El sombrero de mi abuelo. Por José Fernández Belmonte

El sombrero de mi abuelo

El sombrero de mi abuelo

Lo reconozco: aquella tarde hacía un calor horrible. Hasta el punto de que no sería nada aconsejable salir a caminar, pero yo salí. Salí con ganas de ir consolidando el hábito de salir. Urgía para mi subsistencia no quedarme absorto tanto tiempo tras la pantalla del ordenador. Enfrentarme con valentía al pernicioso sedentarismo, que tanto me estaba perjudicando, era mi única salida. Por eso, pese a lo adverso de la climatología, decidí ponerme en marcha.

El camino estaba reseco, polvoriento, como desértico. La maleza amarilleaba el paisaje otorgándole un colorido aún más inhóspito y deshumanizado. Mi voluntad, sin embargo, se mantenía firme. Mis pasos avanzaban a un ritmo medianamente aceptable. No me importaba tanto el reto atlético como la lucha que se libraba en mi interior. Esa lucha se había convertido en la más importante de mis luchas. Mi nuevo yo, que acababa de nacer, frente a mi yo caducado que se negaba a abandonarme. Mi enfermedad frente a mi salud. Paso a paso, metro a metro, minuto a minuto, bajo un sol injusto al que, contradictoriamente, solemos llamar de justicia.

Las moscas tampoco mostraban ninguna benevolencia conmigo. Normal, si ni tan siquiera yo había sido capaz de mostrar justicia conmigo cómo lo iban a ser esos bichos chupamierdas tan asquerosos. Me perseguían con la perseverancia de un cobrador profesional ávido de comisiones. Mientras intentaba quitármelas de encima como podía, vi como una tierna mariposa era engullida, en pleno vuelo, por una romántica golondrina, hecho este que no le restó un ápice de ternura a la improvisada merienda del ave migrante.

El objetivo estaba ante mi vista. Media hora de ida, hasta esa casa roja que siempre estaba cerrada, y media hora para el regreso era la dinámica redentora que me había planificado para esa tarde.

Al llegar a la casa, me agaché para atarme una de mis cordoneras. En ese preciso momento fue cuando me percaté de que la puerta de la casa estaba literalmente reventada. La curiosidad del niño que todos llevamos dentro hizo que me asomara al interior de aquella casa que durante tantos años había servido como decorado y como referencia a mis bucólicos paseos.

La casa estaba vacía, con la salvedad de que en una de sus más grandes dependencias, que en su momento habría sido el salón de la vivienda, había volcado un gran baúl. A su alrededor, lucían desperdigadas numerosas prendas, revistas y algún que otro libro de texto que perteneció, según pude leer, a Juanito Peñalver, un niño que, de seguir vivo, ya no sería tan niño.

Sin embargo, mi atención se centró en una vieja guía telefónica. Compañía Telefónica Nacional. Murcia, 1961. Por esas fechas, yo aún no había nacido. La guía se encontraba tan amarilla y descolorida como el paisaje por el que acababa de transitar. Entonces, mientras ojeaba ese desfasado listado me dio por buscar el nombre de mi abuelo: Antonio Fernández Carrión. Por suerte, la parte de la guía que incluía los apellidos que empezaban por la letra efe se encontraba aún bastante legible, ya que muchas otras, anteriores y posteriores, estaban roídas por las polillas u otros insectos aficionados al papel aderezado con tinta de imprenta.

Comencé a buscar. Me sorprendió gratamente ver a tantos Fernández juntos. Inocentemente, me sentí importante al ver que había más Fernández que Peréz o Gutiérrez. Pensé qué, tal vez, algunos de esos Fernández podrían ser familiares míos. En el listín, primero figuraba el primer apellido, posteriormente el segundo, y después el nombre de pila. Tras esa primera información, aparecía la dirección en la que se encontraba el teléfono. Eso me hizo recordar el nombre de la calle en la que se había criado mi padre: calle Madrid, y, al mismo tiempo, hizo que me diera cuenta de que desconocía el número en el que se ubicaba la vivienda.

Según avanzaba, deslizando mi dedo índice sobre el listado de los Fernández, mi nerviosismo fue en aumento. Me embargaba una sensación extraña, como si me encontrase a punto de realizar un hallazgo capaz de cambiar mi destino. Como si el hecho de tropezarme con el nombre de mi abuelo en ese listín olvidado y polvoriento pudiera ejercer en mí algún efecto milagroso que me ayudara a recobrar mi deteriorada salud. Tal vez esa casa roja, en la que tanto había reparado mi mirada en las últimas décadas, guardara en su interior algún mensaje secreto para mí.

Cuando leí los dos apellidos de mi abuelo, junto a su nombre, sentí un tremendo escalofrío. Mis vellos se pusieron como escarpias, las manos comenzaron a sudarme y mi boca se quedó más seca que un esparto en pleno agosto. Cuando conseguí reponerme de tan inaudita sensación, proseguí con la escueta lectura que me atenazaba: calle Madrid, 2. No había duda, estaba ante los datos telefónicos de mi abuelo Antonio. Sé que es absurdo, pero sentí algo especial, fue como si, en ese preciso momento, mi abuelo Antonio y yo hubiésemos vuelto a contactar después de más de cuarenta y cinco años. Vinieron a mi mente momentos que, con toda seguridad, recuerdo más gracias a las fotografías que a la capacidad de mi propia memoria. En una de ellas, aparece mi abuelo Antonio, con un sombrero muy elegante, llevándome de la mano al colegio Andrés Baquero. Lo que más me gusta de esa fotografía es la sonrisa congelada de mi abuelo. Bueno, no sólo la sonrisa, más bien toda la expresión facial de felicidad y ternura que captó la cámara para la eternidad. Para mí, el abuelo Antonio siempre fue esa mirada, esa mano arrugada, esa mueca congelada de ternura bajo la sombra que proyectaba un sombrero al más puro estilo de las películas americanas en blanco y negro que marcó toda una época.

Y por último un número. Un número que no se diferenciaba mucho de los números telefónicos de los actuales teléfonos fijos. Lo leí varias veces como si me sonara de algo. El ocho se repetía en varias ocasiones. También el dos. Sin pensarlo dos veces, agarré mi teléfono móvil de última generación y marqué, sin saber muy bien para qué, aquel número. Sabía, perfectamente, que esa llamada en el tiempo era misión imposible; una especie de homenaje al humor absurdo o, tal vez, un primer síntoma de confusión ante una más que inminente insolación que me acuciaba.

Marqué, como les digo, y el teléfono sonó. Sonó, como diría Joaquín Sabina, como un signo de interrogación. Sonó como deben sonar los gritos de los inmigrantes minutos antes de ser tragados por el Mediterráneo y perderse en la negrura de las profundidades. Sonó hasta que se desvió la llamada a una máquina y una voz femenina en conserva dijo que el número que estaba marcando no pertenecía a ningún abonado. Evidentemente, mi abuelo Antonio ya no estaba abonado. Él hacía mucho tiempo que había dejado de ser abonado para ser abono. O, tal vez, ni eso.

José Fernández Belmonte

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