Cuando una novela no te gusta. Por María José Moreno

Cuando una novela no te gusta

La palabra gustar, del latín gustare, en su 3.ª acepción hace referencia a «agradar, parecer bien»; tiene algunas otras entre las que se encuentran la 6.ª, «que se desea, se quiere o se tiene complacencia en algo»; o la 4.ª, «que al tratarse de una persona se dice de ella que es atractiva». De cualquier forma, empleamos en el lenguaje común la palabra gustar considerables veces, a lo largo del día. En un restaurante es normal que nos pregunten si nos ha gustado la comida; si vamos al cine, al salir, seguro que hablaremos de si nos ha gustado la película; si vamos de compras, solemos preguntar a nuestro acompañante si le gusta la prenda que nos estamos probando, o cuando nos preguntan: ¿te gusta el fútbol? Respondemos sí, no o depende de quién juegue; en mi caso particular solo veo los partidos de la selección española. Es decir, a lo largo de nuestra vida, nos vamos decantando por aquellas cosas, personas, situaciones…, que nos gustan, y también forman parte de nosotros todas aquellas que no nos gustan, reservando otro amplio abanico para las que ni fu ni fa, las que nos dejan indiferentes o nos gustan regular (no todo puede ser blanco y negro porque existe el gris).

Como lectores, cuando estamos ante un libro, nos ponemos —lo queramos o no— en esa tesitura: ¿me gustará?, ¿no me gustará?, ¿me resultará indiferente? De hecho, a veces recurrimos antes de comprarlo a dejar que se manifiesten nuestras emociones más simples: agrado o desagrado. Me gusta la portada o no, me gusta la sinopsis o no, me gusta el papel o no, me gusta el precio o no, me gusta lo que han dicho de él o no… Y, tras algunas deliberaciones, llega a nuestras manos o no. Cuando salió Patria se habló mucho, principalmente por el tema que trataba. A todos los que tenemos cierta edad, remover los recuerdos de ETA nos sacude el estómago y no es plato de gusto trasladarnos a una época que preferimos olvidar. De hecho, por aquel entonces, hubo muchos lectores que manifestaron que no pensaban leerlo y aún lo siguen diciendo a tenor de los comentarios que han dejado en mi muro de Facebook. Yo decidí leerlo porque algunas críticas ya anunciaban que la novela te llevaba a entender el «problema vasco». Aquello era un buen inicio, entender algo que a priori, por encontrarte a miles de kilómetros, quizá no era capaz de alcanzar en toda su plenitud. Solo por eso merecía la pena. Y compré la novela. Luego me faltó tiempo para comenzarla y mientras se dispararon las buenas críticas. Algunas bien sustentadas y otras escritas al pairo del contagio que suele haber cuando una novela tienen un marketing de lanzamiento como el de esta. A pesar de todo, he tenido que esperar hasta mis vacaciones para dedicar mi tiempo de lectura a la novela y al concluir la misma me di cuenta de que no opinaba como la mayoría.

No me había gustado. Simplemente eso. Y aquí se debería haber terminado el asunto. Era otra más de las tantísimas novelas que a lo largo de mi existencia no me han gustado. Pero sentí la necesidad de dar mi opinión públicamente porque la vida se construye con las distintas versiones de un mismo hecho y estaba segura de que a muchos lectores les había pasado como a mí. Tras esto, en bastantes comentarios se me requería para que explicara mis razones. Y aquí estoy haciendo una entrada en mi blog que no sé si debería hacer. Ni yo ni nadie —a no ser que se dedique a la crítica literaria y viva de ello o lo haga por placer— tiene la obligación de explicar qué razones hay detrás de que al concluir la última página de una novela verbalice que le ha gustado o no; como tampoco lo hace tras ver la escena última de una película, o después de saborear un postre. Lo dice y punto, y si se tercia se puede convertir en una charla distendida o eso debería ser.

Cuando leemos se ponen en marcha mecanismos neuropsicológicos muy complejos de los que participan circuitos sensoperceptivos, emocionales, cognitivos, de memoria, etc. Todos ellos han intervenido en esa sensación final, en esa impresión de agrado o no. Quiero decir con esto que todos somos medianamente conscientes del porqué de nuestras opiniones (siempre hay una parte inconsciente de la que es difícil sustraernos, pero a la que no podemos acceder) y eso es lo que voy a intentar deslindar para explicaros el porqué de mi opinión.

