El fin del mundo

 

El fin del mundo

 

El fin del mundo

 

   De pequeño todavía me alcanzaron sus ecos. La llegada del fin del mundo no era una ingenua creencia medieval, sino una posibilidad real. La amenaza de una guerra atómica encajaba con las revelaciones de la Virgen de Fátima, secreto cuyo contenido sólo conocía el Sumo Pontífice. El fin del mundo llegaría como la destrucción de Sodoma y Gomorra: como castigo divino. El ejemplo más cercano fue lo que sucedió aquella noche del 25 de enero de 1938 en que todo el cielo se tiñó de sangre. De niño, una vecina anciana, siempre vestida de luto, me lo contaba con vivo dramatismo. En plena guerra civil, el cielo se cubrió enteramente de rojo durante toda la noche, atravesado de cegadores destellos amarillos y verdes. La gente rezó aterrorizada esperando la hecatombe final.

   Aquel descomunal incendio provenía del sol. Una aurora boreal gigantesca cubrió el cielo de media Europa. Una de las mayores tormentas geomagnéticas que se han conocido. Llamaradas colosales que llegaron a alcanzar 122.000 kilómetros cuadrados, capaces de engullir a nueve Tierras. No era el “rayo de muerte”, ese arma potentísima que poseía Hitler, pero tampoco la apocalíptica catástrofe anunciada por San Juan.

   El infierno, el fin del mundo y el juicio final: hoy apenas podemos imaginar la fuerza de estas creencias, la influencia que estas amenazas han ejercido sobre la mente y la conducta de nuestros antepasados. La sociedad europea, desde la Edad Media hace hace poco, ha vivido imbuida por esos imponentes relatos. La voz exaltada de profetas y predicadores, atentos a cualquier señal que enviara el cielo, anunciaba las más espantosas calamidades. La imaginería religiosa se ha nutrido abundantemente del Apocalipsis y la Divina Comedia, por citar dos de los miles de libros que han recreado los horrores del infierno, la apoteosis destructiva del fin del mundo y el implacable juicio final que vendría precedido de la macabra resurrección de los muertos.

   Afortunadamente, ya no vivimos hoy con la congoja de esa destrucción final, ni bajo el miedo al infierno y a la terrorífica sentencia que separará a los buenos (a la diestra) de los malos (a la siniestra). Pero esto no significa que el fin del mundo no exista, que sea ya sólo el recuerdo de un relato fantástico. Hay muchas formas silenciosas de destrucción del mundo, apocalipsis lentos e invisibles, y no provocados por la cólera divina, sino por la ceguera humana, el desvarío de la mente unido a la ambición y el egoísmo más cruel. Un ejemplo claro es la influencia demoledora del actual concepto de progreso y modernización, en cuyo nombre se han cometido las más atroces devastaciones.

   La pregunta fundamental es si no podríamos lograr un bienestar parecido sin necesidad de destruir la naturaleza ni de despreciar bienes y valores que, creados a lo largo de los siglos, han sido estúpidamente arrasados y menospreciados. Pienso, por ejemplo, en la extraordinaria red de forrocarriles que España tenía antes de la llegada de las autopistas y la expansión del AVE (uno de cuyos últimos engendros va a ser el EVA, un tren morado, feminista y ultraligero). ¿Alguien recuerda que hubo un tren que iba desde Gijón a Sevilla por la ruta de la Plata? ¿Por qué se destruyó esa enorme infraestructura y se han dejado morir miles de kilómetros de raíles, cuando lo más fácil hubiera sido su mejoramiento y remodelación?

   Pero se impuso esa estúpida idea de la velocidad y la rapidez, ganar tiempo para luego perderlo en el amodorramiento de las pantallas. Y lo mismo ha pasado con la idea de paisaje o belleza natural. ¿Para qué? Mejor arrasar la costa con construcciones horrendas o sembrar los montes y montañas de aspas gigantescas, capaces de triturar a una bandada de cigüeñas sin inmutarse.

   Este progreso, que desprecia una concepción humana de la naturaleza y la vida, es otra forma de destruir el mundo. Que la política, cuya acción debiera tener como fundamento una idea clara del hombre, del bienestar colectivo, sea un mero instrumento en manos de los destructores, y que, de modo especial, haya sido la izquierda (el PSOE a la cabeza) la que haya impulsado esa idea acrítica de progreso (hoy se declara ‘progresista’ como única seña de identidad), es una desgracia que nos recuerda la maldición bíblica del fin del mundo.

   ¿Les preocupa algo de esto a los muy progresistas de Podemos? ?¿Y al resto, que sustituye progreso por crecimiento?

Santiago Tracón

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