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Factura ya, por favor

 

     Hace unos días tuve la posibilidad de indignarme con la imagen de una pobre mujer con una fina bata hospitalaria, descalza, “desorientada, llorando y sola en mitad de noche y de la calle, a un grado bajo cero” que había sido expulsada sin contemplaciones de un hospital de Baltimore (EEUU) por no poder hacer frente al pago de su asistencia medica y, claro está, por no tener trabajo y por tanto un seguro médico que la cubriera.

   Por si hay alguien que todavía no lo sabe, les diré que el país que alberga el llamado “sueño americano” capaz de lograr aquello que los más impensables sueños sean capaces de imaginar, no es capaz de dar una respuesta humanitaria a quienes estén sin blanca ante una enfermedad. “Supuestamente”, está prohibido echar a los enfermos, sin más, pero desgraciadamente es una práctica habitual hacerlo. Si tienen interés en esto pueden buscar la noticia en Internet y alucinar con la imagen de la pobre mujer expulsada del hospital como si fuera basura.

   Hemos visto alguna película que trata de manera descarnada el tema y el drama que puede representar para unos padres no poder hacer frente económicamente a una operación vital para algún hijo, “John Q”, por ejemplo. Pero la cosa tiene …jones porque incluso en unas circunstancias tan traumáticas como una brutal violación es necesario aflojar la guita. Así que, cuando yo veo los hospitales nuestros con las urgencias a tope, con horas de espera para ser atendidos, los pasillos colapsados de camas, en lugar de poner el grito en el cielo por la falta de “medidas” -que ahora más tarde entraré en la cosa- a mí solo me entran ganas de dar gracias al cielo y a nuestro bendito Sistema Sanitario, por mucho que necesite de más dinero o de más espacio, o de más bolas de adivinación para profetizar cuántos van a coger la gripe este año, cuantos accidentes van a producirse, o a cuantos les da va a dar por sufrir un infarto a falta de alguna otra pupa más llamativa.

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    A ver, que por supuesto estoy de acuerdo en que faltan recursos, en que es necesario que los presupuestos sean a medida de tanta demanda, y en que muchas partidas destinadas a causas bastante… “innecesarias” deberían encauzarse hacia lo realmente urgente e inexcusable. Puede que a la Sanidad le ocurra lo mismo que, según amigo mío ocurre conmigo y con mis ganas de ayudar a los demás: dice él que si yo circulo por carretera con un vehículo algo cascado y veo a alguien tirado en mitad del camino por una avería… puedo recogerlo a él y a su equipaje,  pero si la cosa se repite unas cuantas veces más, llegará un momento en que ni yo ni mi coche, no solo no podremos ayudar a nadie, sino que terminaremos necesitando ayuda de otros. Quiero decir con esto que el colapso sanitario es sumamente comprensible puesto que todo “averiado” encuentra ayuda en él. Obviamente, todo es mejorable, no sólo lo económico sino la posibilidad de que el destino de los mejores facultativos pueda ser, por igual, un hospital provincial o uno comarcal. Cosa que evitaría chistecitos (que yo no comparto, quede claro, que luego se me “revolusssiiiona” el personal) del calibre: “A los hospitales comarcales les llaman “La Maestranza”, porque entras a pie y sales a hombros”, aunque, chistes al margen, en todos sitios cuecen habas: un reciente estudio publicado en la British Medical Journal, reveló que los errores médicos en los hospitales se han convertido en la tercera causa de muerte de Estados Unidos. La medicina no es una ciencia exacta, pero vaya tela.

    El Ayuntamiento de Palma ha tenido la brillante idea de atajar el vandalismo que se ejerce sobre el mobiliario urbano colocando el precio que todos pagamos sobre los diferentes objetos, un banco: trescientos euros;  una farola: setecientos; una papelera: setenta; un árbol: doscientos cincuenta… etc. Intentan con esa medida concienciar a los vándalos del coste de su fechoría. No sé si lograrán su objetivo o harán que esos desalmados disfruten más conociendo el alcance de su destrozo, pero estoy segura de que sí van a conseguir cabrear mucho más a los conciudadanos que reprobaran de manera más enérgica esas actitudes.

     Y de igual manera, utilizando el móvil o el correo electrónico, si se quiere evitar papel, se debería enviar a cada enfermo que pasamos por un hospital o un centro de salud la factura que ocasionamos. Probablemente, cuando tuviéramos en nuestras manos las cantidades desorbitadas que nos hemos librado de pagar, tal vez, cambiaríamos el sentimiento de crítica, y de queja por haber estado horas en los pasillos o meses en lista de espera, por uno de gratitud, de inmensa gratitud y de valoración por la suerte que tenemos.

Ana Mª Tomás

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