Madres. Por Dorotea Fulde Benke

Madres

 

¿Madre no hay más que una? Pero, señores, si estamos rodeados de madres aparte de la santa que nos llevó en su vientre…

Empecemos por la madre tierra, Gea o Gaia, la madre de todo. Ella siempre nos ha parecido la alma máter, la madre nutricia en todos los sentidos. Pero recientemente esta madre naturaleza  nos castiga –cada vez más– a  latigazos con huracanes como «Catarina» o «Irma», sequías e inundaciones, y algún que otro terremoto. ¿Será un destete o se habrá cansado definitivamente de aguantarnos?

Nuestro enmadramiento no acaba ahí, ni mucho menos. El alimento más básico –el pan– requiere masa madre para su fermentación y no hay ordenador que funcione sin placa madre.

Y vamos de extremo a extremo: igual que debido a la literatura cristiana la madre de Dios es símbolo de bondad y dulzura, a pesar de lo cual hay quien no duda en abusar de su nombre con intención de insulto, todos conocemos los cuentos de hada cuya retahíla de madrastras, desde la de Blancanieves hasta la de Cenicienta, nos dejan con mal sabor de boca a manzana envenenada.

Sin embargo, y me estoy metiendo en el  terreno político-emocional, la más peligrosa es la Madre Patria, así con  mayúscula, un nefasto concepto que sigue mandando a sus hijos no a la escuela, como hacemos las madres de a pie, sino a la guerra. Arropada por la bandera del color que sea, exige a los que hayan nacido varones –y últimamente también a las hembras– que luchen, conquisten, maten y mueran… mientras ella se atrinchera entre ministerios y criptas, llorando con lágrimas de cocodrilo las estadísticas de los caídos y legalizando castigos ejemplares contra los que tengan la lucidez de declararse pacifistas.

¡Cuidado con esas madres, que hay amores que matan!

Dorotea Fulde Benke

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