Cuatro felicitaciones

CUATRO FELICITACIONES

 

Cuatro felicitaciones

¡Feliz Año! – deseé al hindú que regenta el restaurante indio de la esquina. Para mi sorpresa, su cara morena se contrajo en una feroz mueca bélica.

-Nada feliz, mucho problema… ¡Deseo vacío sin corazón! Tú no pagar mis impuestos, ¿verdad?
Esto lo espetó a mi espalda mientras me alejé a paso ligero porque el chef del restaurante Namaste removía con ruido innecesario su instrumentario de cocina.

Como iba mirando hacia atrás, tropecé con Chien Lin, vecino y copropietario de la tienda de Ultramarinos en los bajos de la casa de mi abuela. Él comprendía bien el castellano y me iba a entender, así que le felicité con una sonrisa:

-Amigo Chien, ¡Feliz Año!

No movió ni un músculo de la cara; sus ojillos me traspasaron hasta rebotar en un muro que había detrás de mi. Poco a poco descendieron las comisuras de su boca.

-Respetar cultura china, -murmuró  visiblemente molesto, -Año Chino comenzar el día 5 de Febrero.

No pareció buen momento para comprar verduras, así que entré en la panadería de al lado cuyo rótulo anunciaba “Panes de la región”.

Me recibía un fondo más bien alto de música salsa y mi pregunta por pitufos parecía extrañar al dependiente como si no supiera de qué le estaba hablando. Finalmente el jefe -de punta en blanco- aparcó su pareja de baile, se ajustó el peluquín y sacó una flamante tarjeta de visita: PANES ARGENTINOS ponía por un lado y CURSO DE SALSA POR LAS TARDES. GRANDES DESCUENTOS por el otro.

Atontado por la música musité “¡Feliz Año!” Sin embargo nadie me contestó porque la vecina pechugona del 3A había venido para apuntarse al curso.

Cuando subí a casa de la abu, ya estaba ahí todo el mundo, lo cual quiere decir que me perforaron en silencio numerosas miradas expectantes, curiosas y con muchas dioptrinas porque somos una familia de gafudos.

-¿No vas a decir nada? -preguntó al rato la abu con sus 87 años.

Mi mente, bloqueada, solo me daba dos opciones, “¡Cállate, cabrona!” o “¡Te acompaño en el sentimiento!” ambos obviamente inadecuadas, la primera porque sí y a pesar de haber sido la muletilla de su marido, y la segunda porque el abuelo hace diecinueve años que murió.

Y resonó el coro familiar:

-“¡Feliz Año, capullo!”

Me sonreí complacido. Lo último no hay que tomárselo a mal siendo como es mi mote desde pequeño.

Dorotea Fulde Benke

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