La boda

Ojeando perfiles de chicas en badoo me encontré con una moza bastante guapa que pedía novio formal para lucirlo en casa. Me hizo gracia la propuesta, así que le entré, afirmando que era el novio que cualquier madre querría para su hija.
Me contestó y enseguida entablamos conversación. Tenía buenas vibraciones con ésta, aunque, a decir verdad, las tengo con todas. Se ve que las faldas me nublan las ideas y sólo me aparecen pensamientos positivos.
Total, que quedamos un día a tomar una cerveza. En el cuerpo a cuerpo últimamente me defiendo muy bien, por lo que creo que, si nos vemos, no podrá resistirse a mis encantos.
La verdad es que en tres dimensiones ganaba mucho con respecto a las fotos que tenía en internet. Empezamos a charlar y me contó que le gustaba su soltería, pero que a su madre se le había metido en la cabeza que una chica de su edad debía tener pareja.
Y me propuso que me hiciera pasar por su novio de cara a su familia. Yo en realidad quería disfrutar del derecho al roce. Si algunos amigos podían tener ese derecho, con razón de más un novio.
La chica se rio de mi ocurrencia, lo cual era bueno. Una mujer que ríe es una moza medio conquistada. Entonces me propuso algo inaudito, insensato. En definitiva, un reto a los que estaba acostumbrado. Me pidió que la acompañara el fin de semana a Zaragoza, a la boda de su hermana, y que me hiciera pasar por su novio oficial.
—Pero dormiremos juntos, ¿no? No hay que dejar cabos sueltos en estos planes descabellados.
—Lo intentaremos, no te preocupes, que sabré compensar tu esfuerzo.
Pues nada, nos despedimos hasta el sábado por la mañana, cuando la recogería y marcharíamos para la única capital española que tiene todas sus sílabas acentuadas, Zá-rá-gó-zá.
Y así fue. El sábado iniciamos viaje. Pero antes de salir me presentó a su hermano, que nos acompañaría en el coche. Eso me limitaba la posibilidad de meterle mano por el camino. Pero bueno, pasaría el día y llegaría la noche, nuestra noche.La boda (Txominadas). Por Domingo Plumaroja
Llegamos antes de la ceremonia y la chavala se dedicó a presentarme a toda su familia. Al padre le dije lo típico de que no perdía una hija sino que ganaba un hijo. Si es que no hay nada como tener don de gentes para caer bien.
Cuando le dije al novio aquello de que los mejores polvos de soltero, las mejores pajas de casado, estando mi futuro suegro ficticio delante, fue cuando mi novia putativa me susurró al oído que estaba mejor callado.
La boda transcurrió sin incidentes reseñables salvo por las típicas borracheras de alguna señora mayor, de esas que cogen el micrófono de la orquesta y se dedican a repartir paz y amor a todos los presentes con voz enjuagada en anisete de garrafón.
Y por fin llegó la noche. Los padres de mi novia se retiraron pronto y nos dejaron a la juventud a disfrutar de la fiesta. Y doy fe de que ella se lo pasó muy bien, evocando viejos tiempos con antiguos novios, recuerdos aderezados con algún que otro muerdo.

A eso de las tres de la mañana decidí que era una hora interesante para irnos a casa. Me puse a buscarla por la discoteca y no aparecía, hasta que la vi salir del baño a la vez que uno de sus exnovios. Mal rollito. Todos me miraban como si fuera el novio cornudo de la chavala, y encima no había catado carne aún.
Me costó un huevo y parte del otro convencerla, pero nos fuimos hacia el coche, seguidos de su hermano, que se había pasado la fiesta tomando cervezas y fumando petas en la terraza de la discoteca.
Y claro, ejerciendo de cuñado, se lio un último porro en mi coche, porro que le fue a pasar a mi novia de pacotilla justo cuando nos daba el alto en un control de alcoholemia la Policía municipal.
Como no podía ser de otra manera, se le cayó el porro en el asiento, haciéndole un hermoso agujero a la tapicería. Y la Policía, al abrir la ventanilla, no pudo por más que pedir un análisis de drogas, a pesar de que juré y perjuré que el olor que salía era del ambientador del coche.
A eso de las cinco de la mañana nos dejaron ir. Llegamos a casa pero ésta estaba de bajón. Pero yo estaba con ganas de cobrar mi parte del trato. Lo que no sabía es que dormíamos en casa de sus padres, y fue precisamente mi futuro suegro el que salió a recibirnos.
Se decidió que mi chica durmiera en la habitación de la abuela y yo en el sofá con el hermano. Se estaba complicando el sexo por esa noche, pero nada es imposible para un avezado conquistador como yo, así que tracé un plan infalible.
Dejaría que el hermano, cargado de porros y cerveza, se durmiera y yo me colaría en la habitación de la chica, para hacerle el amor sin activar el sonotone de la abuela.
Pero el plan falló en el momento en el que al conseguir salir de la sala me topé a oscuras con un cuerpo que cayó al suelo sobre la moqueta del pasillo. Después del incidente decidí retirarme a mis posiciones iniciales y esperar una oportunidad más favorable.
Y al día siguiente apareció la abuela tirada en el suelo. Al parecer se levantaba las noches que no podía dormir a rezar el rosario paseando por el pasillo. La tesis que propuse, y que fue aceptada, es que tropezó y cayó al suelo.
Pero, en la comida, mi idilio se acabó de torcer. El hermano cantó durante el postre los nombres y apellidos de todos y cada uno de los exnovios de mi chica con los que se había enrollado la noche anterior. Con esa confesión no pude por menos que indignarme y amenazar con marcharme, con la esperanza de que una bronca familiar obligara a la moza a consumar el matrimonio.
La verdad, no sé por qué se me pasan por la cabeza esas ideas. El padre se puso de parte de su hija y me echó de casa con la excusa de que no la daba el amor suficiente como para que se quedara conmigo.
Y lo peor de todo. Cuando me disponía a marcharme, el hermano saltó:
—Oye, tío, no se te ocurrirá dejarme colgado aquí, me llevarás a Bilbao, ¿no?
Hala, con dos cojones. Pues tuve que coger y llevarme al hermano. Y, para más coña, aprovechando el viaje, ella se coló en el asiento trasero, donde se tumbó a dormir todo el trayecto de vuelta.
Al llegar, dejamos a su hermano en casa y cuando ella se bajaba le dije:
—Me debes la consumación del matrimonio.
—Lo siento, majo, mi familia no te ha aceptado.

Encima de cornudo, apaleao.

Domingo Plumaroja

Capítulo extraído de la novela 50 sombras de Txomin

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