La ventolera. Por Catalina Ortega

La ventolera

 

Aquella negra madrugada sentí llegar el fin del mundo. El viento silbaba, rugía, bramaba, aporreaba las contraventanas. Sombras fantasmales me asediaban. Enloquecí hasta el punto de confundir el ulular del aire, filtrándose furioso por las rendijas, con el eco de mi nombre. El viento me llamaba. Por instinto, salté de la cama y corrí al jardín un segundo antes de que el centenario ciprés se desmayase, herido de muerte, sobre el tejado del viejo torreón. La luna nueva hacía, aún, más terrorífica la noche. Me abrí paso a ciegas, por entre el laberinto de ramas que, batidas por el huracán, se convertían en látigos rasgando el camisón e hiriéndome la piel. De repente, en mi loca carrera tropecé con el majestuoso árbol azul, impasible, como si no le rozase la tormenta; ni una pizca de brisa movía los pétalos de su florida copa. Me abracé angustiada al tronco, erguido y firme como un obelisco trimilenario. Mi corazón retumbaba como el «bombo de Manolo», o… ¿era el latido del corazón del árbol? Ante mi asombro, las frondosas ramas, como La ventoleraarticuladas, fueron bajando flexibles, hasta rodearme, formando una cúpula tan perfecta como la del mismo duomo de Brunelleschi. Seguidamente, miles de sedosas flores azules cayeron sobre mí, envolviendo mi aterido cuerpo. Al amanecer, un gentío rodeaba el torreón derruido creyéndome bajo los escombros. La sorpresa fue tremenda al descubrirme dormida y abrigada entre las flores de la hermosa jacaranda. Nadie encontró explicación a aquel milagro. Yo, sí; hacía dieciocho años que había plantado, con mis manos, aquella jacaranda en el lugar exacto donde descansan las cenizas de mi madre. Ella, tan jacarandosa, me protegió con su Amor, energía que no muere; se transforma.

Catalina Ortega

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