La reinvención del teatro español. Por Luis Javier Fernández

La mayor parte de las veces, en Canal Literatura solemos hablar de la narrativa; hoy, sin embargo, haremos una mención al teatro español. Y es que la literatura hispana ha cosechado inmensas obras de talante y también la diversidad de géneros: poético, gracias a los iconos del Siglo de Oro, cuyas formas métricas innovaron el verso (silva, décima, letrilla lírica, quintilla, el romance y la elegía); la novela moderna primicia de El Quijote, incluido el género picaresco y bizantino cultivado también por Cervantes, y, quizá la mayor metamorfosis que ha dado un vuelco o, mejor, una reinvención en todos los sentidos: el teatro.
La reinvención del teatro español

 

 

Félix Lope de Vega

Durante mucho tiempo han sido las compañías de teatro –sobre todo en los siglos XV, XVI y XVII– las que representaban, con el mester de juglaría, las representaciones clásicas de Carino, Plauto y Arestófanes; aunque más bien sus menesteres se orientaban a recitar la poesía (épica o lírica) para el solaz de reyes, nobles o aristócratas. En especial, eran las farándulas las que, de pueblo en pueblo y con rudimentaria escenografía, interpretaban las escenas concebidas en formato de espectáculo. Cuando se constata la creación de los corrales de comedia, siglo XVI y XVII, el teatro, por tanto, deja de percibirse como un pasatiempo nómada por enfrascarse como un oficio (diseño de vestuarios, diseño escenográfico, actores y comediógrafos). Gracias a dos autores de distinto tiempo –o, al menos los más destacados cuyos éxitos han transcendido sobremanera el mundo de la interpretación– como Félix Lope de Vega y Antonio Gala, el teatro español se ha reinventado, puede decirse que se ha adaptado a la novedad social y literaria, se ha tornado como un arte demandado socialmente. Eso fue por lo menos en otros tiempos.

Bien es conocido Lope de Vega como el creador de la comedia nueva, el precursor de una nueva variante teatral, apartándose del esquema aristotélico (espacio-tiempo) al esquematizar una obra en actos y escenas; pero, su gran novedad es que supo adoptar el argumento al público, combinando elementos más ignotos para la sociedad de su época (sátira, lo burlesco y existencial) que engloban la caracterización de sus personajes. Respecto a su vida, pues, habría que destacar, desde temprana edad, un precoz desarrollo: con tan sólo 10 años ya era capaz de traducir textos latinos al castellano encauzándose en una formación intelectual que, a tan pronta edad, ya tenía un sólido contacto con los clásicos. Fue en 1577 cuando reprodujo su primera obra y el éxito no tardaría en sumarle gran popularidad; a la vista de ello, diversos gerentes de compañías teatrales se interesaron por su trabajo, recibiendo por parte de muchos de ellos subvenciones con el fin de permutar sus guiones. Tales son sus ínclitas obras La Arcadia; La Dragontea; El Isidoro; Los cautivos de Argel; Fuente Ovejuna; El caballero de Olmedo; que el mundo del teatro concibe como fundamentales para la formación de comediantes y el estudio de los guiones. A la manera predilecta, el público sentía afinidad por las comediografías de Lope de Vega por su estilismo y sus dosis de humor, el plano que adoptan los mensajes y el fino tratamiento de los diálogos; algo disruptivo para el modus vivendi de la sociedad de la época fuertemente imbuida por el catolicismo y con escasas “fuentes de entretenimiento”. Que una familia asistiera a ver una representación de Lope de Vega, suponía el gozo de nuevas certidumbres y una distracción inaudita, un efecto casi hechizante donde la obra en cuestión conformaba una canal de aprendizaje incluso. La mayor parte de sus guiones eran encargos de mecenas o de cortesanos sin que, a lo largo de su vida, el éxito se zafara de él.

Antonio Gala

Como hemos dicho unas líneas más arriba, otro autor que ha ofrecido grandes obras a nuestras letras hispanas, es don Antonio Gala: un hombre que igualmente revolucionó el teatro español. Además, ha cultivado todos los géneros, de modo especial, la poesía. Todo un artesano del lenguaje, cultísimo y elegante, Antonio Gala no podría clasificarse en ninguna generación literaria; es un hombre inconfundible y lúcido con creces. Con el teatro ha obtenido sus mayores éxitos y probablemente haya demudado el teatro contemporáneo español. Estrenó su primera obra Los verdades campos del Edén en 1963, obteniendo el Premio Nacional Calderón de la Barca. Los buenos días perdidos (1972) lo consagró con en el Premio Nacional de Literatura; Anillos para una dama (1973); Las cítaras colgadas de los árboles (1974); ¿Por qué corres, Ulises? (1975); Petra regalada (1980) y diversas obras más lo afamaron como a ningún otro autor contemporáneo. Los verdes campos del Edén ha llegado a alcanzar las mil representaciones en los teatros de toda España, popularizando de igual modo a consagrados actores y a actrices, entre ellas, Concha Velasco. Su gestación más novedosa ha sido probablemente los elementos escenográficos y la belleza prosaica de los guiones. Hasta la fecha del estreno, en la década de los sesenta, ningún dramaturgo había empleado una escenografía inusual como un cementerio, penumbra ambiental, lirismo y humor, crítica y plasmación social. Aunque si bien es cierto, sus obras teatrales han estado impregnadas de censura, entretanto que, durante mucho tiempo, la Junta de Censura ha vetado parte de los diálogos de los personajes, fragmentos, escenas –parcial o totalmente– omitidas ante el público; teniendo en cuenta que su comediografía se estrenó antes de la Transición y, por ende, algunos temas que conformarían la cultura popular tiempo más tarde estaban considerados un tabú, una provocación hacia la sociedad española de la última mitad del siglo XX. Por eso mismo, Antonio Gala ha sido uno de los literatos que más haya sufrido la censura. Sus guiones han sabido reflejar las pretensiones humanas y la denigración de la condición humana. No se podría entender, ciertamente, el teatro español sin las obras de ambos autores; pertenecientes a tiempos muy distintos han sabido conectar el teatro con la sociedad más allá de la transmisión de conocimientos o de la indentificación individual.

Merece la pena destacar que, cada vez más, el teatro español está sometido a estragos y rémoras continua. Porque, ¿cómo respalda la sociedad de nuestros días el teatro? ¿Cómo se protege la manutención de las compañías? O en todo caso, ¿se incentiva la difusión de nuevas obras y asociaciones de actores de teatro? Claramente, no, sino todo lo contrario: lastrando aquél. Olvidando muchas veces que el talento español ha ofrecido extraordinarias aportaciones al mundo. Quizá aquellas farándulas que en antaño eran o servían de atracción social, hoy no conseguirían sobrevivir, o al menos muy pocas. Por suerte, la sociedad española puede presumir de legado teatral. Aunque ésta prefiere quedarse embobada frente al televisor o ante la pantalla de cualquier aparato tecnológico.

Y por la cuenta que nos trae así nos va.

 

Luis Javier Fernández

 

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
  •  
  • 4
  •  
  • 1
  •  
  •