El declive del drama. Por Luis Javier Fernández

 

El declive del drama

Desde hace mucho tiempo llevo apreciando cómo todo tiene una tendencia al esnobismo, en especial aquellas artes que van dirigidas a grandes audiencias, como la música, la Literatura, y, en un sentido particular, el teatro; si se entiende por esnobismo la predilección por lo que está de moda con el fin de que sea consumible, puede decirse también que cada vez más se pretende dar al público lo que coincide con sus gustos, aunque para ello no haya originalidad, ni frescura, ni belleza, ni carácter persuasivo en la misma actividad artística: todo sea posible para coincidir con los gustos de las masas; al parecer ésa es la parafernalia que revierte en el elenco de las artes visuales, en concreto, en el teatro. Y vengo a decir esto porque comenté hace unos días con una amiga, actriz de teatro, que, en la mayoría de los casos, el público prefiere las comedias; y eso, como consecuencia, acarrea mucha frustración para las compañías que interpretan otros géneros teatrales. Es evidente que una buena comedia –tanto en el cine como en el escenario– es todo un placer para cualquiera. Pero en vista de que el público demanda comedias –como forma de divertimento, claro está–, muchas compañías teatrales (tanto profesionales como aficionadas) y con el fin de prevalecer en estos tiempos bobalicones, se ven obligadas a ejecutar en su programación únicamente comedias; sobra entonces el resto de representaciones dado que lo que agrada y seduce al público son, en su mayoría, las funciones humorísticas.

Asumo que cada cual lo entienda a su manera; pero el teatro es más que unas risas, más que divertimento, más que un texto, más que mensajes irónicos, más que frases socarronas, el teatro es más que un fondo burlesco y satírico. El teatro es más que todo eso. Tiene, a mi parecer, la finalidad de persuadir, partiendo de una realidad netamente ficticia, en ese arte de crear belleza sobre un escenario en base a la interpretación, con parlamentos y oratoria de embrujo. Sostiene Antonio Gala, uno de los dramaturgos más importantes de la literatura española, en su libro Quintaesencia: «El teatro ha multiplicado nuestro conocimiento de nosotros mismos, acaso la más difícil y la más larga y la más fructífera tarea. Ha consolado las desolaciones; despertado fantasías; alquitranado los excesos; fustigado a los poderosos; esperanzado a los humildes». Pues bien. Si nos ceñidos solamente a ver comedias –como últimamente parece ser que ocurre–, nos perdemos la magia del teatro, que es, en mi opinión, un carácter introspectivo, donde el espectador tiene que identificarse con los personajes en cuanto a sus desgracias, sus amarguras, sus sentimientos, sus deseos, sus circunstancias, sus delirios, sus preocupaciones, sus abismos, sus altibajos, sus alegrías incluso sentirse identificado con las pasiones que atormentan a los personajes; llegar a un umbral cognitivo y hallarse en una trinchera más crítica moralmente, es decir, con más templanza ante la vida diaria. El teatro pretende poner de manifiesto los antiquísimos interrogantes que lleva cuestionándose el ser humano, como el miedo a la muerte, la insurrección, la existencia extraterrenal, la desesperanza, la rendeción, la espiritualidad, las diferencias de género, las consecuencias del placer, el sentido y las razones del amor, la sublevación contra el poder, el apasionamiento, la explicación existencial, la vitalidad, la vejez, la efeméride juventud, la codicia, la vanidad, la lucha de clases, el statu quo… Temas que han canalizado y tratado los clásicos en sus más variadas obras. Sin embargo, ante las preferencias del público, numerables compañías se encauzan estrictamente a lo cómico, con la inseguridad o el miedo de que, al representar un drama, por ejemplo, la función no llegue a gustar al público, dado que éste se inclina, como decimos, por la comedia. Es evidente que cada compañía teatral se endosa en una línea de trabajo, como mejor le convenga o como mejor sepa llevarla a cabo; y son cada vez más las que desestiman la opción de estrenar nuevas obras, de aventurarse a lo desconocido, de indagar en nuevas tendencias. A todos los mortales nos complace ver una exquisita comedia, nos agrada que nos hagan reír (aunque sea con algo absurdo). De ahí que, en gran medida, la gente que acude al teatro –aunque el asunto no es para generalizar, evidentemente– rechace ver un drama, por la sencilla razón de que demasiadas tempestades hay en el orbe, demasiadas paparruchas vemos a diario en la televisión y en los medios, como para ver luego un drama: lo que desgraciadamente resulta tedioso para muchas personas. No me refiero a que el drama tenga más mérito que la comedia. Pero tiene la gente mayor inclinación por las comedias porque así se evade de sus problemas, de cavilaciones pertinentes, o en todo caso por el mero hecho de divertirse; el sucedáneo del humor, por lo visto, provoca más agrado que ver un drama en escena. Está claro que el humor es necesario en la vida; el humor es fuente de felicidad y de salud, por eso es imprescindible para el ser humano. Pero también es necesario el drama, en contra de lo que mucha gente piense; en el drama está la virtud, está la relación de causas, está la reflexión moral –uno de los principales propósitos del teatro, junto con el entretenimiento–, en el drama también está la belleza, está la comprensión del abismo, la explicación de las desgracias, la justificación de la decadencia humana, la explicación de lo corruptible y las conjeturas de la denigración ética. Todo ésto emana desde los tiempos de Sófocles, Aristófanes, Eurípides, Plauto, Esquilo, Jenofonte, etc. Las obras grecolatinas no son excelsas por ser inmortales, sino por explicar las principales preocupaciones del ser humano que, desde remotos siglos, llevan aturdiéndolo. Prevalecer con lo cómico supone perderse otros géneros igualmente ricos en matices, géneros con una fuerte carga emocional, con un lirismo estético y realista.

El declive del drama

Es comprensible que diversas compañías teatrales rehúsen a representar un drama para no jugársela, quizás porque no tendrían la misma afluencia de público que acude para ver una comedia, un musical o un cabaret. Y, como contrapartida, en sus programaciones –con todo el laborioso trabajo que supone una función: reparto, vestuario, escenografía, etc,– se prefiere antes una comedia que un drama. Eso genera mucha frustración para directores de teatro, para actores y autores. Le ocurría, verbigracia, un fuerte enojo a Lope de Vega, maestro del teatro español, cuando escribía comedias por encargo, a la vista de un gusto por lo burlesco y satírico; se ofuscaba muchas veces cuando los mecenas le encargaban comedias novedosas, antes que un drama. Lo mismo le ocurría a Calderón de la Barca, quien decía que el drama es el más ecléptico de los artes. También le ocurría a Antonio Buero Vallejo, quien no era partidario de inclinaciones por las comedias. Las modas literarias cambian: es algo muy veleidoso. Y en el caso del teatro, de quien depende la valoración de una función es del público, y éste puede carecer de apreciación artística o de criterio, porque el público también se equivoca con sus preferencias. Aunque es bien cierto que la libertad del público es legítimo. Por eso, éste tiene todo el derecho de aplaudir o de patear a los actores. El teatro es completamente participativo, lo que, a su vez, siempre está suscito a críticas, éxitos y fracasos. Lo que también es compatible con adaptaciones para seducir al público. Y en esa tendencia, arbitraria según los gustos de la sociedad, puede ocurrir que se haga teatro consumible y mediocre y se pierda el teatro como Arte.

Luis Javier Fernández

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