Fernando Pessoa, 30 de noviembre de 2017: 82 años sin el Portugués que caminaba sin pisar el suelo. Por Ángel Silvelo

Fernando Pessoa

Los dioses desterrados
y hermanos de Saturno,
a veces, al ocaso
acechan nuestras vidas…»
Extracto del poema, Los dioses desterrados, del heterónimo de Pessoa, Ricardo Reis.

 

Los dioses desterrados de nuestras vidas ocupan los espacios marcados por los restos de la arqueología de nuestra memoria, y se distraen visitando la gran bóveda de la ensoñación de las causas perdidas. Causas perdidas que, en nuestro interior, buscan todavía la poesía del viaje, como si esa metáfora que circunda nuestra imaginación fuese la puerta abierta por la que alejarnos de la interminable noche en la que vivimos. Noche eterna donde sólo escuchamos el ronroneo de los gatos en la oscuridad, y donde vivimos entre sombras y recuerdos. Entre sombras y recuerdos, porque nuestra memoria no abarca ya el tiempo que estuvimos luchando con todas nuestras fuerzas contra ese espacio infinito que, al igual que si fuera un desierto, nos dejó huérfanos de voluntad pero no de anhelos, aunque de alguna forma, lo único que deseamos es que la luz vuelva a nuestros sentidos, del mismo modo que buscamos que los dioses perdidos se transformen en dioses desterrados que, en vez de abandonarnos, caminen en paz por nuestro interior como esos hijos a los que nunca vimos nacer y, que además, se comporten como las sombras de nuestros sueños. Sin embargo, esos dioses perdidos y desterrados, lejos de depositarnos en las encrucijadas del silencio, componen una sinfonía de ecos que rebotan una y otra vez en los límites de nuestras entrañas hasta que se volatilizan en el instante en el que queremos hacerlos de carne y hueso.

Fernando Pessoa

Dioses de la nada, de un olimpo irreal y desbaratado, de un olimpo sin pena ni gloria en el que ya no nos resulta tan difícil comprender que, si no fueron hechos carne, al menos sí se quedaron en ese íntimo y particular olimpo que a nadie más que a nosotros nos pertenece, pues se comportan como un espacio donde las deidades no son tales sino meras recreaciones de nuestros más íntimos deseos. De ahí que, ese jardín de monstruos propios, sea directamente proporcional a nuestra imaginación, pues se ha transformado en una vasta y majestuosa capacidad intelectual y sensorial que nos ha llevado a crear infinidad de dioses desterrados en las tierras vírgenes de nuestra mente.

 

Dioses, mares, hombre y tierra; una secuencia mágica con la que darle cuerpo a un sueño: el de los dioses desterrados…, y no encontrados.

Ángel Silvelo Gabriel

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