Dicen que leo demasiado. Por José Fernández Belmonte

Dicen que leo demasiado

Leo La uruguaya de Pedro Mairal mientras el suelo vuelve a temblar en México. Leo mientras la mitad de los catalanes claman por su independencia ante la mirada atónita de la otra mitad. Leo, dicen que demasiado. Siempre que leo suceden cosas del mismo modo que cuando no lo hago. Las cosas, los sucesos, las independencias, incluso los libros que leo, y los que aún me quedan por leer, acontecen cuando les llega su hora. Suceden cuando les da la gana. Un libro se acaba en el punto y final. El ajedrez, en el jaque mate. Una manzana se pudre en la humedad del suelo. El pez grande se come al chico. La vida, de éxito o de fracaso, se convierte en polvo dentro de una caja de caoba contrachapada.
Yo leo a Mairal disfrutando de su preciosista prosa argentina y expectante ante los interminables temblores que sacuden sin piedad a México.
La uruguaya de Pedro Mairal. Dicen que leo demasiado

Leo mientras mi hija corretea con una pelota en la mano perseguida por un sanguinario mosquito tigre. Los mexicanos corren ante los temblores perseguidos por su propio infortunio. Los catalanes claman su independencia ante el temblor expectante del resto de los españoles.
Correr, a veces, no es suficiente. Sobre todo cuando la casa se te viene encima. Cuando la casa te sepulta ya es el punto y final. Ya de nada sirven los libros, ni las independencias, ni los pasaportes, ni las banderas.
Toda patria es húmeda y oscura. La patria común es la muerte. De ahí, tal vez, que en la bandera pirata luciera, sobre un fondo negro, una tibia y una calavera. Leo mientras un todo amenazante se mueve a nuestros pies. A los mexicanos les tiembla el suelo y a los españoles nos tiembla el país.

Pese a ello, sigo leyendo. Dicen que leo demasiado.

José Fernández Belmonte

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