El narcisismo. Por Usue Mendaza

El narcisismo

 

Procedía de una estirpe de pintores y era siempre una tradición singular regalar a las mujeres del clan familiar un retrato propio, aprovechando que la tan agraciada  genética heredada entre generaciones por las féminas de la familia, no iba ni mucho menos a perjudicar el bello resultado del cuadro. Muy al contrario; sus perfectos rasgos físicos contribuirían de lleno a embellecer la culminación de la obra pero también se convertirían, con el paso de los años, tristemente, en su único leit motiv.

Ella adora su físico, hasta el punto de que, no puede dejar de vivir sin la imagen devuelta por los espejos que constantemente la rodean. Durante las inmumerables veces que se mira en ellos al cabo del día, observa placenteramente con orgullo y un excesivo amor propio, rozando el delirio, sus grandes ojos color esmeralda, sus resultones pómulos que triangulan una cara perfecta, unos labios carnosos que forman una comisura plácida y riente dejando entrever unos dientes profusamente blancos, su piel agraciada, fina y nacarada, su cuidado pelo ondulante propio de una ninfa,  su figura, unos brazos trabajados con disciplina en el gimnasio, su cuello de cisne que a veces engalana, unos pechos prominentes ajenos a los efectos de la gravedad natural de los elementos, un vientre plano sin colinas , una cinturita de avispa y unas piernas esbeltas y perfectas. Nada que sobresalga de su debido sitio. Todo perfecto. Demasiado perfecto para resultar tan bonito.

Un buen día un amigo suyo, muy consciente de la enfermiza obsesión de su amiga por su físico, le regala el libro “The picture of Dorian Gray” de Oscar Wilde ; ella lo recibe con un agradecimiento disimulado  y con mucha suspicacia, porque por un lado jamás ha acostumbrado a cultivar la parte de su abandonado intelecto y por otro lado porque él ya le ha insinuado, malvadas comparaciones  entre su carácter obsesivo y el personaje de Dorian Gray.

Ese mismo día, a la hora del café, ella le pregunta varias veces de forma insistente:

-¿Crees que mi vida se parece a la de Dorian Gray? – Le pregunta ella.

– Me lo preguntas seriamente u otra vez me estás engatusando para que te diga lo bella y radiante que estás hoy, para no variar?

-Te lo pregunto porque quiero conocer  la honesta opinión de un amigo.

-Eres la viva imagen de Dorian, querida. Fíjate en tu retrato. La cara muestra tu verdadera historia. Y miraté, te has quedado sola. Más sola que la una. Sólo te quieres a ti misma. No puedes vivir tan obsesionada. Por desgracia vivimos en un mundo donde se valora en demasía el hecho de ser guapos y no tanto,  o no suficientemente, el de ser buenos y tú eres muy guapa pero no tienes ni idea de lo que significa ser buena persona.

Y así pasan los días y los meses y los años y su retrato cada vez se vuelve más horrible y decadente para ella, hasta el punto que no puede permanecer contemplándolo más de un segundo ni puede mirarse como antaño en los incontables espejos de su casa de los que ha decidido abnegadamente deshacerse. No soporta conocer dos hechos evidentes: que se ha hecho a lo tonto, vieja, muy vieja y nada, nada buena persona.

El “Retrato de Dorian Gray” todavía pulula por la exigua y polvorienta biblioteca, y muchos días y de forma reiterada, se duerme  en el sofá sosteniendo con una mano el libro y con la otra, una copa de su mejor whisky.

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