El secreto del cementerio. Por Dorotea Fulde Benke

El secreto del cementerio

 

Pues, sí… la tía Mónica se hizo la enferma y partió en un taxi para Madrid al hospital de su seguro privado. A los pocos días se supo en el pueblo que había muerto de un infarto, a sus 78 años y en compañía de Sina, su sobrina preferida.

Sina volvió con un bulto que se suponía era la urna con las cenizas de Mónica y la enterraron en el pequeño mausoleo de la familia, el único que había en el cementerio, con su altarcito, su lámpara eterna eléctrica de luz roja intermitente y su cancela destinada a dar paso solo cuando alguién de la familia desaparecía.

La sobrina estableció una férrea rutina de visitar con su marido la tumba de Mónica cada domingo al atardecer y los festivos pronto por la mañana. Entraba en el pequeño recinto, reponía las flores naturales y lavaba las de plástico y su devoción impresionaba hasta al cura, Don Samuel, quien la puso repetidamente de ejemplo en sus sermones. Y el Señor parecía estar de acuerdo porque el negocio de Paco iba de viento en popa y la casa de Sina lucía cada mes un nuevo elemento de decoración.

Pronto Sina se quedó embarazada y conforme avanzaban los meses, su cintura se volvía cada vez más ancha, tanto que al pasar por la estrecha cancela tuvo que achuchar primero ella y luego le tocaba a Paco presionar y tirar, pero ELLA no consintió que él cambiase las flores o adecentara el altarcito.

Y pasó lo que tuvo que pasar: un buen día por el séptimo mes Sina se quedó atrancada en el mausoleo de la tía Mónica y entre ella y Paco lo pasaron tan mal para sacarla que él, normalmente un corderito, la prohibió tajantemente que volviera a entrar antes del parto. Y no, ella tampoco quería parir a su primer hijo en un cementerio, así que aceptó y a partir de ese momento fue Paco quien bajo la atenta mirada de Sina se encargaba de las flores.

El primer día del nuevo arreglo, antes de que saliera, Sina le hizo sacar una piedra de mármol del rodapié. En el hueco detrás había varios fajos de billetes. -Saca quinientos euros, -dijo Sina con la voz entrecortada. -Hay que mandarle la mensualidad a Mónica.

Cuando regresaron andando por el campo, le explicó la trama de “Tía Mónica”. Como la pobre había estado harta de las falsedades de la familia, halagándola para conseguir una mayor parte de la herencia, se había ido a vivir a Estepona, Sina la mandaba poco a poco sus ahorros porque la vieja no se fiaba de ningún banco, y cada mes la sobrina podía quedarse con una modesta cantidad por ser la callada ‘albacea en vida’ de su tía abuela Mónica…

Cosas de pueblo, cosas de Cantalapiedra….

 

Dorotea Fulde Benke

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