Elogio del aburrimiento

 

Hace ocho o nueve años escribí un artículo dedicado a esos esforzados padres que para entretener a sus criaturas durante las vacaciones se sienten en la necesidad de convertirse en prestidigitadores chinos o, mejor aún, en directores de circo de cuatro pistas. Que si hoy invitamos a todos tus compis del colegio al parque de atracciones; que si mañana toca piragüismo en el pico de un monte (madrugón a las siete de la mañana para llegar a tiempo); el jueves vamos al zoo y el viernes de ciclocross, aunque haga un calor que se caen los pájaros fritos, y luego el fin de semana un poco de raftingpaddlingpuenting y así hasta agotar los gerundios gringos y más aún la billetera del complaciente progenitor. Aquel artículo se tituló «Dejad que los niños se aburran» y no tuvo ningún éxito. Apenas una señora mayor me paró un día por la calle para decir que estaba de acuerdo conmigo. El resto de lectores me miraban con una mezcla de pena y reprobación. «Vieja escuela» —estoy segura de que pensaban. «La Posadas debe de haber sido una madre al estilo severa gobernanta de esas que obligan a sus hijos a aburrirse como hongos durmiendo la siesta después de comer o jugando al parchís por todo divertimento». Y tenían razón, lo fui. Cuando mis hijas eran pequeñas procuré que tuvieran por un lado disciplina y por otro que se buscaran su propio entretenimiento. Lo de la siesta, por ejemplo, se lo copié a mi padre. Es verdad que, con nueve o diez años, yo también consideraba un opio que me obligaran a estar sola en mi habitación hora y media sin más compañía que un libro. Pero fue así como conocí a Alejandro Dumas y a Verne, a Enid Blyton y a Agatha Christie. Tal vez por eso, o porque muchas veces me escapaba de la siesta para copiar las aventuras de los personajes que leía pasándomelo en grande, era —y sigo siendo— gran partidaria del aburrimiento y lo considero muy creativo. Cuando escribí aquel artículo estaba en franca minoría; la tendencia en educación infantil iba más por la senda de los «padres helicóptero», es decir, progenitores que sobrevuelan permanentemente la vida de sus hijos. No solo para pilotar sus estudios y actividades extraescolares –chino por aquí, solfeo por allá, taichi, ajedrez, ballet, logopeda—… sino también su ocio. Porque ¿cómo va a estar la criatura sin hacer nada? Aburrimiento, terrible palabra, la madre de todos los vicios; mucho mejor hacer varias cosas a la vez, como esos niños que se sientan a comer con unos cascos en las orejas, pegados a la tablet mientras ven la tele y sorben la sopa (así, de paso, no dan la lata, que no puede uno ejercer de prestidigitador chino todo el tiempo, qué caramba). Y, sin embargo, cuando esta conducta parecía ya la norma, sucede que, de pronto, la carta de un profesor de Algeciras preguntándose si estaremos haciéndoles un favor a los niños con este permanente baile de san Vito va y se hace viral. Tal vez porque dice lo que hace tiempo muchos pensaban y no se atrevían a expresar por miedo a quedar como unos padres carcas o castradores: que no pasa nada si uno no tutela cada uno de sus movimientos, que no se es mejor padre por llenar a un niño de artilugios carísimos con los que juega un ratito y luego quiere jugar con otro y otro porque con todos se aburre. Que con frecuencia el objeto más simple, un palo, una cuerda o un balón, entretiene más que cualquier sofisticado artefacto que cuesta un pastizal y queda arrinconado al poco rato. Sonroja un poco tener que mencionar semejantes obviedades, pero con esta vida centrifugada en la que estamos embarcados se nos olvida lo que todos sabemos desde siempre. Que no existe objeto de diversión —y de inventiva― más potente que la imaginación. Y que esta no solo es inagotable, inabarcable y además gratis, sino que nada la estimula tanto como aburrirse un poco. Fue así, pensando en las musarañas o, lo que es lo mismo, viendo cocer un caldero, que Watt pensó en una máquina de vapor y Newton, sesteando bajo un árbol, en la ley de la gravedad. Cuentan que una manzana le cayó justo en la cabeza sacándolo de su ensimismamiento. No sé si es verdad o cayó un poco más lejos. Pero lo que sí sabemos es que en ese momento, y muy aburridamente, empezó a hacerse preguntas.

Carmen Posadas

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