maría Magdalena

 

maría Magdalena

María Magdalena

 

   Cometí el error fatal de escribirte, no porque yo lo necesitara, que lo necesitaba como el aire que me costaba respirar, sino porque esperaba que después de leer las cuatro ideas deslavazadas con las que intentaba romper tu mutismo, volvieras. Pero no volviste nunca, ni contestaste jamás. Mis letras, que habían salido a borbotones de aquel rincón en el que se guarda la esperanza, no sirvieron para nada. O sí, sirvieron para que al cabo de unos minutos, después de hacértela llegar y saber que ya no había manera de recuperarla, empezara a sentirme mal hasta la náusea, mal hasta la pérdida del entendimiento que me llevó al paso siguiente, encerrarme en casa, intentando seguir el mismo patrón que habíamos seguido hasta hacía apenas una semana, esperar a que sonara el teléfono y poder lanzarte todo el discurso que llevaba preparándome durante  los últimos siete días con todas sus noches. Volvía morderme las uñas, mientras las horas pasaban y mi desconcierto iba en aumento. Y envié la carta, escrita en una noche de fiebre y fantasmas. Un error con el que empecé una escalada hacia lo absurdo del que solo pude empezar a salir cuando supe que me estaba muriendo de pena, y que esa pena solo la tenía yo. Había dejado de importarle a casi todo el mundo. Nadie soporta el desamor de otro durante demasiado tiempo. Y la culpa era mía, redonda y gorda porque la había alimentado hasta convertirla en un monstruo que iba y venía de mi cabeza, pasando por el corazón y quedándose escondida en el recodo más pequeño de mi cuerpo. Pero llegó la primavera y no me reconocí en el espejo, aquella mujer que me miraba desde el otro lado no era yo, era la sombra imprecisa de alguien a quien yo conocía pero no podía ser yo. Empecé a preguntarme en qué me había convertido. Una máquina que respira y poco más. Había seguido trabajando, haciendo ver que hacia algo sin que ni un solo proyecto se confirmara en seis meses.  Vivía sin vivir, sin saber nada de nadie, en la rueda del espanto, en una parálisis de la que no siquiera era consciente. Lo agoté todo: mi dinero, la paciencia de los demás y me agoté a mí misma. Quizá fue ese agotamiento el que me salvó. El reflejo de una mujer que no reconocía y que solo me recordaba, ligeramente, a mí. Los huesos de la cadera, la nariz perfilada, el pecho ya caído y unos ojos que, aún adormecidos por el desengaño, era capaces de desnudarme por dentro. Me vestí. La ropa eran pingos que colgaban por todas partes sin forma ninguna. Era la misma que llevaba vistiendo durante todos esos meses y, sin embargo, no fue hasta que colé el puño entero entre el cuello y la camisa que me di cuenta que ese espacio es el que marca la distancia entre la locura y la cordura. Me senté en el borde de la bañera, me miré las uñas. Apenas quedaba rastro de nada, ni siquiera de mí. Había llegado la hora de abrir las ventanas y pedir hora para hacerme las manos, los pies y rescatar los cinturones.

 

Anita Noire

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