El reino. Por Maite Diloy

Soy un escritor que trata de comprender cómo se las ha arreglado otro escritor, y me parece evidente que a menudo inventara.

 

Después de trabajar durante siete años, Enmanuel Carrère publica El Reino este septiembre.  Y es precisamente El Reino el libro que ha hecho que me prende de Carrère. A veces ocurre, empiezas a oír hablar de un autor o un volumen, te persigue desde las tertulias radiofónicas, desde los muros de Facebook, te empieza a acosar hasta que lo compras y lo empiezas a leer. Eso pasó en septiembre, y al comenzarlo descubrí que quería leer otros antes, así que fueron El adversario y Una novela rusa el aperitivo.

El Reino

Hay alguno más en la recámara, pero por fin le tocó el turno a El Reino. Carrère hace un estudio sobre el cristianismo en sus orígenes. El evangelio de Lucas y los Hechos de los apóstoles de Pablo. Un estudio basado en los cuadernos que tiene de su etapa de cristiano fervoroso, de misa diaria y comentario de la Biblia. La Biblia es un libro alucinante, los Evangelios también, la creación de la palabra de dios es un proceso apasionante; no me extraña que Carrère destinase tanto esfuerzo y nos lo muestre en este brillante libro. Pero como siempre pasa con él no es sólo un estudio de la Biblia: son los demonios que lo acosan, la búsqueda de la trascendencia en la religión, sus relaciones personales, sus neuras. Eso es lo que surge entre las páginas de El Reino. Porque creo que lo suyo es búsqueda de demasiadas cosas, el proceso de encontrarse uno mismo, la creación literaria entre las palabras de Lucas, el surgimiento de una nueva  religión con las aportaciones de Pablo tanto en los Hechos como en el propio Evangelio de Lucas, la belleza de las vírgenes pintadas en el Renacimiento, la vida de Roma. La lucha de los judíos frente a la metrópoli, el patrocinio romano que puede explicar el antisemitismo de la religión cristiana, e incluso más, la propia vida de Pablo, que configura una religión extraña fuera de lo que nos es más cercano, el sexo, el deseo, la riqueza. El deseo de vivir razonablemente bien, con una pareja, con hijos, que tanto odiaba Pablo. Es una religión extraña que triunfó igual también por la falta de trascendencia de la religión oficial romana. Y además la reflexión del hecho religioso.

Leído desde mi agnosticismo, El Reino es un planteamiento interesante. Lo que a mí me interesa del hecho religioso es su dimensión pública y el hecho de que todavía en pleno siglo XXI existan tantos creyentes es algo que no acabo de comprender. Pensar que un ser superior que vive entre las nubes  gobierna nuestra vida, nos concede nuestros deseos, nos dota de trascendencia es algo que me resulta a la vez extraño y fascinante. Por eso he disfrutado muchísimo de El Reino. Por eso mis noches desde hace quince días se han llenado de las palabras de Carrère, por eso he pegado mogollón de pos-its entre sus páginas, asertivas unas, reflexionantes otras. Por eso he subrayado un montón. El entusiasmo de leer de la forma que lo hago. La ansiedad de no poder parar. Carrère es buenísimo. No puedo entender que alguien no se prenda de sus letras, no puedo entender que alguien no busque eso cuando lee. Aunque los habrá seguro. Las formas de leer varían de unos a otros. Muchos no buscan la ansiedad ni la reflexión. No me parece mal, pero cuando tienes ante tus ojos algo que te provoca no quedarte en el sillón paseando por historias insípidas sino zambullirte en la piscina de la reflexión profunda, del oficio de escribir, la búsqueda de lo que somos entre las letras, ¿cómo no dejarse arrastrar al lado bueno de la literatura? ¿Cómo dejarlo en pos de las pisadas bien horadadas de historias intrascendentes?. No lo entiendo.

 

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Brisne entre libros»
Blog de la autora

 

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