Entre frutas

ENTRE FRUTAS

Entre frutas

-¿ Al mercado ? ¿ A estas horas?

   Miré a la anfitriona que al abrirme la puerta me estaba entregando una lista y un billete de 50 €.

   – Sí, guapa, es un mercado nocturno que han abierto aquí al lado. Cierran a las 12 de la noche. Oye, me ha fallado un compañero de la oficina, el mismo que iba a traer la fruta para el postre. Si hay un frutero guapo, tráetelo también.

   En el mercado – iluminado por bombillas y guirnaldas – había unos cuantos puestos con frutas brillantes, multicolor, verduras frescas y mojadas de cuyas hojas goteaba agua; había manzanas como la fruta envenenada de Blancanieves, cerezas rojas como los labios de una princesa y sonrosados melocotones de terciopelo que hacían pensar en las mejillas de una geisha.

   -¿Qué quieres? – preguntó una voz de hombre.

   Unas finas manos morenas se habían interpuesto entre los limones que desde su caja lanzaban rayos de sol y mi campo de visión.

   -Dos mangos, un melón galia…

   Su dedo índice me decía que no, que no comprara los mangos ni los melones que había a derecha e izquierda de los limones.

   -Mejor unas peras, son grandes y hermosas, -dijo sin mirar a las peras de verdad que por cierto también eran redondas y de buen tamaño, sin macas ni manchas.

   -Vale, luego quiero plátanos, unos cuatro.

Otra vez meneaba las manos con un gesto despectivo.

-Mejor bananas, son más grandes y hermosas…

   Me encogí de hombros y le miré a la cara descubriendo un fino perfil de azabache marcado por la tristeza, una boca sensual que apenas sonreía, poco pelo y menos barba.

   Así me hizo comprar la mejor fruta, esa que él consideraba “grande y hermosa”,  llenando dos bolsas de las que sobresalían espárragos y zanahorias, y también algún pepino. Metimos ciruelas y dátiles, y unas uvas de las de antes, grandes y hermosas, y con pepitas.

   Pagué y me trajo la vuelta. Luego cogió las bolsas y levantó las cejas.

-¿A dónde? Pesa mucho para ti; yo lo llevo.

   Anduve delante de él, sintiendo su mirada como un roce físico mientras una risa loca me subía por la garganta. Llegamos a la casa de mi amiga que nos abrió y primero miró desconcertada. Luego se sonrió y nos hizo pasar.

   El frutero pidió una cesta plana que ella sacó del trasterillo, y yo lavaba las piezas mientras él montaba un collage de fruta algo subido de tono.

   No sé qué cenamos, pero nunca olvidaré el sabor de la fruta, ni sus manos al desvestirla de sus cáscaras y pieles. Nos fuimos juntos y desde entonces nos hemos vuelto a encontrar infinidad de veces.

Dorotea Fulde Benke

Blog de la autora

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