Las grullas de Gallocanta

Las grullas de Gallocanta

 

Con los primeros fríos de noviembre, como cada año desde hacía ya varios, preparé mi viaje a la laguna. Había solicitado a mi capitán el fin de semana libre, reservé habitación en el tranquilo hostal de mis amigos Pablo y Aurora, y el equipo fotográfico, ya en sus bolsas, estaba revisado a conciencia para no olvidar nada.

La noche anterior a mi salida hice la maleta y me acosté temprano, con idea de madrugar para aprovechar el fin de semana. El viaje es largo desde donde vivo; quería llegar a instalarme antes de la hora de comer, para así tener la tarde libre. Ya conocía bien las invariables costumbres de las grullas: su llegada al atardecer desde los comederos cercanos y, en la madrugada siguiente, cómo alzaban el vuelo las formaciones de aves entre gritos estridentes. El tiempo estaba algo inestable y eso podría afectar a la cantidad de grullas que hubiera en la laguna, pero el momento exacto de la puesta del sol es inamovible: una vez hecho el cambio horario el último fin de semana de octubre, la tarde se acortaba en una hora. Si, con suerte, encontraba el cielo despejado, tendría un par de ellas entre el principio del crepúsculo y la oscuridad total. Después aún se oirían los graznidos de las aves durante largo rato, pero ya sería imposible conseguir buenas tomas.

Me dormí aquella noche sin terminar de leer un artículo sobre la toponimia de aquellos pueblos y su relación con las tradiciones celtas; por la mañana, metí también esa revista en la maleta. Con el transcurso de los años, mis conocimientos sobre el lugar —la hermosa laguna de Gallocanta—, sus tradiciones y costumbres, el carácter de sus pobladores, su forma de vida y sus problemas más acuciantes, iban tomando cuerpo. Al principio eran las aves y la técnica fotográfica lo que ocupaba mis pensamientos de forma exclusiva. La laguna era tan sólo el soporte físico en el que se desarrollaba mi afición. Los pueblos de alrededor y sus gentes tenían importancia porque me proporcionaban la logística imprescindible para practicarla. Años después, sin embargo, la fotografía de la migración era casi la excusa para hacer la visita anual a mis amigos y empaparme de amplios horizontes, tierras rojizas, lejanos montes azules y los destellos del agua en la laguna. No negaré que había encontrado salida para las fotos realizadas año tras año: un reportaje en una revista, un calendario con imágenes de la zona, algún concurso fotográfico, un libro temático de aves, otro sobre parajes naturales… Mi currículum como fotógrafo empezaba a tener consistencia, más que mi anodina carrera militar.

Al llegar al hostal, los dueños me saludaron con cariño. En mi habitación deshice el equipaje y enseguida bajé al comedor, en aquella época del año bastante animado. Éramos muchos los visitantes que acudíamos al paso de la migración y algunas caras me sonaban ya de años anteriores. Me fijé en una joven desconocida que almorzaba sola mientras leía la misma revista que yo había dejado en la mesilla de noche. No sé si fue su belleza pálida, el cuerpo esbelto, la larga melena rubia…, pero algo me impulsó a acercarme mientras ella terminaba el postre. La saludé presentándome. Era de ascendencia italiana y se llamaba Velia. Aproveché la coincidencia para entablar conversación comentándole el artículo de los topónimos. De un tema pasamos a otro y me contó que pasaba allí unos días con su padre. La tranquilidad de la laguna amainaba una demencia senil que, en ocasiones, llegaba a ser violenta. Ese día, él no había querido bajar al comedor y, por ello, no podía alargar la sobremesa con el café que le ofrecí. Yo también subí a mi habitación.

Me quedé de nuevo dormido con la revista entre las manos, abierta por las mismas páginas. Tras una corta siesta —en mi sueño, la sacerdotisa celta robaba los rasgos delicados y las largas piernas de la joven del comedor—, tomé las bolsas con el equipo, las eché al maletero del auto y me dirigí hacia la laguna. Busqué un sitio solitario y tranquilo; así evitaría también tomas idénticas a las de la multitud de fotógrafos apostados en los miradores y lugares más solicitados para esperar la llegada de las aves.