PatriaPatria es una novela de seiscientas y pico páginas sobre: «El retablo definitivo de más de 30 años en la vida de Euskadi bajo el terrorismo», cito textualmente lo que se anunció cuando obtuvo el premio de la Crítica Literaria 2016. Cuando empecé a leerla lo primero que se me vino a la cabeza es si estaba ante una realidad novelada o una ficción más o menos realista. Para mí tiene mucha importancia saber si lo que voy a leer tienen una base auténtica, o es simplemente producto de la mente del autor, inventada hasta donde es posible puesto que siempre hay algo de veracidad. De acuerdo con lo que se había dicho de ella, parecía que estaba ante una fiel realidad novelada para hacerla asequible al público general (para un público más especializado existen multitud de libros de ensayo), y ahí ya sufrí el primer bache, que me tuvo empantanada en las primeras páginas. Fue por culpa del narrador. Me pasé los primeros capítulos intentando saber quién me la estaba narrando. Unas veces me daba la impresión de que era un narrador omnisciente, otras, un narrador testigo y para colmo, a veces, en la misma frase había un narrador omnisciente y otro en primera persona. Como una no es tonta, se acaba acostumbrando a esta forma de narrar (desde luego más que original) y de esa manera seguí adelante con la novela.

El siguiente bache lo tuve con las idas y venidas de la biografía de los personajes. Es cierto que cada autor hace con sus protagonistas lo que quiere, pero a mí, y recalco lo de a mí, eso de no saber en cada capítulo con quién me iba a encontrar ni en qué época de su vida iba a estar me seguía enlenteciendo y, lo peor, no favorecía poder obtener una imagen completa de la vida de los personajes, necesaria para entender por qué hacían lo que hacían (se supone que era lo más importante de la novela) y casi estuve a punto de dejarla. Pero continué, también me hice a esos saltos descomunales que ni los artistas de circo, lo mismo que a las frases que se repetían una y otra vez de forma idéntica en distintos capítulos y me dije: céntrate en lo que cuenta. Y conforme pasaba las páginas cada vez me llegaba menos la historia. No conectaba con esa versión simplista (a mi entender) que el autor nos plantea de un problema sumamente complejo. He leído bastante sobre el tema, he visto documentales, he charlado con personas vascas que vivieron inmersas en el problema, he tratado a víctimas de aquellos días de barbarie y conforme leía me decía: tiene que haber algo más, continúa, ya llegarás al meollo…, pero no hubo nada más.

De todos los personajes, y hay bastantes, solo fui capaz de empatizar con uno, Bittori. Aceptablemente retratado tenía un fin (por ninguno de sus allegados entendido) y no paró hasta conseguirlo, aunque me decepcionó enormemente el final, que me recordó la manera en que terminan siempre las películas americanas. Personalmente creo que ese final es más un deseo que una realidad. Del resto de personajes, que son muchos, nada de nada. Ni los buenos, ni los malos, ni los regulares me atraparon, porque toda la novela, a mi parecer, es plana. Quizá ese fuese el deseo del autor, no mostrar emociones ni pasiones ni reacciones hacia un lado u otro, escribir una novela neutra, y seguramente eso es lo que he echado en falta y lo que ha hecho que llegar al final me haya costado la misma vida. No nací en un pueblo ni he vivido nunca en él. Por supuesto, comprendo que vivir en uno, donde todos se conocen, es muy diferente a vivir en una ciudad donde prima el anonimato y que eso justificaría algunas de las acciones que ocurren en la novela; pero, aun teniendo en cuenta esto, la imagen que me ha quedado, por ser pregnante a lo largo de sus páginas, es que los hombres vascos son bobos, las mujeres tienen todo el poder (mucho se ha hablado del matriarcado vasco, quizás se trate de eso), nadie se enteraba de nada, hacían frente común ante el señalado, la víctima. Historias que se han repetido en numerosas confrontaciones nacionales e internacionales y que no me aporta nada porque esa, para nuestra desgracia, es la auténtica condición humana independientemente de donde se haya nacido.

En fin, para qué dar más vueltas. Lo importante es la sensación final y la mía ya os la comuniqué. Cada cual puede tener la suya y es tan respetable como la mía. Es la primera vez que justifico que una novela no me ha gustado y espero que sea la última, porque yo no me dedico a criticar ni a reseñar sino, simplemente, a leer o, mejor dicho, a disfrutar con la lectura y con esta novela no tuve ese gran placer.

María José Moreno

Blog de la autora

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