El viaje de sus sueños. Por Segismundo Fernández Tizón

eiffel -El viaje

 

Había estado esperando mucho tiempo a que él apareciese y, como tantas veces había imaginado, la rescatase de aquel lugar que desde siempre le había parecido demasiado grande, demasiado ostentoso… demasiado solitario. Y había recibido el mensaje de él con una esperanza y una alegría desconocidas para ella hasta entonces, y recordó que hacía mucho tiempo que había dejado de creer en la magia… hasta entonces.

«Llegaré enseguida». El mensaje sólo decía eso, pero para ella era toda una declaración de intenciones. Estaba dispuesto a recorrer la distancia que los separaba. Se lo imaginó volando a su lado, para estar cuanto antes en su compañía, que siempre decía que era lo mejor que había tenido nunca. Y se puso coquetamente nerviosa cuando se sintió sonreír.

«Llegaré enseguida». Esas palabras no salían de su mente, y sabía que habían sido dichas con el corazón. No era algo nuevo, llevaba tiempo notando que él había sentido algo casi inmediatamente, de una forma inexplicable pero que brotaba con una fuerza inusitada; y se dispuso a esperarlo recordando cómo se habían conocido.

Fue poco tiempo el que tuvo que esperarlo. Como suponía, se había puesto en marcha nada más recibir su llamada, y se sintió halagada. Había sido largo su encierro, y echaba de menos que alguien se mostrase tan dispuesto a complacerla de aquel modo desinteresado.

Cuando lo vio llegar, bajó las escaleras de dos en dos, como escapando de lo que aquel lugar había representado para ella, y, tras salir, con el equipaje justo de ropas y recuerdos, sintió el aire en su cara como hacía tiempo que no lo sentía, y el peso que oprimía su pecho se fue relajando.

Lo vio enfrente, aguardándola, y no dudó en subirse a su espalda, alegre, viva, como cuando niña jugaba a ser una amazona y se subía a las espaldas de sus mayores, entre juegos, sueños y esperanzas. Se sintió volar, y poco a poco la excitación de los primeros instantes fueron dando paso a la calma que tanto había anhelado, y que ahora la invadía… Cerró los ojos y se dejó llevar, alejándose de aquella prisión maldita que la había consumido durante tantos años.

Cuando los abrió, miró sorprendida a su alrededor. Ya nada se parecía a lo que había conocido, todo era extraño, las gentes hablaban en un lenguaje desconocido para ella, aunque muy musical. Quiso apoyar los pies pero no encontró el suelo, y se aferró a la espalda que la sustentaba. Comenzó a recordar, y ruborizada ahogó una sonrisa de vergüenza al darse cuenta de lo que había pasado en los últimos instantes.

Ya en tierra firme, oyó la voz de él que le pedía en un susurro «no abras los ojos todavía»… y sin saber por qué, dominando la ansiedad que la embargaba, le hizo caso, pues sabía que nada malo podía venir; aunque le extrañaba el griterío de la gente, los pasos acelerados…

De repente, con un «ya puedes», abrió los ojos y se hizo la magia para ella. Ante los dos se levantaba una construcción gigante, una torre de metal y sueños que la dejó sin habla, pues no esperaba aquello. Levantó la vista y lo alto de aquella torre se confundía con las nubes, como clavándose en el mismo cielo… y fue feliz. Se tumbó, como tantas veces había imaginado, entre los cuatro pilares de los que brotaba aquel monumento al ansia del hombre por llegar a lo alto, y, sintiendo el cielo sobre ella y el suelo bajo su cuerpo, asió la mano de su acompañante y se dejó mecer por la emoción de los sueños cumplidos, de los imposibles que se desmoronan, sintiendo a su benefactor inquieto al notar que la gente, perdido el respeto inicial, comenzaba a acercarse con intenciones inciertas.

Ella, ajena a todo, sonreía de nuevo con los ojos cerrados. Siempre había deseado aquello, y no estaba dispuesta a dejar de disfrutarlo por culpa de la gente… Su sueño había sido visitar París, y tumbarse bajo la torre Eiffel, y todavía más mágico era que su Dragón, su caballero de otros tiempos, la había rescatado y llevado allí. No podía pedir más. Por eso se molestó con la gente que intentaba darles caza con palos y piedras, y, aun sabiendo que le salvaba la vida, regañó con un delicioso mohín al dragón que la elevaba ya a toda velocidad y la ponía a salvo, mientras pensaba que algún día le gustaría reducir todo París a cenizas menos aquella torre.

 

Segismundo Fernández Tizón

 

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