Descanso veraniego

(Foto: A.T.Galisteo)

Descanso veraniego

   Llega agosto, invitándome a un merecido descanso neuro-lingüístico. Lo hago gustoso, pero quiero aprovechar la ocasión (todas las ocasiones son únicas) para desmadrarme un poco y dejar al lector con tiempo suficiente de por medio como para que me disculpe. Es el fruto de cierta saturación mediática, errática, epiléptica y esclerótica, que es como el líquido amniótico que nos rodea. Y así será lo que diga.

   Y digo que esa ceremonia del PP, con el himno nacional muy cargado de decibelios sobre el fondo de una gran bandera española ondeante (virtual, no real), me produjo un malestar físico y ahora explico por qué. Que un partido que ha permitido el golpe de estado separatista (hasta Alfonso Guerra lo ha calificado así); que lo ha amamantado antes, durante y después con nuestro dinero; que encima se vanaglorie de que “Cataluña no se ha independizado”, me parece de un descaro y un cinismo vomitivo.

   Este partido y su registrador de la propiedad deberían haberse metido el himno, la bandera y la lengua en el armario. Por respeto a todos los españoles que amamos a España y respetamos su himno y su bandera. Porque esta ostentosa utilización de los símbolos comunes no puede hacerse para legitimar una política suicida y destructiva y disgregadora de la nación española, como fue la que hizo Aznar y continuó con creces el registrador (y que inició Felipe, prosiguió Zapatero y culminará Sánchez).

   Que ahora venga Casado y, sin la más mínima autocrítica, se ponga a abanderar la defensa de la nación con una retórica vacía, augura lo peor. Porque voy a decirlo sin tapujos: esta derecha ha sido y es tibia y oportunistamente nacional. El mayor engaño ha sido siempre esa apropiación indebida de España por parte de la derecha, algo que la izquierda oficial nunca ha sabido ver ni denunciar. No entender que hoy España y su Estado democrático son la mayor (y única) garantía de la unidad, la igualdad y el bienestar de todos los trabajadores (del 80% de españoles, digamos), es de mentes obtusas, y dejo ya de lado los aspectos morales y humanos.

   Pero la tragedia (tendremos que empezar a usar esta palabra) de España es que, por el lado de la izquierda, el panorama es verdaderamente siniestro: ya no se sabe quién es más pernicioso y destructivo. Con toda esa política de vendedores de feria, va buscando todas las causas posibles para hacerse defensora de todas las identidades imaginarias posibles, y ahí dirige todo su maniqueísmo, su sectarismo, se ramalazo totalitario. Cree en casi todo: la resurrección de los muertos, la justicia post mortem, el lenguaje inclusivo-destructivo, la creación de identidades sexuales por decreto, que el dinero nace por generación espontánea, que la corrupción es siempre la de los otros… Que el mundo se divide en buenos (ellos) y fachas (todos los demás).

   Unos y otros siguen sin asumir y entender lo fundamental: que el problema no es, por ejemplo, si debe haber “más” o “menos” Estado, sino de que hoy sobra la mitad Estado (en lo administrativo y en lo “ideológico”) y falta otra mitad en lo fundamental (la regulación de derechos imprescindibles para asegurar la unidad, la igualdad y el bienestar de todos). Hoy los políticos y sus partidos se preocupan por legislar y castigar con rigor todo lo superfluo y secundario, mientras son muy liberales y tolerantes en lo fundamental e incapaces de aplicar las leyes que ellos mismos aprueban (y dejar sin legislar todo lo que pueda molestar a los que viven muy bien “tomándose” la ley por su mano).

   No tengo el día muy optimista que digamos. Pero ahí está el sol, con sus rayos mortales dispuesto a chamuscar un poco los cerebros a la espera de que se despierten otras neuronas y ¡quién sabe! hasta intenten tomar el poder. Digo neuronas, por colgar el ánimo de alguna pinza, porque sí, todo lo bueno ha de brotar de ahí, del resurgir de nuevas ideas, nuevas palabras capaces de despertar los más nobles sentimientos, hoy ocultos, sepultados por la basura televisiva, política, cultural y hasta la que se nos avecina con el nuevo director del Instituto Cervantes, ese jesuita laico, mal poeta, que habla con la unción de un obispo y se ha propuesto impulsar todas las lenguas españolas, porque ya se sabe que Cervantes era políglota plurinacional. El día que les estorbe le llamarán facha y le borrarán de todas las calles.

Santiago Trancón

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