grandes hombres

Grandes hombres

 

En la ya pequeña habitación del hospital, dividida, además, por el leve muro de una escueta cortina blanca que la separa en dos mitades para repartirla entre dos enfermos, en una de sus partes un hombre agonizaba. Junto a él, apiñados, contraviniendo cualquier orden de lógica, higiene o aforo, decenas de manos de hijas, nietos y yernos disputaban turnos para aferrarse a las doloridas manos llenas de vías de sueros, besarle las descoloridas mejillas, acariciarle el ralo pelo, pasarle una gasa mojada por los labios, otra con un poco de suero fisiológico por los ojos, limpiarle el frío sudor de la frente y susurrarle abonico pero con toda el alma el amor sentido por él. Unos y otros se pisaban la voz recordando su tremenda generosidad con ellos, con los vecinos, con los desconocidos. Comentaban su exquisita educación y consideración al pedir perdón a las enfermeras por molestarlas con su dolor, al darles las gracias por sus “torturas”. Jamás una palabra altisonante, un mal gesto con nadie. Encontrando siempre una palabra de disculpa para los errores o las malas acciones de los demás. Siempre entregado a propios y ajenos, con una capacidad de servicio infinita. Ilusionado eternamente por las cosas más nimias que le hacían parecer un eterno niño: «Mira qué nido en aquel árbol» o «Fíjate en los colores tan bonicos de esos peces». Era el yayo por antonomasia, abuelo no solo de sus nietos, sino de los amigos de todos sus nietos y de todos los vecinos a quienes les tenía ganado el corazón. Era el padre más cariñoso y generoso del mundo, siempre dispuesto a quitar trabajo a sus hijas, a llevarlas o traerlas en su coche para que ellas no anduvieran buscado aparcamiento. «Yo voy… yo recojo… yo llevo», colgaban de continuo de su boca. Cuidando invariablemente de todos y evitando molestar aun a costa de sí mismo, aguantando –¡ya es aguantar!– durante horas un dolor de infarto por no importunar en mitad de la noche. Y si como padre era el mejor, como persona se salía. No se le conoce un enemigo o alguien que, a pesar de su avanzada edad, no lamente su valiosa pérdida.

Y así, entre tanto amor, tanta caricia, tanto beso, aunque eso no pudiera evitarle sufrimiento, se marchó mi padre, como lo hacen los grandes hombres; los hombres buenos, desconocidos, los que no tendrán monumentos, ni calles a su nombre, salvo en los corazones de los suyos; los que no han realizado una única gran hazaña porque sus vidas se han resumido en realizarlas a pequeña escala cada día de manera anónima. Los hombres grandes que cambian el mundo porque a su paso no dejan tras de sí solo una estela de bondad, sino personas con valores que puedan mejorar el mundo y hacerlo cada vez más habitable. Esos son también y por derecho Grandes Hombres. Y aunque jamás los recojan los libros de historia, sí lo hará el libro de la Vida.

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Puede parecer que todo sigue igual pero no es verdad. Las parras que plantó esperarán en vano su mano salvadora en tiempo de poda, y el agua que le demos a beber ya no irá acompañada de la caricia de sus dedos. Y su caja de herramientas –capaces ellas, junto a sus hábiles manos, de arreglar hasta el más complicado de los desperfectos– extrañará su mirada escrutadora eligiendo con cuidado cuál de ellas sería la idónea para el estrago. Y su sillón nos expulsará de su halda porque conserva memorizados el molde exacto de su encorvada espalda y la huella perfecta de sus brazos y piernas. Y se negará a aceptar otra presencia, pues nadie en el mundo podría sustituirlo en nada, ni siquiera en un sillón.

Y mi madre, acostada en el hueco de la cama que dejó su bien amado, abrazada a la almohada de su compañero de siempre seguirá musitando las mismas palabras que durante tantos años le posó en el oído. Esas expresadas por los mejores boleros del mundo, sin más música que la de la percusión de su alma: «Toda una vida te estaría cuidando, te estaría mimando… porque nuestro amor es tan grande, tan grande, que nunca termina. Y esta vida es tan corta y no basta para nuestro amor…».

Mientras que a nosotras, sus hijas, a quienes no nos quedó un «tequiero» o un «gracias» que decirle, sí nos queda el inmenso desconsuelo de sabernos huérfanas de padre, el único hombre que nos ha amado siempre y que jamás nos traicionaría por nada del mundo. Pero nos queda, también, la enorme riqueza y el orgullo de sabernos hijas de un buen padre y de un gran hombre.

 

Ana Mª Tomás

Blog de la autora

 

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