Elena Sanz, el amor de Alfonso XII. Por Jordi Rosiñol Lorenzo

Elena Sanz, el amor de Alfonso XII

En la actualidad, y amparados en una supuesta modernidad inquisitiva e inquisidora, que acostumbra a poner en duda, e incluso a afirmar con rotundidad que nuestra sociedad no ha avanzado, que alegan desde planteamientos maniqueos tan innovadores que no pasarían ni el más mínimo filtro tras los decimonónicos movimientos obreros. Confunden a través de ese antiguo crisol, el presente de nuestras instituciones, costumbres, y educación, acusando a estas de estar ancladas en los anacronismos pretéritos que navegan ellos.

Para saber dónde estamos y, sobre todo para saber hacia dónde vamos, primero nos hace falta saber de dónde venimos, y esta incógnita es muy fácil resolverla, es la única que ya está escrita, si la demagogia populista no empañará el espejo retrovisor de la historia sería fácil leerla. Por mucho que insistan, y a pesar de instrumentalizar la grave crisis que hemos vivido estos últimos años, y que muchos por desgracia la siguen padeciendo. No podemos olvidar que somos unos privilegiados en el mundo, disfrutamos de una democracia estable, consolidada y admirada internacionalmente, un sistema imperfecto que nos proporciona un estado del bienestar como nunca había existido en nuestro país. España aprendió de un convulso pasado plagado de pronunciamientos, golpes de estado, inestabilidad, guerras, altas tasas de analfabetismo, desigualdad extrema, y desamparo social sin paliativos.

La monarquía es la institución más valorada en las encuestas por los ciudadanos, y al tiempo, y quizás por ello la que más atacada es por el populismo interesado en desprestigiarla, y así intentar tambalear los cimientos del estado democrático. Hay muchos motivos y argumentos para defender la monarquía parlamentaria actual frente a otras formas de jefatura de estado. Pero, si nos adentramos en la evolución humana de la institución y de sus miembros, vamos a pasar un pañuelo por el cristal empañado del retrovisor patrio, y fijemos la mirada en la imagen devuelta del Rey Alfonso XII, que además de rey como sus antecesores y predecesores era un ser humano, y como tal disponía de sentimientos, de un sentir acotado por la hipocresía de aquella sociedad que amputaba la razón del corazón.

Ella tenía trece años más que el monarca, y aunque se conocieron cuando él contaba la corta edad de catorce años, no fue hasta cinco años después que coincidieron en Madrid. Elena Sanz era una reputada cantante de ópera, respetada y aclamada internacionalmente, pero no corrían por sus venas sangre azul, no disponía del pasaporte necesario para bañar juntos su amor bajo el mismo sol. A Elena le esperaban las sombras que la esconden de la vida pública de aquellos días, la condena del silencio compartido por la real pareja limita su amor a un piso en la calle Alcalá de Madrid, para el joven Alfonso ella no es una aventura más, Elena es realmente el amor de su vida, y con ella tiene dos hijos Alfonso y Fernando, el primero llegó viudo aún el Rey, y el segundo ya emparentado de conveniencia para la corona con María Cristina de Habsburgo. Elena por su parte renunció a su muy bien remunerada carrera en los mejores teatros del mundo por el oculto amor de un rey, que junto a los “nenes” y la complicidad de la Reina Isabel II, que denominaba a Elena como “Mi nuera ante Dios” y ella a la reina como “Mi suegra ante Dios”. La prematura muerte de Alfonso XII a los veintiocho años trajo consigo la venganza de la Reina María Cristina contra el verdadero amor de su marido y sus hijos bastardos. Apoyada por la Reina Isabel II, y asistida por el abogado y expresidente de la primera república Nicolás Salmerón pleiteo sus derechos. Pero entonces ningún tribunal le iba a otorgar la normalidad que hoy precisamente disfrutan los Reyes de España, no pudieron ser felices abiertamente como un matrimonio que se quiere indistintamente del origen o condición social de los cónyuges. Hoy en día que nuestro rey se casará por amor con una mujer “plebeya” y divorciada no pasa de ser una mera anécdota, y no influye en nada en las funciones de estado de la casa real. Cuando se cierra la puerta del hogar la vida en su interior es y debe estar en el ámbito de privacidad de una familia española cualquiera.

Bibliografia. “Elena y el Rey. La historia del amor prohibido entre Alfonso XII y Elena Sanz’ (ed. Plaza & Janés) de José María Zavala.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

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