«Es ojo porque te ve». Por Ana M.ª Tomás

Es ojo porque te ve

 

A raíz del artículo que escribí la semana pasada titulado «Retratos», un amable lector me hizo llegar la reflexión de que, curiosamente, pocas veces coincide la visión que otros tienen de nosotros con la que tenemos de nosotros mismos. Y tan es así que no me resisto a compartir con ustedes unas interesantes pinceladas.

Con toda seguridad, sin entrar –de momento– en el plano mental, más de una vez se habrán comparado con alguna amiga, un compañero de instituto, una antigua vecina de la niñez… Al menos yo suelo hacerlo con relativa frecuencia y con un resultado poco favorecedor para ellos. «¡Qué estropeada está la pobre!», me digo. (Comparada conmigo, claro). Es como cuando me preguntan que cómo está mi marido. Comparándolo con quién, pregunto. No es lo mismo –a ver– hacerlo con George Clooney que con Chiquito de la Calzada. Y es que cuando nos miramos en el espejo, o cuando miramos el mundo, en realidad, quien está mirando es la joven que, en su interior, detuvo su decadencia negándose a seguir sumando años más allá de los  taitantos. Y no importa que nuestro cuerpo nos desobedezca siguiendo una absurda ley de gravedad (por mucho que fuera el gran Newton quien se descolgara con ella) porque a través de esas pupilas que miran se sigue seleccionando aquello que se hubiera hecho hace años.

Fíjense: siempre me parecieron ridículos los viejos verdes. Esa especie de ligones patéticos que intentan «seducir» a mujeres con bastantes menos calendarios que ellos haciendo imbecilidades o a golpe de tarjeta de crédito. Sin embargo, a medida que cumplo años, mi opinión sobre ellos cambia hasta llegar a sentir una especie de ternura, de comprensión. Es la propia vida, el incansable instinto de supervivencia, la incapacidad de aceptar nuestro imparable crepúsculo, quien puede conducir hasta lo risible o lo grotesco, pero solo para el mundo, para aquellos que todavía no han envejecido y no saben lo doloroso que puede llegar a ser, para quienes aún no han caminado con nuestros zapatos y no podrían entenderlo ni en mil años… En tanto que para esos ecológicos ancianitos el sentir de los demás les importa un bledo, porque, en primer lugar, no son conscientes de todos esos movimientos de álgebra en el tablero de la vida. Tan solo son conscientes de que cada día quedan menos oportunidades de ligar, de darse una buena comilona, de sentirse vivos por ellos mismos al margen de nietos porculeros o hijos controladores… Y si para eso han de engañarse estimando que son ellos y no sus visas quienes obran el milagro…, ¿qué importancia puede tener la cosa? La verdad es que mi lector tenía mucha razón, qué diferente es, tantas veces, cómo nos vemos nosotros a cómo nos ven los demás. Y, si dejamos por un momento el aspecto físico para centrarnos, aunque sea de pasada, en las cosas del alma… ya p’aqué, p’aqué… Admiro –y me repelen a partes iguales, respectivamente– a los grandes hombres y los golfos inútiles. Situamos, por un lado, a las personas humildes que en silencio construyen, día a día, una sociedad mejor, un mundo más próspero, más justo, que con su trabajo dan ejemplo de superación y que, cuando les reconocen «extraña y escasamente» sus méritos, aducen que no es para tanto, que se limitan a cumplir con su deber. Mientras que otros –carretas vacías que solo saben hacer ruido y pavonearse ante los demás como si fueran los salvadores del mundo– consumen la vida venerando su ombligo y considerándose los escogidos del mundo mundial. Y no crean que eso de creerse los reyes del mambo lo determina algún tipo de profesión o escalafón social, no señor, dicho molde de mindundi se extiende desde presidentes de grandes empresas a barrenderos. Y, en ambos casos, poco importa el retrato que los demás les hagan, poco la visión que el ojo ajeno capte de lo que emanan. El humilde seguirá a lo suyo sin darle importancia a su labor en tanto que el ególatra idiota continuará mirando al mundo por debajo del hombro.

 

Decía Machado –don Antonio– en uno de sus poemas:

«El ojo que ves no es

                                                ojo porque tú lo veas;

                                             es ojo porque te ve»

Aunque todos sepamos que «lo esencial es invisible a los ojos del rostro y que solo puede verse con los ojos del corazón».

Ana M.ª Tomás

Artículo aparecido en La Verdad

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