Joan Margarit, Un asombroso invierno. Por Arturo Tendero

JOAN MARGARIT

Un asombroso invierno
Visor, Madrid, 2017. 102 pág, 18€

 

«Nunca, sin el dolor, / podríamos haber amado así». Joan Margarit (Sanahuja, 1938) es elocuente reflexionando sobre poesía. No en vano ha sido profesor universitario de Cálculo de Estructuras y habrá tenido que afinar mucho.

Suya es la afirmación de que la poesía debe jugar al borde del patetismo, arriesgando con caerse, porque solo en ese filo puede encontrar la emoción. También dice, en el epílogo de Un asombroso invierno, que «un buen poema es tan difícil de hacer y es tan poco probable llegar a escribirlo, que (…) se construye más como se puede que como se quiere». Llevó la primera afirmación tan lejos como pudo en su libro Joana, sobre su hija fallecida, arriesgando sin poder evitarlo. Por cierto que hay un fleco de Joana en este libro, el titulado «Fotografía de una niña». Pero Un asombroso invierno es un balance vital, el de un poeta catalán que se crió en el castellano en Tenerife y que no ha querido renunciar a ninguna de las dos lenguas, por lo que publica sus poemas simultáneamente en ambas. En el corazón del libro hay una pieza titulada «La vida», el epitafio de un marinero que recuerda una ciudad «en la que por la noche / al levantar los ojos desde el puerto, / el cielo parecía una bandera / gigante y estrellada». Alguien malicioso (o bondadoso) puede leer ese poema en la clave de los últimos meses, donde las banderas catalana y monárquica han batallado sin fuste en los telediarios. Como buen arquitecto, Margarit sujeta sus poemas en estructuras físicas, como la carretera costera que frecuentó la familia o la tramontana que ahora escucha confiado, «hoy que no quedan ya ni veleros ni barcas». Pasa factura a un siglo de Oro, que estaba secuestrado por el poder cuando lo estudió, rinde homenaje a un amigo madrileño y a poetas de las dos lenguas, y se duele con elegancia: «De cada edad se guarda alguna cosa / que no se ha comprendido», «pero una herida es también un lugar donde vivir». Hay poemas, como «Termópilas», que resumen un modo de ver el mundo. A mí me emociona más, por lo general, la versión catalana, pero quizá sea un defecto mío de lector.«Nunca, sin el dolor, / podríamos haber amado así». Joan Margarit (Sanahuja, 1938) es elocuente reflexionando sobre poesía. No en vano ha sido profesor universitario de Cálculo de Estructuras y habrá tenido que afinar mucho.

Suya es la afirmación de que la poesía debe jugar al borde del patetismo, arriesgando con caerse, porque solo en ese filo puede encontrar la emoción. También dice, en el epílogo de Un asombroso invierno, que «un buen poema es tan difícil de hacer y es tan poco probable llegar a escribirlo, que (…) se construye más como se puede que como se quiere». Llevó la primera afirmación tan lejos como pudo en su libro Joana, sobre su hija fallecida, arriesgando sin poder evitarlo. Por cierto que hay un fleco de Joana en este libro, el titulado «Fotografía de una niña». Pero Un asombroso invierno es un balance vital, el de un poeta catalán que se crió en el castellano en Tenerife y que no ha querido renunciar a ninguna de las dos lenguas, por lo que publica sus poemas simultáneamente en ambas. En el corazón del libro hay una pieza titulada «La vida», el epitafio de un marinero que recuerda una ciudad «en la que por la noche / al levantar los ojos desde el puerto, / el cielo parecía una bandera / gigante y estrellada». Alguien malicioso (o bondadoso) puede leer ese poema en la clave de los últimos meses, donde las banderas catalana y monárquica han batallado sin fuste en los telediarios. Como buen arquitecto, Margarit sujeta sus poemas en estructuras físicas, como la carretera costera que frecuentó la familia o la tramontana que ahora escucha confiado, «hoy que no quedan ya ni veleros ni barcas». Pasa factura a un siglo de Oro, que estaba secuestrado por el poder cuando lo estudió, rinde homenaje a un amigo madrileño y a poetas de las dos lenguas, y se duele con elegancia: «De cada edad se guarda alguna cosa / que no se ha comprendido», «pero una herida es también un lugar donde vivir». Hay poemas, como «Termópilas», que resumen un modo de ver el mundo. A mí me emociona más, por lo general, la versión catalana, pero quizá sea un defecto mío de lector.

Arturo Tendero

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