NaveLocos 3

Desde el cristal de la puerta acorazada, un pequeño rectángulo de 30 x 25, no se le ve. La habitación es amplia y luminosa, perfectamente simétrica, sin ventanas ni muebles ni recodos donde ocultarse. Pero el hombre suele esconderse justo en esa esquina, en el ángulo que permanece fuera del campo de visión. Por eso se han visto obligados a situar una cámara de vigilancia. De ese modo pueden observar las escasas evoluciones del enfermo.

El hombre llegó con mal pronóstico. Había intentado colgarse de una viga con una cuerda imaginaria poco después de ahogar a su gato. Después supieron, por una vecina que andaba pendiente de sus entradas y salidas, que no era la primera vez, y que a veces lo sorprendía en el balcón, mirando fijamente al vacío, agarrado a la baranda con tal fuerza que acababa sangrando por las uñas.

Una mañana le confesó que no se atrevía a tirarse, pues había leído que los que mueren de traumatismo vagan para siempre en el limbo informe de los fantasmas y pasan su tiempo estorbando a los de acá. «Y, además, da tanta impresión…» Por eso la decisión del ahorcamiento. Pero, para alguien de su tamaño, resulta complicado. El enfermo mide cerca de dos metros y siempre roza el suelo con los pies.

El doctor, nada más llegar, comprobado el estado de ansiedad de su paciente y su escasa capacidad para neutralizarlo, lo atiborró de neurolépticos y lo sometió a un estricto interrogatorio.

La entrevista se prolongó más allá de los setenta minutos preceptivos. El hombre alternaba sus diálogos con el psiquiatra y consigo mismo y se interrumpía continuamente con anécdotas que no venían al caso, y que, aseguraba, eran tan ciertas como la vida misma. Así, entre risas contó cómo rompió y reconstruyó un espejo del baño por ver qué había detrás, además de intentar por ese método descubrir su verdadero yo, sobre lo que tenía ciertas dudas. Al doctor le interesó el tema, pero en ese momento el paciente decidió callar como él solo sabía hacerlo. Pasó el tiempo y, en el momento en que el psiquiatra bajó la mirada para husmear entre los papeles y reafirmarse en las últimas respuestas, el hombre se quedó dormido.

Aun así, en las primeras semanas se tuvo a bien aprobarle un diagnóstico dudoso y un tratamiento controvertido, y se le concedió una absoluta libertad para deambular por el recinto con el compromiso verbal de no agredir a nadie bajo ningún concepto. A partir de las nueve se reanudaba la vigilancia: el hombre volvía a su celda, tomaba sus pastillas, rezaba sus oraciones y se quedaba dormido.

Pasaron tres meses y medio y el hombre dejó de mostrar los síntomas de locura por los que había sido internado. Y no volvió a hablar de su compañero de celda, aquel que, en principio, se empeñara en acompañarlo durante el tiempo de su estancia. El doctor consideró prudente aumentarle la dosis de benzodiazepina y revisarlo semanalmente. Esta vez habían acertado.

Una mañana, cuando todo se daba por concluido, el hombre amaneció ensangrentado. Las enfermeras de la planta dieron la voz de alarma. «Qué extraño», comentaron, pues nada afilado ni cortante ni agudo ni contundente se les había pasado en la inspección vespertina.

El paciente, presa de un ataque de pánico, fue conducido a la sala de curas, donde se reparaban automáticamente cortes y fisuras y las agresiones normales que los internos se ocasionaban en el patio a la hora de la siesta. Revisados los arañazos y mordeduras, tanteados la ropa y los zapatos y todo el entorno del enfermo, se llegó a la alarmante conclusión de que él solo se había masticado los antebrazos y frotado con las paredes allá donde no llegaba de otro modo, a pesar de que insistía una y otra vez en que no había sido sino «el otro».

El doctor, pues, decidió vigilarlo más de cerca. Pasaba las tardes paseando por los jardines del sanatorio en su compañía; le preguntaba por la evolución de sus escaras, por el color de su gato y las dimensiones del espejo que intentó reconstruir. Pero el paciente respondía de mala gana y complicaba las conversaciones dando entrada a su acompañante sempiterno. «Ya le dije que no viniera», insistía entonces. «Pero la culpa es mía. No debí recomponer tan bien el espejo. No hay quien se libre de él».

El doctor apuntaba cada frase que decía, con su hora al lado, entre paréntesis, y analizaba sus expresiones corporales y preguntaba a sus compañeros de profesión por ver si le daban alguna pista. Uno de ellos, defensor de terapias más agresivas, le sugirió la posibilidad de reproducir por una vez la escena, la famosa de romper y recomponer el espejo, aun a riesgo de salir todos mal parados. El doctor accedió.

Prepararon, pues, para el evento, la sala de entrevistas; compraron un espejo de las dimensiones que el paciente requería; rebuscaron unos guantes especiales con que protegerle los dedos; aumentaron el enguatado de su camisa de fuerza y se apostaron junto a él en espera de lo que había de suceder.

«Vaya», suspiró el loco. «Sí que lo ponen fácil».

Durante unos minutos el paciente no se movió. Posaba los ojos en las paredes, en el espejo, en los psiquiatras, en el reflejo de la mesa, en el techo que se le venía encima. Luego preguntó: «¿Por qué estamos aquí?», pues no recordaba a qué tanta blancura y tanta protección innecesaria. «¿Qué ve en el espejo?», preguntó su psiquiatra, por el que, de repente, sintió un miedo atroz.

El loco miró fijamente el espejo, su superficie lisa, tras la que se ocultaba, seguro, el bruñido riguroso, y en medio su otro yo, el malo, que mejor que se quedara allí y no le causara más problemas.

Pero el médico insistía. «¿Cómo es eso de romper y recomponer?». «Vaya manera tonta de buscarme las cosquillas».

El hombre toma el espejo. Es pesado, grueso, pero, aun así, un golpe seco lo rasgará en mil pedazos. Uno solo de esos fragmentos cristalinos, que aún puede reflejarlo, que le devuelve su risa infame, enloquecida, le recuerda que el otro sigue ahí, entre el vidrio y el estaño o el mercurio, o cualquier sustancia venenosa con que se haya fabricado el juguete infernal que lo tiene cautivo y que, inclinado en el ángulo preciso, calculado con precisión por científicos de reconocido prestigio, le devuelve por fin su verdadero yo, ese que se lanza al cuello del doctor que tiene enfrente y se lo sesga, y luego el gañote del que se las dio de listo y no sabe muy bien con quién se anda.

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Elena Marqués

Este relato forma parte del libro La nave de los locos, Madrid, Ediciones Irreverentes, 2014, con el que obtuvo el VIII Premio Vivendia-Villiers.

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