dotes adivinatorias

dotes adivinatorias

Dotes adivinatorias

El amor no crece a un ritmo regular, sino que avanza
a impulsos, a sacudidas, a saltos bruscos.
Ian McEwan

     No era que sus dotes adivinatorias hubieran mejorado en los últimos tiempos. No tenía nada que ver con eso. Era bastante más sencillo, le conocía demasiado bien, por eso no tuvo ninguna duda que algo grave iba a suceder cuando nada más cruzar el umbral la invitó a sentarse en el sofá porque tenía algo que decirle. Llevaba el bolso colgado en el antebrazo, lo reposó sobre el regazo y dejó las manos muertas sobre la solapa. Sintió el frío del invierno en la hebilla. Lo observó con detalle. Se había afeitado, se había cambiado la camisa y algo, tal vez la mirada huidiza, se le antojo como el preludio del desastre. Ya está aquí, pensó.  Ahora tendré que morirme pero solo un poco porque en un par de horas nos iremos a la cama como si esta conversación mortal no se hubiera producido. Siguió pensando que se había vuelto loco porque solo un loco, después de tantos años de convivencia, cuando ya todo estaba encarrilado, se bajaría del tren. Maldita sea la gracia haberle aguantado el paro, la prostatitis y esa desagradable manía de revolver el agua en la boca cada vez que bebía. Se miró las manos y descubrió un par de manchas nuevas. Los años no perdonan aunque se intenten disimular con una manicura casi perfecta. Maldita sea la compra que había hecho el viernes, maldito sea el redondo de ternera, los sobres de bicarbonato y el detergente para ropa de color. Mientras maldecía, él caminaba por la habitación sin decir nada. La confesión debía ser tremenda solo eso podría explicar el silencio agónico en el que se encontraban.  Cruzó la habitación despacio, cerró la puerta, recolocó el almohadón sobre el sofá mientras su cara se aflojaba y ella, al verle, solo pudo pensar que la estaba engañando. Con toda seguridad era eso, de ahí la pérdida de peso,  el cambio de estilo en sus chaquetas y la compra de una máquina de remo en la que a diario se empleaba antes de irse a trabajar.  Cerró los ojos y esperó la revelación. El tiempo no corría, o eso le pareció porque durante aquellos minutos llegó el verano con el sudor recorriéndole la espalda, el otoño que le refrescó  la nuca y,  antes de volver a abriros, el invierno estaba de vuelta con ese silencio pegajoso. Pensó en el plan de pensiones, en que vendiendo la casa no le llegaría para pagar ni el alquiler de una ratonera  y en que alguien se lo tendría que decir a los chicos que ya no vivían allí. Abrió el bolso y sacó un cigarrillo, lo encendió pensando en buscar un abogado que le arrancara los ojos porque a ella las uñas a ella no le iban a dar para tanto. Empezó a hacer sus cuentas sin ver  como se acercaba para dejar caer su mano sobre el hombro,  como se sentaba en el sofá y  como la besaba en la sien. La amaba hasta decir basta y se lo tenía que decir.

Anita Noire

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