Cuando escuché el primer lejano griterío aún no se apreciaba la silueta de su característica formación acercándose. Sin embargo, arrimada a la orilla, me pareció ver, sobre una barca, la figura de una mujer que alzaba los brazos al cielo. Saqué los prismáticos y, tras enfocar, reconocí, incrédulo, a mi vecina de mesa. La acumulación de coincidencias me sobrecogió, mas, en aquel momento, una bandada de grullas apareció por mi izquierda descendiendo hacia el agua. El sol poniente se reflejaba en la quieta laguna y la lámina se teñía de un intenso color dorado. Disparé en ráfaga con la cámara justo cuando las largas patas de las aves trazaban estelas sobre la superficie. Después cambié con rapidez el objetivo y conseguí algunas instantáneas de sus danzas rituales, a contraluz, mientras el cielo —y su reflejo acuático— iba mudando de color: anaranjados, rojos, púrpuras, violetas… Jugando con el zum y el encuadre, con la apertura y la velocidad, conseguí captar colores intensos, contra los que resaltaban los tonos grises de las aves, las negras plumas del borde de las alas, las zonas blancas de su dorso y cuello e, incluso, las manchas rojizas de los ojos y la nuca. Cuando, al rato, me di por satisfecho, recordé a la joven. Apenas pude vislumbrar la frágil barquilla alcanzando el embarcadero del pueblo.

Las grullas de Gallocanta

Durante la cena, el comedor estaba mucho más tranquilo. Además de algún otro huésped, Velia cenaba junto a quien, supuse, era su padre. Me vio y me invitó a compartir con ellos la mesa. El hombre era poco hablador, pero su mirada inquisitiva, brillante, quizá febril, iba de uno a otro sin descanso. Pasados unos instantes dejó de molestarme su inquietud y me concentré en la agradable conversación que entablamos Velia y yo sobre el atractivo del lugar y el encanto del hostal y sus propietarios. Al ver la revista sobresaliendo del bolso de mi acompañante, mencioné —discretamente, sin nombrar el paseo en barca— que, mientras esperaba la llegada de las grullas, la había visto desde lejos en la orilla. Entonces el anciano se irguió y, con una fortaleza impensable, me empujó por los hombros e hizo que me tambalease sobre la silla. Se enfrentó a mí como si le hubiese ofendido con mis palabras. Ella logró interponerse, haciéndole perder el equilibrio. Yo conseguí evitar que, en su caída, se golpease la cabeza con el canto de la mesa. Desorientado como un niño y ante la mirada preocupada del resto de los comensales, se dejó llevar por su hija hacia el dormitorio. Caída en el suelo y abierta por el relato de la leyenda que me obsesionaba, se me ocurrió que la revista era la prueba de que habíamos burlado algún trágico destino. Supe que estaba enamorado, y, como un tonto, que seríamos felices el resto de nuestras vidas.

Aquella noche sí terminé la lectura con facilidad. El artículo entroncaba el nombre del pueblo, Bello, con Velleda, profetisa de una tribu germana y ya mencionada por Tácito como «Hija del druida». Bello, Velleda, Velia… Antes de apagar la luz, puse el despertador algo antes del alba y me dormí pensando en ella, en nosotros, y en un futuro idílico.

Apenas comenzaba a clarear por el este la noche cuajada de estrellas —además del espectáculo de las grullas, el del cielo nocturno es otro de los impresionantes atractivos de la comarca—, cuando abandoné el hostal y conduje hacia la laguna. Allí donde mi diosa Velleda estuvo en la barca, una corona de ramitas de encina con sus frutos flotaba en el agua. La fotografié temblando de emoción, con la primera luz del sol dorando las bellotas. Casi al mismo tiempo escuché una sirena lejana, aunque no le presté atención. Después, algunas grullas comenzaron a alzar la voz y el vuelo, en pequeños grupos de tres o cuatro aves. Seguí con mi coche la trayectoria del amanecer, la línea que separaba la luz de la sombra, por el camino del borde de la laguna. La tierra escarchada reflejaba los rayos de un sol tímido. Un cuervo graznó sobre las piedras de una paridera en ruinas. Bandadas de grullas aún permanecían en el agua; otras, sin embargo, ya picoteaban entre los terrones rojizos y helados de los alrededores. Las más levantaban el vuelo para buscar su alimento en los campos recién sembrados. Cada grupo contagiaba al siguiente, como en un espectáculo de natación sincronizada. Y mi cámara iba recogiendo cada cambio, cada movimiento, cada nuevo contraste.

