Los zapatos rojos. Por Usue Mendaza

Los zapatos rojos

 

No hay que cargar nuestros pensamientos con el peso de nuestros zapatos.
ANDRE BRETON
Un zapato es como una alegoría. Ni grande ni pequeño. Siempre buscamos en él su justa medida, aquella que se ajusta idóneamente a nuestro pie. USUE MENDAZA

Me considero a mí misma una mujer típica de mi edad. Madura, cuarentona, con las cosas y las metas claras, una soltera de oro de las que se dicen llamar muchas. Y atípica, según mis amigas, porque voy a terapia sin necesitarla y porque siento no ya animadversión que también, sino una destructiva alergia por todo lo que representa un color: el rojo.

A menudo tenía pesadillas con aquellos zapatos rojos de mi niñez, zapatos que elegía mi padre en un barrio desconocido de una ciudad sin nombre, a la que hacía tiempo apodara como “infancia mía” . Soñaba con esos odiosos zapatos rojos que me probaba mi padre cada semana que nos acercábamos a aquella odiosa zapatería.

Sufría la larga y tediosa espera en una tienda en la que nos asesoraba una adorable y joven señorita, tal vez un tanto estirada y altanera.

-¿Otra vez la has tenido que traer contigo?- escuchaba de la dependienta siempre esta pregunta susurrada al oído de mi padre.
También recordaba las caras de extrañeza de los viandantes que se miraban unos a otros, a muy altas horas de la madrugada, cuestionándose cómo era posible que una niña estuviera tumbada en el sofá de aquel escaparate.
-No parece un maniquí verdad? -Se preguntaban aquellas extrañas caras.
-No, no, es de carne y hueso!!- Se respondían con los ojos atónitos.
Mi padre y la mujer regresaban con los pelos algo alborotados, (de lo poco que el sueño dejaba intuir a una niña de mi edad en aquellas intempestivas horas de la noche), espetando los dos a que me levantara, quitándome aquellos incómodos zapatos y metiéndome prisa para regresar a casa donde esperaba mi mamá.

Mañana tengo terapia lo que significa que hoy me toca ejercicio de introspección. Bien pensado no cogeré los atajos habituales para evitar la calle que tanto me incomoda y con la que he pretendido de mil formas reconciliarme. Necesito perdonar. Además al ser una calle principal, seguro que todas las farolas están ya engalanadas con las luces. ¡Madre mía!. Ya es Navidad. Tempus fugit.

USUE MENDAZA

 

Los zapatos rojos

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