locus poetarum

 

LOCUS POETARUM (Francisco Caro)

   

El título, en latín, ya nos dice muchas cosas: Locus poetarum, lugar de los poetas. El libro comienza con un breve exordio en el que se nos habla de un Maestro, de una Academia, de papeles humildes y manuscritos callados de la carpeta azul…, exordio sin ánimo de captatio benevolentiae, porque ni falta que le hace al poemario. Esta primera declaración de vida, seguramente ficticia, «lazarillesca», plena de genialidad, ya despierta nuestro interés de inmediato.

Entramos luego en la cuestión de la inventio o heuresis. El tema del libro es la poesía, la  poesía propia a la que se incorpora la de otros poetas que Caro admira, y, a su vez, esos mismos poetas, en espiral  fecunda y contagiosa, se incorporan de modo magistral al decir del autor. Hay una simbiosis perfecta y pareciera que fácil, pero esta tarea que se propuso Francisco Caro no es fácil en absoluto: hay que tener una inteligencia, una sensibilidad, un saber hacer poético que están al alcance de muy pocos. Poetas imprescindibles y queridos para nuestro autor (Blas de Otero, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Huidobro, Girondo, Valente, Colinas, Ángel González, Lorca, Anne Sexton, Cirlot, Rubén, Vallejo…) ascienden en vórtice  imparable, junto con la voz personalísima del poeta que los convoca, a la tercera rueda donde habitan los enamorados de la Poesía, así, con mayúsculas. En ese ascenso nos vemos arrastrados también los lectores, víctimas de un delirio de palabras y de música; y allí, en valles floridos y sombríos  reservados a los que ascendieron con ellos, sobrecogidos por el temblor de lo poético, callamos, sentimos, nos extasiamos, ebrios de luz, de voz y de misterio.

Y esto lo consigue Francisco Caro haciendo uso de una  elocutio acertadísima: la concisión, ese conceptismo particular que caracteriza a su poesía, lo logra haciendo poco uso del adjetivo, adelgazando el verso, eliminando los elementos superfluos, lo cual genera un estilo que se caracteriza por la sugerencia, la desnudez, la esencialidad y la elocuencia de los silencios.  Algunos de sus poemas son verdaderos símbolos disémicos; hay bellísimas aliteraciones, conseguidas metáforas, hipérbatos no violentos, pero siempre sorpresivos, originales neologismos  (heptasílabamente), hipálages, encabalgamientos léxicos… Los recursos estilísticos están manejados con maestría. Y siempre, la intertextualidad. Prescindo de ejemplos porque sería dilatarme en extremo, e invito al lector a descubrir por sí mismo toda la riqueza que en este sentido encierra cada poema.

En cuanto a la dispositio, después del exordio, el libro parece seguir un ordo naturalis, un orden cronológico:  prueba de ingreso («ya en la primera clase el maestro nos hizo una advertencia»), primer trimestre, segundo trimestre, tercer trimestre. El poemario está perfectamente estructurado, nada sobra, nada falta.

Analizar, desmenuzar un texto, aunque sea sucintamente, dicen que lo desvirtúa, y quizá tengan razón. A su lectura me remito. No defraudará a los amantes de la poesía porque en LOCUS POETARUM  lo que de verdad tenemos, aventando todo lo demás, es música, estremecimiento poético,  emoción, sabiduría, creación…, el vértigo de la verdadera poesía, esa poesía que en palabras de María Zambrano «es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y ver en la oscuridad. “La música callada, la soledad sonora”… Un encontrarse entero por haberse enteramente dado».

HACES

 

SON campesinos

humildes o poetas: labran

locus poetarum

no conocen,

Ángel,

Tratado de urbanismo, pero

en su trabajo escriben como siegan

 

ven a verlos,

a escucharlos,

siegan

igual como tú escribes

 

son estética antigua, todavía

hacen haces, son hoces

sus palabras.

LOCUS POETARUM, de Francisco Caro

 

 

 

 

Antonia Álvarez Álvarez


 

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