Miguel Hernandez

 Las nanas de la cebolla

 

 En los tiempos que la vida está dominada por la mano del populismo, en esos momentos que el extremismo tensiona fuertemente el brazo de la división, y el pulso de la musculatura del enfrentamiento está a punto de doblegar la razón, cuando el respeto mutuo de la convivencia diversa roza vencido la mesa con el dorso de la mano izquierda o de la derecha, indistintamente las dos manos son capaces de alejarse equidistantes del centro tolerante. El estallido de la energía popular bien canalizada a golpe de soflamas por una minoría dirigente sólo trae violencia y destrucción, dramas humanos que hieren de muerte perpetua el alma y la vida de una mayoría de inocentes víctimas. Y como ha sucedido a lo largo de la historia, el final del conflicto sólo deja sobre la tierra humedecida la sangre anónima de un bando u otro, y aunque todos han perdido, el odio no desaparece, los vencedores esgrimen la venganza, y los perdedores el rencor eterno. Pero los que excitaron los ánimos de un lado y el otro, tienen en común saber nadar y guardar la ropa. Unos, los dirigentes del bando ganador, soberbios disfrutan del botín de guerra, y los del bando perdedor después de desgañitarse arengando en la retaguardia, ante los hechos consumados huyen sin mirar atrás para ponerse a cubierto. Muy pocos deciden quedarse y compartir las represalias con el pueblo que inflamaron antes de caer en la desgracia de las consecuencias de una guerra, y en el caso de la Guerra Civil Española podemos encontrar algunos casos de dirigentes dignos como los tres ejemplos que siguen a este párrafo, una minoría que además coincide con los de discurso más moderados antes y durante el conflicto.

 

 

“Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre”.

Miguel Hernández

 

 

   El olvidado dirigente socialista Julián Besteiro sucesor en la secretaria general del PSOE tras su fundador Pablo Iglesias, un catedrático con una visión democrática alejada de la deriva estalinista en que gradualmente se instaló su partido. Él siempre predicó en el desierto extremo de la épica emocionante de quienes arengaban a sus bases para defender en vez de negociar. Julián Besteiro siempre buscó sentarse y encontrar una solución para evitar el baño de sangre que teñía como una mancha de tinta roja la península. Pero las masas obreras y campesinas fustigadas históricamente por un sistema tradicional opresor le parecían más atractivo el discurso de la inmediatez y el conflicto contra los poderes fácticos, en lugar del aburrido y paciente cambio progresivo de las condiciones y derechos que sin duda merecían. Tras dirimir sus derechos en las trincheras y pasar hambre y penalidades, los dirigentes más incendiarios se exiliaron, y algunos hasta tenían buenas cuentas corrientes en el extranjero fruto del erario republicano por aquello que pudiera pasar. En primavera de 1939 en el famélico Madrid del “No pasarán” nadie más quedó que Besteiro para recibir e intentar negociar una paz no vengativa para el pueblo español. Pero como es sabido la falacia del General Franco del perdón y la reconciliación, envío a Besteiro a la cárcel de Carmona donde murió de penalidades al cabo de poco más de un año.

  El “Ángel Rojo” Melchor Rodríguez, último alcalde republicano de la capital, cargo que asumió a pocos días de la entrada de las tropas nacionales en Madrid. El anarquista tocado de divinidad asumió esa postrera responsabilidad con el mismo ánimo que lo hizo Besteiro, su fin era construir la paz tras la tragedia. El apodo del ángel rojo es el sobrenombre que Melchor se ganó por su cometido humano durante la guerra, salvando a miles de presos y perseguidos por los desmanes de la retaguardia republicana. Mucho arriesgó y más luchó para evitar a muchos las torturas y la muerte en las “checas estalinistas” o en las sacas continúas amparadas en la cobarde oscuridad de Paracuellos. Una vez detenido por la “nueva” España y sometido a un juicio con testigos amañados, le pidieron veinte años de condena, aunque sólo cumplió cuatro. Cabe destacar la intervención del Teniente General Muñoz Grandes ante el tribunal defendiendo y poniendo en valor la actuación humana admirable de Melchor Rodríguez. Con el tiempo el nuevo régimen le ofreció algún cargo en la administración franquista, pero lo rechazó y siempre fue fiel a su ideología y militancia en la CNT siendo encarcelado varias veces más durante su vida. En el funeral del Ángel Rojo en 1972 coincidieron en su despedida falangistas y anarquistas haciendo valer su dignidad y principios.

   Capítulo aparte tiene el mundo de la cultura en el conflicto, y sin salir de Madrid en aquellos años coinciden entre otros dos grandes poetas, Alberti y Miguel Hernández, los dos, miembros del partido comunista. Una misma causa política, social y económica para dos personas completamente diferentes, antiguos amigos con valores y egos contrapuestos, Mientras Miguel Hernández recorre y sufre los frentes donde se combate y se desangra España, consciente del drama no puede entender la buena vida, y las fiestas que se dan de la mano de Alberti en la Alianza de intelectuales anti fascistas en la sede madrileña situada en el incautado Palacio de los marqueses del Heredia-Spínola. Cómo los definiría Juan Ramón Jiménez “Eran señoritos con el mono azul bien planchado y pistola de juguete”. Mientras Madrid se muere literalmente de hambre en el Palacio intelectual las fiestas y los excesos están a la orden del día. En una de las visitas del poeta del pueblo a la sede y ver el ambiente festivo burgués, le espeta a la cara a Alberti “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta” y para que perdurara su opinión antes de irse se lo dejo escrito en una pizarra.

   Así llegado el momento final, Alberti ya tenía preparada la evacuación de él y sus amigos al extranjero y así rentabilizar el exilio aún mejo si cabe que la guerra. Y Miguel Hernández murió en la cárcel junto a sus compañeros del campo de batalla, junto a ellos y tras los barrotes escribió sus últimos versos dedicados impotente ante la penalidad que padecían su mujer e hijos dedicándoles el verso “Las nanas de la Cebolla” Miguel nunca pudo volver a España y ocupar un escaño con el PCE en la recién estrenada democracia tras el franquismo, no pudo porque jamás abandono su dignidad de pastor vestido con el mono azul desgastado, rimó versos para los desfavorecido hasta su muerte en 1942 en la cárcel de Alicante con tan solo treinta y un años.

 

Jordi Rosiñol Lorenzo.

Artículo publicado en EL Semanal Digital

 

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