de ideologías frente al pensamiento ortodoxo y la preponderancia de la verdad. Más peligroso es todavía si el fanatismo y el poder forman una parte indisoluble, casi aliada. Y a la vista puede constatarse cómo esa “equívoca verdad” que se cree tener origina desmedidamente enfrentamientos religiosos, políticos y sociales –que han acarreado y seguirán acarreando– devastaciones contra el planeta y el ser humano. Claro está que, con mayor diferencia, en Oriente Próximo el fanatismo no es sólo una lacra o un cáncer antropológico, sino un modelo de vida también; una especie de argamasa que se ha adherido a los tuétanos de quienes viven en entornos verdaderamente hostiles. Eso supone, en muchos casos, arrasar contra el legado histórico que han podido heredar países como Siria, Turquía, Iraq, Palestina o Arabia Saudí, por citar algunos de ellos, cuyas hegemonías han gozado de un valor incalculable en todos los sentidos.
Vengo a comentar esto porque no hace mucho de ello. Sólo un año. Fue la ciudad de Palmira, cuyo nombre viene del araemo “Tadmor” que alude a “tierra de palmeras” o a “ciudad de árboles de dátil”, ubicada en el desierto sirio de la provincia de Homs: una ciudad cosmopolita que ha servido como nexo entre Asia, Europa y África, ha sido una de esas regiones donde el fanatismo ideológico o, en todo caso religioso, ha devastado su herencia patrimonial. Su posición geográfica la han convertido en una de las ciudades más importantes entre Mesopotamia y el Mediterráneo; enclave para la ruta de la seda por donde transitaban familias caravaleras, fomentando así el comercio en la ruta que atraviesa el Golfo Pérsico. Pues gracias a guetos de comerciantes y familias adineradas Palmira forjó un sólido asentamiento comercial y económico, y por consiguiente una suntuosa urbe tornada en templos, palacetes, columnas corintias, un teatro romano, un templo a las deidades Bel, Yarhibol, Al-lat y Baalshamin. Una población, por ende, politeísta, fraguó un modelo de convivencia que alcanzó su punto álgido durante el siglo III d.C con el reinado de Zenobia. Un oasis próximo al río Éufrates que ha testificado el establecimiento persa, la influencia mesopotámica y grecolatina, numerables guerras civiles, la construcción de una ciudad entre calles de ladrillos de adobe y la confluencia de comerciantes provenientes de muchos rincones del mundo. Por el esplendor que se hallaba en Palmira, la UNESCO la declaró en 1980 Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Fue en 2016 cuando Palmira quedó dominada por los yihadistas envueltos entre fervores piadosos y barbáricos, llegando incluso, a decapitar al arqueólogo director de la metrópolis, Khaled Assad. Durante meses, la zona ha sido bombardeada por las tropas de al-Ásad. Se han visto en decenas de vídeos cómo energúmenos con martillo en mano destrozaban bustos y esculturas, efigies y capiteles Cuando el fanatismo atenta contra la cultura.que formaban parte del imperio de Palmira. Muchos de los ejecutores asaltaban “la perla del desierto” en busca de tesoros y diamantes; razón por la cual apresaron a Khaled Assad, interrogándolo para que los verdugos consiguieran cuantas riquezas pudiesen, provocándole una muerte inhumana. Fue el Observatorio Sirio de Derechos Humanos el que denunció a la comunidad internacional la masacre originida en el territorio palmiriense. Y en vista de ello, los soldados sirios fueron quienes escoltaron la metrópolis contra las acometidas de los militares del ISIS; empero, aunque sólo se pudieron salvaguardar muchas esculturas y vasijas, nada impidió la devastación. Un gran número de las alhajas –convertidas en vestigio metropolinato– fueron destruidas por el fanatismo. Eso representa, pues, el odio visceral a Occidente por parte de los islamistas y eso incluye también su hegemonía histórica, la cual la utilizan como objeto de destrucción y de atentado. Pero quizá lo peor de todo sea el caso omiso de la comunidad internacional, pese a que la UNESCO preserve o intente preservar el patromino histórico; en este caso según dictamina la convención de 1954 sobre protección de zonas culturales y patrimoniales en lugares de conflicto armado, las grandes potencias de Occidente no intervinieron en la zona como medida no cautelar, sino defensiva y arbitraia. Claro que tampoco al propio régimen de al-Ásad le importaba su herencia patrimonial. En todo caso, éste avivaba más aún la atrocidad. A pesar de que Siria, un lugar casi inhóspito, en el que las decapitaciones en plazas y ejecuciones públicas son tan frecuentes que constituyen su idiosincrasia, ha podido reconquistar afortunadamente Palmira, derrocando a los milicianos del Daesh, nada impide que de nuevo se vuelvan a producir –en la misma metrópolis o inclusive cualquier zona suntuosa del país–, otros ataques al acervo arqueológico y cultural. También de manera distinta pero a otra escala, la comunidad islamista (no islámica) reivindica como tierra suya el esplendor del Al-Ándalus, con el Califato Independiente y el Califato de Córdoba, y cuyo legado quieren volver a recuperar. En vista de lo comentado, la cuestión estriba entonces: ¿se protege el patrimonio en los países arábigos? No. Y me atrevería a decir que la UNESCO no es del todo eficaz en la preservación del patrimonio histórico, puesto que la delegación de sus funciones muchas veces recae en los gobiernos estatales. Y ya se sabe que cada gobierno establece unas políticas patrimoniales distintas. Tampoco es asunto para frivolizar; pero si el Patrimonio de la Humanidad se utiliza como beligerancia militar o ideológica, ¿cuál es la responsabilidad de la comunidad internacional ante expolios de este tipo? ¿Sirve de algo la intermediación de Occidente para prevenir embates como éstos? Tampoco se trata de un problema arbitrario ni proteccionista para los bienes arqueológicos –porque ya se sabe que la violencia en lugares arábigos no tiene solución–, en problema quizá reside en las Fuerzas de la Paz a la hCuando el fanatismo atenta contra la cultura.ora de desarmar e inmovilizar a los combatientes en lugares hostiles; a lo que habría que añadir la vileza del régimen de Al-Ásad y la poca importancia que otorga la sociedad siria al Patrimonio de la Humanidad, junto con las políticas que amparen el cuidado, protección y reconstrucción de las reliquias culturales, que, en Oriente Próximo como en Siria en este caso, tengan por herencia. Está claro que de haber sido por el arqueólogo Khaled Assad, quien, a lo largo de su vida se dedicó a escarbar cada centímetro del extraordinario paisaje palmiriense, así como a su preservación, la “perla del desierto” hubiera quedado en la más absoluta desgracia. Y es que, como decíamos al comienzo de este texto, el fanatismo exacerbado es el cáncer de la Humanidad. Lo que implica también atentar contra los valores humanos, el patrimonio de la civilización y de la Historia.

 

Luis Javier Fernández

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