Las grullas de Gallocanta

Mientras tanto, lejos de mi atención y de mi vista, el padre de Velia comenzó a sentirse mal. Ella, consciente de la gravedad de los síntomas, llamó por teléfono a recepción y rogó que pidiesen una ambulancia y avisaran al médico. El anciano insistía en vestirse y asearse. Entre su hija y Aurora le ayudaron, pero en el cuarto de baño le fallaron las fuerzas y, al desvanecerse definitivamente, arrastró consigo en su caída a Velia, que se dio un fuerte golpe en la cabeza, perdió el conocimiento y comenzó a sangrar abundantemente. La ambulancia avisada aún centelleaba a lo lejos, eclipsando las últimas estrellas. Pese a los primeros auxilios que habían recibido ambos por parte de Pablo y Aurora, al llegar el médico sólo pudo certificar ambas muertes.

Yo, que esperaba volver a encontrarme a la mujer que amaba a la hora del desayuno, ya había acumulado suficiente hambre y frío como para dar por terminada la sesión fotográfica, de modo que no esperé a que el agua quedase desierta. Con la práctica de los años anteriores, sabía que tenía bastante material y de buena calidad. Regresé al hostal y vi el automóvil de la Guardia Civil aparcado en la puerta. Entré al comedor para pedir el desayuno y preguntar si ya habían bajado Velia y su padre. El gesto de Aurora me alertó: «No pudimos hacer nada por ellos», acababa el relato de mi apesadumbrada amiga.

Anonadado, subí a mi habitación y recogí el equipaje. Eché una mirada alrededor y vi sobre la mesilla la revista. Releí palabra por palabra, con incredulidad y desolación, la parte del estudio en donde decía que, en el poema de Chateaubriand Los mártires, al final del «Canto setimo», se citaba la antigua leyenda celta que relata cómo la protagonista, sobre una pequeña barca, a la orilla de un lago y adornada con una guirnalda de hojas de encina y bellotas doradas, realiza un sacrificio de ofrenda al dios Teutatis. También cuenta cómo la sacerdotisa, enamorada del protagonista del poema, un legionario romano llamado Eudoro, provoca, por defenderlo, la muerte de su padre y, finalmente, se suicida. No fui capaz de releer la conclusión del artículo. Las lágrimas me lo impedían. Tiré la revista a la papelera, maldiciendo la rueda del eterno retorno.

Mi reportaje sobre las grullas de Gallocanta ganó aquel año el más prestigioso premio nacional de fotografía sobre naturaleza. Releí, al saberlo, aquellos versos —me había comprado un ejemplar de Los Mártires— que describían a Velleda por vez primera:

«Sin que ella me notase, yo podía

Observarla al pasar: su alta estatura

Una túnica abierta mal cubria ;

La hoz de oro colgada á la cintura;

Guirnalda de laurel su sien ceñia ;

En los ojos azules, su blancura

Rubia coma que al aire suelta ondeaba,

La hija de los Galos se anunciaba».

… hasta que Velleda muere de su propia mano:

«Así cayó Velleda infortunada.

Su cuello se reclina ensangrentado,

De su mano se escapa la hoz sagrada,

Su lengua balbuciente á Eudoro nombra.

Mas ya sus ojos cubre eterna sombra».

 

No he vuelto a enamorarme. Regreso siempre a Bello en noviembre, al mismo hostal de mis amigos Aurora y Pablo. Hago mis fotos, dejo una pequeña corona fúnebre en la orilla de la laguna y recito los versos que describen mi vida desde aquel día:

«En vano mis visitas retardaba,

Y del encuentro de Velleda huia:

En todas partes, sin querer, la hallaba».(*)

 

(*)Transcripción literal de los versos del poema en una antigua edición.

Dies Irae

Blog de la autora

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