Derecho de techado

Ya saben ustedes que hace no demasiados siglos los señores feudales tenían sobre las jóvenes de su territorio feudal el «derecho de pernada»; es decir, que las muchachas que iban a contraer matrimonio pasaban antes por la cama del mastuerzo que por la de sus maridos. Así, a lo bestia, sin anestesia. Y no vayan a creer que ese «derecho» tenía alguna contraprestación de «deber», no señor. Eso de que los derechos han de ir acompañados de deberes… pues qué quieren ustedes que les diga… que mis padres que me educaron en ese rollo andaban muy equivocados. Imagino que, como ellos, han sido muchos los que se han empeñado en inculcar a sus hijos la cultura del esfuerzo, de la responsabilidad, del respeto a los demás,  a sus posiciones en la vida en materia de religión o ideales políticos, a sus bienes personales… etc. ¿A ver «pa’ qué»? Qué me digan para qué sirve el esfuerzo de estudiar, de sacrificar horas de juerga en la juventud, de terminar carreras y másteres para terminar sirviendo hamburguesas en cualquier cuchitril de un centro comercial, explotado y cobrando una miseria por un montón de horas, mientras que quienes son incapaces de leer en voz alta una frase con sentido andan metidos en los programas de hora punta en cualquier canal de televisión cobrando una pasta gansa. A ver… que me lo expliquen. Que me expliquen por qué ha de responsabilizarse cualquier joven en hacer cuentas antes de alquilar un piso para ver si, con el dinero que le dan por oler todo el día a aceite requemado, le da para comer, pagar luz, agua, teléfono, alguna camiseta y… ¡tatatachán!, el alquiler del piso. O, por el contrario, tiene que tocarse las narices y compartir piso con un grupo de desconocidos en el que siempre, pero siempre, hay un cerdo o cerda que ni hace sus tareas ni, por supuesto, las que sean comunes a todos como limpiar el baño o la cocina. ¿A ver «pa’ qué»? Si ahora basta con que una familia se vaya un día a ver una procesión para que al volver se encuentre su casa llena de holgazanes que argumentan, al más puro estilo feudal, que esa propiedad es suya. Y, anda…, que vaya el dueño a la Policía a denunciarlos…, que tiene el mismo efecto que si le damos un laxante al vecino porque nosotros vayamos estreñidos. Que no. Que ya sé que es para echarse las manos a la cabeza para que no salga volando porque es tan alucinante que no puede creerse. Pero es así. Que no hay leyes que protejan a los buenos, a los trabajadores, a todos esos tontucios a los que educaron diciéndoles que para tener una casa tenían que trabajar para lograrla y que, si, por circunstancias económicas, no podían aspirar a tener una de tres habitaciones, tendrían que conformarse con una de dos, o un miniestudio o irse con los padres, porque, desde luego, lo que no podían hacer, porque no estaba bien, era invadir la propiedad privada de nadie, ni adueñarse de lo que no es de uno. Vamos, tonterías así. Tonterías, claro, porque, por regla general, los «okupas» no suelen meterse en las casas de los cabrones que legislan esas mierdas de leyes que desamparan de una manera tan brutal a los dueños de las propiedades. Y, claro, luego vienen negociantes que por unas cuantas perras «desokupan» a los ocupantes. Por Dios, por Dios, qué malos, pero qué malos. Resulta que contratan a tíos fornidos que con sólo su presencia imponen más… convencimiento que los propios dueños a los intrusos, y estos acaban dejando, previa compensación económica, eso sí, la casa que no es suya. Vamos, vamos…, ¿cómo se les ocurre? Si hoy lo guay es no complicarse la vida con estudios, sino aspirar a llegar lo más rápido posible a supermegaprogramas lanzaderas como Gran hermano, Mujeres, hombres y viceversa y algún otro por el estilo en donde el talento, la inteligencia, la profesionalidad y, sobre todo, el esfuerzo no cuenten para nada. Y luego, ¿para qué se va trabajar para lograr bienes…? Si basta pegarle una patada a una puerta para conquistar el derecho de techada, así, a lo bestia, sin anestesia.

No recuerdo quién dijo algo así como que el día en el que se reivindiquen las obligaciones con el mismo entusiasmo que los derechos habríamos llegado a una sociedad más justa, pero si está muerto debe estar partiéndose la caja (laAna Mª Tomás Olivares. Foto ©Joaquin Zamora torácica) de risa cuando contemple nuestra sociedad actual y el nuevo «derecho de techado». Y si está vivo… tiene que estar para morirse.

Ana M.ª Tomás

Blog de la autora en el periódico La Verdad

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