El Espíritu del Agua. Por Catalina Ortega Díaz

El Espíritu del Agua

 Me llamo Mar porque nací mujer; si hubiese nacido hombre me llamaría Océano y me apellaría Atlántico.

 Dudé al escribir mi diario ¿quién daría crédito a la vida oculta de una mujer de agua? Decidí titularlo «Náufraga sin Islas ni Orillas» Comenzaba con varias hojas iletradas por la simple razón de que no sabía escribir. De hecho; fue un marinero, mi Pescador de Sueños, quien me dictó la sexta página escrita con párvula letra:

 Página 6ª.- Al clarear la mañana, en el Rubicón de la pleamar coronada de bravas olas bordadas de espuma, me envuelven tirabuzones de sal, traspasando umbrales abisales. No sé si muero, sobrevivo o sueño con un fantástico gigante; un Atlante que me ofrece su alianza atlántica inmortal; nuestra OTAN particular. Despierto cuando un edredón de nubes; plumas que abrigaron mi noche, se deshilan en sábanas de niebla sobre la nueva aurora. Despierto…, creo.

 Página 16.- Suena por las arenas el tamboril de algún rociero. Desvío la mirada somnolienta hacia el lejano acantilado, tocado aún, por el velo azul de Eos, diosa de la aurora < ¡Dónde están!> Restriego mis ojos, obnubilados, buscando los juncos que mi Pescador de Sueños plantó en el punto más alto, para que el suave Céfiro invitase al abrazo, las caricias, al baile rítmico de los amantes; símbolos de nuestro Amor.

 Corrí hacia el acantilado que los lugareños llaman “del Espíritu” pues siglos atrás se ubicó, en la cima, el Castillo de ese nombre; baluarte de defensa contra piratas e invasores. Una tierra herida fue la única huella de los desaparecidos juncos. El rocío de la mañana vistió mi cuerpo con diminutas perlas; lágrimas del alba.

Los albatros en inquietos vuelos intentaron, inútilmente, avisarme con sus agudos gritos.

 No le vi, no vi la sombra oscura que me perseguía; un hombre sin alma: des-almado. Aún llevaba, en su brutal mano, los quebrados talles de nuestros juncos que, quebrados derramaron su savia hasta la última gota con dignidad juncal: «antes rotos que doblados»

-Aquí levantaré una columna de piedra con tu nombre y el mío-gritó el des-almado con voz amenazante.

 -Las piedras no tienen alma, sólo tienen historia; la tuya y la mía no se escribirán juntas-respondí-, sobreponiéndome al miedo, emulando el orgullo de los agonizantes juncos.

– ¡Mía o de nadie! – Sentenció.

-De nadie-Susurré con voz de caracola, saltando serena desde el acantilado.

 La bajamar era un inmenso tálamo de oscura plata cuando abrazó mi cuerpo de sal y agua. Nada pudieron hacer las gaviotas de la playa, prestándome sus alas para evitar el vuelo abisal.

 Fue entonces cuando Océano reconoció la alianza que, años atrás, me regaló aquel ser magnífico; el Atlante. Océano besó mis labios de Mar, donándome, así, su alma: el Espíritu del Agua.

 Página 17.- Soy una sirena todo terreno…, digo toda agua. Hoy, mayo del 2018, navego por las acequias de la Ajufia y el Azarbe. Fluyo de incógnito hacia el Mediterráneo, para seducir al Ebro, macho alfa de los ríos; muy sobrado, con la intención de convertirle en vegetariano, amante de los sedientos productos de la Huerta Murciana.

 

 Catalina Ortega Díaz

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